Una acompañante sorpresa

1421 Palabras
Estefan caminaba por el pasillo con aire despreocupado, su mente ya trabajando en su próximo movimiento. No había hecho esa pregunta por casualidad, y sabía exactamente a quién llevaría. Freya. El pensamiento de llevarla al evento lo entusiasmaba de una manera peligrosa. Sabía que la presencia de Freya desestabilizaría a Damon, lo cual era precisamente lo que quería comprobar. Si entre Damon y Freya había algo más que una simple relación entre amo y sirvienta, esa noche lo revelaría. —Esto será divertido —murmuró para sí mismo, anticipando el caos que podría provocar. Por supuesto, sabía que también estaría Ivy en el evento, siempre buscando la manera de acercarse más a Damon. La combinación de todos esos factores prometía ser explosiva. Y a Estefan le encantaba estar en medio del fuego. Esa noche, más que una simple fiesta benéfica, sería una prueba cuidadosamente diseñada por Estefan. Y él nunca perdía en sus juegos. . . . La noche había llegado, y la mansión Cross estaba en completo silencio, salvo por los ecos de pasos elegantes que resonaban en los pasillos. Damon bajó las escaleras con una calma calculada, vestido con un impecable traje n***o que acentuaba su frialdad natural. La tela mate absorbía la luz, como si se negara a reflejarla, proyectando la imagen perfecta de un hombre distante y reservado. No llevaba más adornos que un reloj sencillo, pero todo en su porte gritaba autoridad y oscuridad. Estefan lo esperaba en el salón principal, inclinado despreocupadamente sobre un sillón. Él, en cambio, llevaba un traje rojo intenso, diseñado para destacar. La elección era deliberada. Estefan siempre buscaba ser el centro de atención, su sonrisa fácil y sus ojos brillantes eran un contraste absoluto con la atmósfera helada que irradiaba su primo. —¿Llamando la atención como siempre, eh? —comentó Damon sin humor, lanzándole una mirada de reconocimiento al traje rojo de Estefan. —¿Y tú, escondiéndote como siempre? —replicó Estefan con una sonrisa burlona, acomodándose la solapa de su saco. Antes de que Damon pudiera responder, Isabel entró al salón, luciendo elegante y majestuosa en su vestido de terciopelo azul oscuro. Al ver a sus dos nietos tan atractivos, no pudo evitar sonreír con orgullo. —Mis dos lobos favoritos —dijo, observándolos con afecto. En ese momento sus ojos se encontraron con los de Estefan, y ambos compartieron una mirada cómplice. Isabel le había confesado a su nieto su intención secreta: quería que Damon asistiera al evento benéfico para reforzar la unión entre las familias King y Cross. Ivy King sería la pieza clave, y tanto Isabel como Estefan estaban de acuerdo en que era una buena jugada. Sin embargo, Estefan había puesto una condición: él llevaría a quien quisiera. —¿Todo listo? —preguntó Isabel con entusiasmo contenido, sin mencionar sus verdaderas intenciones. —Más que listo, abuela —dijo Estefan, sonriendo con picardía. Damon rodó los ojos, sospechando que su primo tramaba algo. —¿Y tu pareja? —Damon preguntó con indiferencia, más por curiosidad que por verdadero interés. —La verás en el evento. No quiero arruinar la sorpresa —dijo Estefan con una sonrisa enigmática, lo que hizo que Damon alzara una ceja, desconfiando aún más. Isabel palmeó el brazo de Damon con suavidad, tratando de suavizar su expresión. Sabía que su nieto mayor no estaba entusiasmado con la idea de asistir, pero también sabía que la presencia de Ivy King era fundamental. Esta era la oportunidad perfecta para sellar la alianza entre las familias, y no estaba dispuesta a dejar que Damon la desperdiciara. —Será una noche interesante, querido. Solo recuerda que la familia siempre está primero. —Sus palabras eran tanto una advertencia como un recordatorio. Damon apretó la mandíbula, odiando el hecho de que siempre lo arrastraran a esos juegos sociales. Pero no podía negarse a Isabel, no cuando le debía tanto. Estefan, por su parte, estaba disfrutando el momento. Sabía que la presencia de Freya en el evento cambiaría las dinámicas por completo, y estaba ansioso por ver cómo reaccionaría Damon. ¿Sería capaz de mantener su frialdad habitual, o Freya lograría romper su fachada? —Vamos, no hagamos esperar a la alta sociedad. —Estefan hizo un gesto dramático hacia la puerta, y Damon, con un suspiro contenido, lo siguió sin decir una palabra más. El coche n***o estaba listo afuera, esperándolos. Estefan subió primero, todavía con esa sonrisa suya que prometía problemas. Damon se acomodó a su lado en silencio, su mente ya anticipando la incomodidad de la velada. Sin embargo, lo que aún no sabía era que aquella noche no solo pondría a prueba su paciencia, sino también su control sobre Freya... y sobre sí mismo. . . . Freya se encontraba en su pequeña habitación, caminando de un lado a otro mientras apretaba las manos con nerviosismo. El vestido que había recibido hacía unas horas descansaba sobre la cama, un elegante atuendo color marfil que, aunque hermoso, la hacía sentir más atrapada que halagada. La invitación al evento benéfico era una amenaza disfrazada de cortesía. Todo había comenzado cuando Estefan se le acercó con esa sonrisa traviesa, como si se deleitara con la incomodidad ajena. Al principio, Freya creyó que sería otra de sus bromas, pero en el momento en que él susurró en su oído aquellas palabras —"Sé tu secreto"—, un escalofrío le recorrió la espalda. ¿Qué sabía? ¿Sabía lo de Jack? ¿Sabía que había llegado ahí huyendo de algo? La mente de Freya se llenó de preguntas y posibles escenarios. Si él sabía la verdad, podría delatarla... y eso no solo significaba perder su empleo, sino también poner en peligro todo por lo que había luchado. Cuando trató de negarse, Estefan la miró con una mezcla de paciencia y satisfacción, como si ya supiera cuál sería su respuesta. —No te preocupes, solo será una noche divertida. —dijo, con esa sonrisa que tanto la desconcertaba. Ahora, Freya se sentía atrapada en una trampa perfecta. Había aceptado, porque no tenía otra opción. Decir que no era exponerse. Freya se quedó inmóvil frente al espejo, sintiéndose como una extraña en su propia piel. El maquillaje impecable resaltaba sus ojos grandes y la delicadeza de sus facciones. Maggie había hecho un trabajo magistral, aunque Freya apenas podía reconocerse. Sus labios, pintados en un tono suave pero elegante, tenían una sutil firmeza que rara vez se veía en ella. "¿Es esta realmente la misma persona que fui esta mañana?" pensó mientras tocaba ligeramente su rostro, como si el reflejo pudiera desvanecerse con un parpadeo. —Te ves... hermosa. —dijo Maggie desde la puerta, aún admirando el resultado con asombro. Aunque sabía que el maquillaje había ayudado, la verdadera magia estaba en los rasgos naturales de Freya: ese aire angelical y vulnerable que, sin intención, cautivaba a cualquiera. Freya trató de sonreír, pero la sensación de extrañeza no se iba. "No soy yo," pensó. El vestido victoriano, con su tela pesada y elegantes bordados, se ceñía en su cintura de forma sutil y fluía hasta el suelo, aportándole una elegancia que no solía sentir. Al menos, la estructura del vestido escondía su nerviosismo, haciéndola sentir un poco más protegida. —El auto te está esperando, Freya. —anunció Maggie con una sonrisa cálida. Freya asintió, recordando las palabras de Estefan. "Te necesito para algo especial," le había dicho, pero la forma en la que lo había dicho la había inquietado. Ese mal presentimiento aún le hacía cosquillas en el estómago. No era solo por la amenaza implícita de Estefan; era la combinación de todo: el maquillaje, el vestido, la fiesta benéfica... y la sensación de que todo era parte de un juego del que aún no conocía las reglas. —Buena suerte, Freya. Te va a ir bien. —añadió Maggie con un guiño antes de desaparecer por el pasillo. Freya respiró hondo. No había vuelta atrás. Acomodó los pliegues del vestido una última vez, como si alisar la tela pudiera calmar su ansiedad, y luego salió de la habitación. Cuando llegó al vestíbulo, el auto n***o la esperaba afuera con el motor encendido. El chofer abrió la puerta con una leve inclinación, y Freya subió al vehículo con cuidado, sintiendo que cruzaba un umbral invisible hacia un mundo que no le pertenecía. Mientras el auto se alejaba de la mansión, ella miraba por la ventana, con la sensación de que esa noche marcaría un antes y un después en su vida.
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