Alexander
Me dije a mí mismo que no sentiría nada la próxima vez que la viera.
Me equivoqué.
—¿Recuerdas cómo solíamos estar todo el día tomando el sol en Mónaco? —pregunta Eva.
No es que todavía me preocupe por ella, pero los ecos de eso llenan mi pecho cuando pensé que los había quemado y me recuerdan algo importante.
Soy capaz de preocuparme.
—¿Dónde está tu cita esta noche? —interrumpo.
—Singapur. O tal vez Tokio. —Ella agita una mano desdeñosa como si su ausencia lo hiciera indigno de discusión.
Miro más allá de ella. —Si este es tu intento de evitar que hable con Christian…
—¡Por supuesto que no! Esperaba verte esta noche.
Su suave puchero solía llegarme, pero ahora, en el pasillo donde me ha acorralado, veo solo la manipulación debajo.
—Bueno, ahora lo has hecho. Dale mis saludos a tu nueva distracción de mi parte.
Paso junto a ella por el pasillo, decidida a encontrar a Christian.
Aunque mi propósito principal esta noche es acorralar a nuestro anfitrión, no puedo dejar de pensar en la mujer que se excusó de mi lado hace veinte minutos y no ha regresado desde entonces.
Mientras paso junto a invitados impecablemente vestidos con esmoquin y vestidos en todos los colores del arcoíris, mi mente vuelve a mi reacia cita manejándose en la guarida de víboras ricas.
Esperaba a medias su hosquedad hirviente —esa que me había regalado más de una vez—, pero en aquella multitud exclusiva fue amable sin ceder firmeza.
Me complacía.
Todo en ella esa noche me complacía, desde el segundo en que cruzó la puerta de su habitación con aquel vestido, más imponente de lo que había previsto.
Después de pasar el cumpleaños de mi madre con Jinny, sí la evité durante la mayor parte de la semana.
No porque hubiera hecho algo malo, al contrario, estaba pensando demasiado en ella, maldita sea.
Pero cuando me enteré de que mi hermano planeaba traerla esta noche como su cita, algo dentro de mí se rompió.
La misma parte de mí que ronroneó de satisfacción cuando la atraje hacia mi costado, acaricié su espalda con mi mano como si fuera mi derecho.
Nada de eso significa nada. No comparado con la razón por la que estoy aquí.
La obligo a salir de mi mente mientras llego a las puertas de la biblioteca, viendo a mi presa adentro rodeada por un círculo de hombres.
—Qué bueno verte, Alexander. —La mirada de Christian se posa en mí, y todos se apartan para dejarme entrar.
Extiendo la mano, que él toma. Esa es su señal para irse, y se marchan.
—Déjame adivinar —dice Christian, aceptando una bebida fresca de un camarero una vez que los otros invitados han cerrado las puertas de la biblioteca detrás de ellos—. ¿Estás aquí para hablar de fútbol?
—Se lo dejaré a mi hermano. No, estoy aquí para recordarte que me vas a vender La Mer.
Él suspira. —Alexander… te conozco desde hace dos décadas. La ambición siempre ha sido una fortaleza. Pero como hombre viejo, te digo que busques otras cosas en tu vida. Mis hijos son mi alegría ahora. ¿Conociste a mi Sylvie?
Mentalmente escaneo los rostros de la fiesta, recordando vagamente a una joven bonita que nos saludó cerca de la puerta. —Sí. Encantadora.
—Lo es. Mis otros hijos están asentados, pero me preocupo por ella.
—Los jóvenes tienen una forma de sorprenderte. Ella encontrará su camino.
Miro por la ventana y veo el brillante vestido naranja, el cabello oscuro de Jinny en ondas alrededor de sus hombros.
Es refrescante verla sin un disfraz más allá del vestido que elegí para ella.
Pero mientras tropieza al bajar los escalones, la alarma hace que mis abdominales se tensen.
Christian sigue mi mirada, haciendo un sonido de sorpresa ahogada. —Quizás deberíamos terminar esta conversación en otro momento.
No. Deberíamos terminarla ahora.
Pero mientras Jinny llega al camino de entrada curvo, mis pies no cooperan.
—Un momento.
Me dirijo al pasillo, empujando a través de las multitudes e ignorando a cualquiera que intente detenerme.
Ash se interpone frente a mí antes de que llegue a las puertas delanteras. —No lo hagas.
—¿No hacer qué? ¿Decirle a mi cita que debería quedarse hasta el final de la fiesta?
—Dijo que desearía no haber venido.
Una lanza afilada se cuela bajo mis costillas.
No debería importarme un carajo lo que ella piense, pero estoy enojado. Dijo que vendría conmigo, y me está dando la espalda a la primera oportunidad.
Empujo a Ash y tomo los escalones de dos en dos.
—Raegan.
Ella se gira, y la empapo. Esta vez no es la forma en que se ve con ese vestido, aunque es impresionante. Es la expresión en su rostro: dolor y decepción.
Las palabras siempre llegan fácilmente, pero ahora estoy buscando por ellas. —¿Qué pasó con tus zapatos?
Ella parpadea hacia mí, ignorando la pregunta. —La mujer de adentro. Tu ex, ¿verdad? —La sorpresa me golpea, pero ella continúa—. Podrías haberla traído. Parecía que habría estado más que feliz de venir contigo. O irse contigo.
Mi mente corre para procesar su tono gélido, asentándose en algo tan fascinante como improbable.
¿Está celosa?
¿Raegan Madani? ¿La mujer que arruinó su carrera para sumar unos pocos puntos contra mí?
La posibilidad me jode.
Teníamos una tregua, pero esto es algo nuevo.
Podría decirle que no era lo que parecía. Que toda la noche estuve pensando en tenerla a mi lado, no a Eva.
—Entiendo que la única razón por la que me contrataste fue para que tocara en tu club y recuperaras lo que te costé —continúa, y sus ojos oscuros son lo suficientemente grandes como para tragarme entero—. Pero no tienes derecho a disfrazarme y arrastrarme aquí y usarme así.
Señala sus pies descalzos, y las ronchas rojas me hacen estremecer.
—Maldita sea. Deberías haberme dicho que los zapatos no te quedaban.
Me empuja, lo suficientemente fuerte como para tambalearme. —¡No debería habérmelos puesto en absoluto! Tu estúpido favor no incluía calzado. Vine porque dije que lo haría, y pensé que tal vez querías que fuera contigo. Lo cual es una locura. Este es tu mundo. Esta es tu gente rica y con derecho. Disfrútalos.
No sabía que tenía la capacidad de lastimar a esta mujer. Incluso Eva, a quien pensé que amaba, demostró tener un corazón de hielo que nunca pude penetrar. Pero esta mujer, esta chica, que es tan extraordinaria en un escenario y tan terca fuera de él…
Me hace preguntarme qué otras cosas buenas esconde bajo su exterior duro, fingiendo que no le importa nada ni nadie.
—No sabía que ella estaría aquí —digo finalmente—. Me dejó por Mischa Ivanov. Mi rival, el hombre al que odio.
Sus ojos se abren con incredulidad. —¿Tu prometida te dejó por el hombre que mató a tus padres?
Asiento. —Ella quería un tipo diferente de poder del que yo podía ofrecer. Pero no me arrepiento de que se fuera.
La luz de las antorchas baila a lo largo del camino de entrada curvo, reflejándose en sus ojos oscuros. Las emociones chocan en su rostro.
Compasión.
Dolor.
Ojalá estuviéramos solos en lugar de aquí en esta fiesta.
A la mierda.
Cierro la distancia entre nosotros, tomo su rostro en mis manos.
La invité esta noche porque necesitaba una cita, pero ahora no es suficiente. Quiero más. La descarga de adrenalina cuando la toqué, cuando nuestras miradas se encontraron, es real.
La atracción entre nosotros es real.
Solo hay una mujer a la que quería de mi brazo esta noche. Y desde que lo dejó, la he extrañado.
No tengo derecho a decirlo porque no es así como somos. Cómo es esto.
Pero necesito…
Un auto familiar sube por el camino, entrando en su visión periférica, y Jinny da un paso atrás.
Ella intenta alcanzar la puerta, pero la cierro de un golpe con una mano.
—No te vayas. Maldita sea, lo siento.
Necesito que ella entienda cuánto he trabajado para obtener lo que tengo, para mantenerlo. Que dejar que una persona se interponga entre mí y mi venganza casi me cuesta todo una vez ya.
Ella despega mis dedos de la puerta uno a uno.
—No lo sientas, Alexander. Sé mejor.
Mientras el auto se aleja con ella adentro, me quedo sintiéndome vacío y frustrado de una manera que no tiene nada que ver con Christian y el trato.