Capítulo 10

1440 Palabras
Alexander El alivio se mezcla con la culpa. —¿Por qué estaban en un frasco sin etiqueta? ¿Y en tu equipaje facturado, por el amor de Dios? —¿Por qué no? No esperaba que la aerolínea perdiera mi maleta. Joder. Navego a un lugar que conocería con los ojos cerrados, luego entro al estacionamiento. —¿Dónde estamos? Salgo del auto y recupero una botella de Glen Scotia del maletero. —La primera vez que vinimos a Ibiza, tenía once años. Ash era un bebé. Mis padres compraron una villa aquí cuando tenía trece años. Perdí mi virginidad en esa casa. Jinny cierra la puerta del pasajero. —Espero que ella haya sido bien pagada. La miro con dureza mientras ella se sube al capó y se gira para mirar hacia la arena y el oleaje. —¿Te la dejaron a ti cuando fallecieron? Niego con la cabeza. —Lo habrían hecho. Pero sus activos estaban bloqueados. Doy un largo trago de whisky, el calor quemando mi garganta como un amigo bienvenido. Jinny me rechaza con la mano cuando le ofrezco la botella. —Mis padres no eran dueños de clubes nocturnos, pero administraban bienes raíces para un gran inversor ruso. Cuando era adolescente, descubrieron que su empleador estaba involucrado en negocios… menos que legales. Le dijeron que querían independizarse. Incluso compraron un local bajo su propio nombre. Mi pecho se aprieta. Eran optimistas sobre la posibilidad de trabajar para sí mismos. —Su empleador no los dejó. El proyecto se incendió y la investigación dictaminó que ellos lo habían quemado para cobrar el seguro. Como resultado, no recibieron ninguna compensación. Unos meses después, mis padres estaban muertos por una sobredosis, pero ellos no consumían drogas. Siento su atención sobre mí, la mirada de sorpresa. No sé por qué se lo estoy contando, excepto que no se lo he contado a nadie en mucho tiempo, y hoy de todos los días, no puedo pensar en otra cosa. Jinny se mueve hacia mí, la luz de la luna capturando los reflejos en su cabello. —Ash estaba en un internado cuando sucedió —continúo—. Jure que limpiaría su nombre y reconstruiría lo que habían perdido, a mi manera. Así que, cuando dices que solo me importa ganar dinero… te equivocas. Me importa restaurar su legado. Poner en orden lo que debería haber estado bien. Todo lo cual requiere dinero, y no me disculparé por eso. La opresión en mi garganta, en mi pecho, no se libera. Después de todos estos años, debería haber dejado de luchar contra eso. —Esta era la playa favorita de mi madre. Veníamos todos los años para su cumpleaños. —Me inclino hacia adelante, apoyo los codos en las rodillas—. Todavía lo hago. —Eso es lo que es hoy —dice suavemente, y asiento. Su presencia no debería sentirse reconfortante, pero lo hace. Estoy menos tenso que hace apenas una hora. Es extraño cómo la misma mujer puede traerme locura y paz. —Pero… ¿por qué me traerías a mí? Entrelazo mis dedos mientras escucho las olas romper contra la orilla, observo las luces de la ciudad reflejadas en la distancia. —Es un lugar para escapar de tus demonios. O entretenerlos. Pareces una persona que hace ambas cosas. Jinny baja del auto, quitándome la botella de la mano. Se quita los zapatos y me los tira. Los atrapo en el aire para que no caigan sobre el capó de mi auto. La sigo hasta la arena. —Dame el whisky. —Ven a buscarlo. Solo hay otra pareja a la vista en la playa, encerrada en un abrazo acalorado. Su mirada se queda en ellos, y aprovecho, alcanzándola y tomando la botella, luego recompensándome con un largo trago. —Este es conocido como un lugar romántico —le informo. Jinny se sube los pantalones y da un paso hacia el borde del océano, sus dientes destellando de blanco en la oscuridad. —Entonces, no me trajiste aquí para matarme. Me trajiste aquí para follarme. Me río entre dientes. —Eres un puercoespín, y no es solo tu cabello. No metería mi polla cerca de ti por miedo a que volviera cubierta de púas. Su risa baja ondula a través del sonido de las olas. Lo que no digo es que empiezo a pensar que valdría la pena. Me pregunto a quién encontraría cuando le quitara la ropa. ¿A la mujer que es en el escenario, o a la que está en camiseta y jeans con un frasco de pastillas para la ansiedad para hacerse compañía? Quizás a ambas. Extiendo la mano hacia los botones de mi camisa, deshaciéndolos uno tras otro. Luego le lanzo la camisa a la cabeza. Ella atrapa la tela, mirando hacia arriba con sorpresa. Ya estoy trabajando en mis pantalones, desabrochando y bajando la cremallera antes de bajarlos. Su mirada se queda en mi cuerpo. Estoy nostálgico y animado, y la forma en que me mira ayuda a ambos. El agua fresca lame mis pies y tobillos mientras me detengo frente a ella. —Admite que me quieres —desafío—. No le diré ni un alma. Ella arranca el alcohol de mi agarre. —Te lo dije: la única forma en que alguna vez me tendrás desnuda es demandándome hasta quitarme la ropa. Mis manos se cierran sobre las de ella en la botella. Ella no la suelta. Retrocedo hacia el oleaje, y su agarre significa que está obligada a seguirme. —Eso todavía podría arreglarse. Los labios de Jinny se curvan en la oscuridad mientras el agua sube por su cuerpo. Empapa sus pantalones. Su estómago. No me detengo hasta que el agua llega a mis abdominales y a su pecho, y siento el tirón de la corriente. La euforia en su rostro es interrumpida por sorpresa cuando nota las marcas en mi pecho. —¿Qué es esto? —Ella señala mi pectoral, la masa de líneas blancas allí. —Tatuaje de prisión. Ella mira hacia arriba alarmada, dándose cuenta de que estoy bromeando cuando ve mi expresión. —Es una cicatriz del internado —corrijo. Sus cejas se juntan. —¿Dejaste que otra persona te hiciera esto? —«Dejar» es una palabra fuerte. Los chicos pueden ser crueles. —Cualquiera puede ser cruel. El agua llega a sus costillas, lo suficientemente alta como para lamer sus senos cuando una ola pasa, dejando su top manchado y sus pezones duros contra la tela cuando retrocede. Quiero trazar el camino con un dedo. Tal vez con mi lengua. —No lo decía en serio. Sus palabras hacen que sacuda mi mirada hacia arriba para encontrar la suya. —Sobre tu ex prometida y que merecías que ella te dejara. Tiro de la botella hacia mí y tomo un trago. —Pensé que estaba enamorado. Ella era una princesa mimada. Queríamos cosas diferentes. Ella toma la botella de vuelta pero no para beber. Flota en el agua a su lado, su agarre en el cuello asegurando que no se aleje. Extiendo una mano experimentalmente para tocar una de las puntas de su cabello. Es afilado. —Tu hermano dijo que saliste con ella porque pensabas que era lo que merecías. Su voz es baja, pero las palabras aterrizan en mi pecho mientras mi mano cae. Ella es joven. Demasiado jodidamente joven para hacer preguntas como esa. Para hurgar en partes de mí que no puede comprender. Mi atención se desplaza por su cuerpo expuesto por el agua. Sus labios, llenos y entreabiertos. Sus hombros, goteando con el mar. Todo está ahí en su rostro. La vulnerabilidad que juré que estaba en ella, que esconde bajo el sarcasmo y las púas. Quiero ahuyentarla. Casi tanto como quiero arrastrarla más cerca, ver qué tan lejos puedo llevar esta tregua. —En el escenario cuando tocas, eres generosa —murmuro—. ¿Eres generosa cuando follas? Los ojos de Jinny se abren mientras mantiene mi mirada por un latido. Dos. Lo que siento es atracción, pero es más que eso. Algo imprudente. Una necesidad que ninguna cantidad de dinero puede resolver, una pregunta que ninguna mujer más que esta puede responder. Ella retrocede lentamente fuera del agua, y mi mirada se pega a su cuerpo incluso cuando llega a la orilla. —¿Qué estás haciendo? —ronco. Jinny se inclina hacia la arena, cada curva abrazada por su ropa mojada. Cuando se endereza, algo brillando en su mano, su lenta sonrisa me toma por sorpresa. —Necesito tus llaves, Cross. Porque estás borracho y yo voy a conducir.
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