Capítulo 15

1480 Palabras
Jinny A la mañana siguiente, hay un mensaje en mi perfil social solicitando una entrevista. Le respondo: Jinny: Si se trata de lo que pasó en primavera, no concedo entrevistas. Hay una respuesta casi instantánea. Reportera: Quiero hablar de tu nuevo trabajo en Ibiza. Estás causando mucho revuelo. ¿Cuándo podemos vernos? Nunca he hecho entrevistas cara a cara; están fuera de mi zona de confort porque es más difícil controlar la conversación, así que guardo el teléfono sin responder. Me levanto de la cama y camino a trompicones hacia la puerta, viendo en el espejo mi cabello todavía lleno de laca. El maquillaje que no terminó de salir de mi cara anoche después de la fiesta. La fiesta. Todo vuelve de golpe. Jugar a ser Cenicienta. Fingir que formaba parte de ese mundo. Y la sensación de ver a Alexander con su ex. Al salir al pasillo, espero oírlo, pero no hay nada. La puerta de su despacho está cerrada, y también la de su dormitorio. —¿Buscando al señor Malhumorado? —pregunta Ash desde el comedor de abajo. Me inclino sobre la barandilla—. Quizás. ¿Qué haces tú aquí? —Regresé anoche y me encontré la villa de nuestro club destrozada. He tenido que venir aquí tropezando con botellas y turistas desnudos. Bajo las escaleras y miro con recelo el batido verde que Ash está bebiendo—. Eso parece asqueroso. —Tú también. —Me revuelve el pelo—. Pero anoche estabas deslumbrante. Todo el mundo se fijó. —Hace una pausa—. Se fue por negocios esta mañana. —Ah. —Intento no sentirme decepcionada porque no me lo dijera—. ¿Por cuánto tiempo? —¿Quién sabe? —Sus ojos se entrecierran—. Pero hay algo en la cocina para ti. Miro hacia donde señala y veo una enorme cafetera espresso de acero inoxidable. —Mierda. ¿También lava la ropa? —De cerca es aún más impresionante, y paso una mano por las palancas y diales antes de alcanzar el manual de instrucciones que hay al lado—. Debe de haber decidido que le gusta el buen café —digo mientras hojeo las páginas. El bufido de Ash me hace levantar la vista—. Sí. La compró para él —dice con sarcasmo. Dejo las instrucciones sobre la máquina y noto una nota adhesiva pegada al acero. Hay un número garabateado en ella. Mil ciento trece. Es la cifra de entrada del espectáculo del jueves; subió desde las ochocientas de cuando empezamos. La capacidad es de dos mil, así que, aunque la tendencia es la correcta, no estamos ni cerca de agotar las entradas. —¿Quizás la compró para cuando regrese? —me pregunto en voz alta. —Si piensas eso, eres boba. —Ash me observa con una sonrisa y los brazos cruzados—. Pasa algo entre mi hermano y tú. Imito su postura—. Se llama rencor. —Puede que así empezaran ambos, pero no es por eso por lo que estabas disgustada anoche. —¿Un mes fuera del fútbol y ya eres psicólogo? Él continúa, impasible—. Yo tenía doce años cuando murieron nuestros padres. Harry apareció en la puerta de mi internado. ¿Sabes lo primero que me dijo? Niego con la cabeza. —«No importa lo que digan de ellos, te amaban. Eso es todo lo que necesitas saber». Ese día, todo recayó sobre él, legal y prácticamente. Me mantuvo al margen de la investigación sobre sus muertes. Se encargó de la disolución de sus intereses comerciales. No se desmoronó; eso lo hizo estar más decidido. Puedes llamarlo muchas cosas, pero cuando se compromete con algo —o con alguien—, lo llevará hasta el final o morirá en el intento. Me duele el pecho al pensar en Alexander, más joven de lo que somos Ash y yo ahora, siendo arrancado de su educación y enfrentándose no solo a la muerte de sus padres, sino a las consecuencias. —Sigo odiándolo la mitad del tiempo —admito. —Es la otra mitad la que es interesante. —Hace una pausa—. Mientras estuvieron comprometidos, Eva intentó que Harry se alejara de sus negocios, supuestamente porque quería que pasaran tiempo juntos. Resultó que era para que Mischa pudiera meter un pie en los mercados donde su empresa era fuerte. La Mer sería el último clavo en su ataúd. Es el local más grande del mundo, el más prestigioso. Si Harry lo consigue, Mischa pierde. No nos devolverá a nuestros padres, pero él cree que es algo importante. —Ash se frota la mandíbula—. La mayoría de la gente quiere estar cerca de mi hermano por su dinero o su reputación. Tú ves al hombre que podría ser, igual que yo. La invitación queda suspendida entre nosotros. Es imposible olvidar que, en medio del deseo compulsivo de Alexander por construir un imperio, hay un instinto de protección genuino por su familia, un deseo de hacer lo correcto por la gente que ama. Porque él ama, a su manera. Puso a su hermano primero en un momento en que él mismo estaba dolido y destrozado. Compra coches para Toro que el anciano adora. Contrató a Leni como su mano derecha y le permite ser su yo peculiar. A juzgar por el cubo de champán con aguas que llega cuando empiezo a perderme en una sesión, incluso interviene en mi favor. —¿Y si logra expandir su negocio y comprar La Mer, crees que será ese hombre? —pregunto. —Creo que podrá soltar su dolor y tendrá una oportunidad de serlo. Me quedo mirando la cafetera, el aliento que implica—. Mil ciento trece no es suficiente. —¿Suficiente para qué? —exige Ash. —No es suficiente ni de lejos —digo, ignorando la pregunta mientras agarro la nota y la hago una bola antes de tirarla a la basura. Saco mi perfil social y respondo a la reportera para decirle que nos veremos. Alexander —¿Esto es todo? —Es una pregunta, pero suena como una afirmación mientras miro fijamente al gerente de BLUE, mi club de Los Ángeles. —Cada informe de incidentes presentado contra el club en los últimos tres años —dice él. La pila debe de tener cincuenta páginas de grosor. Hojeo y reviso fechas y nombres, buscando patrones. El único patrón es que no hay ninguno, excepto quizás la información mínima. Esto no son «informes». Son marcadores de libros con algo escrito a mano. A juzgar por el papeleo que tengo delante, el personal de aquí considera que su trabajo principal es hacer que los problemas desaparezcan. —Pedí esta información hace un mes —digo. —Lo siento, Sr. Cross. El personal es escaso. —Aprieta los labios—. Ha habido recortes presupuestarios los últimos dos años… —Bien. —Había dicho a mis gerentes que ajustaran el gasto en las propiedades existentes para permitirnos expandir nuevas operaciones. No lo sientas. Sé mejor. Las palabras de Jinny resuenan en mi cabeza. Viajar por negocios nunca se había sentido extraño ni solitario, pero esta semana se siente como ambas cosas. Me he acostumbrado a tenerla por mi casa y cerca de mí. La gala fue hace días y todavía puedo sentir la presencia de Jinny. Juraría que capto su aroma en el aire cuando bajo de un coche o de un avión. Lo cual es una maldita locura. Jinny no está aquí, y no hay razón para que deba estarlo. Está haciendo lo que se supone que debe hacer: hacerme ganar dinero. Entonces, ¿por qué daría un armario lleno de trajes de diseño por verla un segundo al otro lado de un vestíbulo? —¿Sr. Cross? Levanto la vista al oír la voz del gerente, dándome cuenta de que estaba mirando al vacío—. Contrate a más personas. Lo que sea que necesite para asegurar que este asunto se aborde adecuadamente. —Sí, señor. Gracias. ¿Quiere que le envíe los nuevos informes? Lo considero—. Solo si no puede gestionarlos usted mismo. Pero si tengo que hacer otra solicitud de información como esta, más vale que sean relatos jodidamente detallados. Si a un cliente se le derrama siquiera una bebida encima… —Nos encargaremos. —Él asiente mientras me levanto del asiento y me dirijo a la puerta—. Su coche está esperando fuera. Es una lástima que se vaya de Los Ángeles tan pronto y no pueda quedarse para el espectáculo de esta noche. Lanzo una mirada por encima del hombro—. Estaré en Miami esta noche. —¿Disfrutando de su local? Esbozo una sonrisa tensa. —Haciendo exactamente la misma maldita cosa que hicimos aquí —murmuro entre dientes al salir.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR