Freya caminaba con rapidez por el pasillo, ajustando la falda de su uniforme y tratando de recuperar la compostura. Su corazón aún latía con fuerza, pero no podía permitirse que alguien la viera saliendo de la habitación de Damon a esas horas. Sabía que había cometido un error al quedarse tanto tiempo, pero con él, el tiempo siempre parecía desvanecerse entre besos y caricias… hasta que volvía esa frialdad que la dejaba rota.
No se dio cuenta de que Estefan estaba allí, observándola desde las sombras. Con los brazos cruzados y una expresión de curiosidad en su rostro, frunció el ceño al mirar su reloj. Había pasado demasiado tiempo desde que Freya subió con la comida, lo cual era extraño. Con cada minuto que había transcurrido, la duda fue plantando raíces en su mente, y ahora que la veía salir del cuarto de Damon con el cabello desordenado y la mirada baja, sus sospechas se confirmaban.
"Interesante…" pensó, mientras su habitual sonrisa astuta aparecía en sus labios. Podría haberla confrontado ahí mismo, preguntarle qué estaba pasando entre ella y su primo, pero eso sería demasiado fácil. ¿Dónde estaría la diversión en eso? Estefan era un hombre al que le gustaban los juegos, y este nuevo descubrimiento se presentaba como una oportunidad que no estaba dispuesto a desaprovechar.
—Qué cosas ocultas, primito… —murmuró para sí mismo con una sonrisa traviesa.
Freya giró la esquina sin notar su presencia, y Estefan permaneció en su sitio, disfrutando del momento. Si había algo entre Damon y esa misteriosa mucama coja, él se enteraría. Pero no iba a presionarla de inmediato. Eso sería aburrido. Prefería jugar con ellos, tirar del hilo poco a poco y ver cómo la tensión se desmoronaba por sí sola. Damon siempre había sido un hombre controlado y reservado, pero ahora parecía que su primo había encontrado un talón de Aquiles, y Estefan estaba ansioso por descubrir hasta qué punto podía empujarlo.
Con una idea más divertida en mente, Estefan caminó con calma hacia la escalera, silbando suavemente como si no tuviera preocupación alguna en el mundo. Decidió que empezaría con Freya. No la confrontaría directamente, sino que encontraría la forma de jugar con ella, de empujarla a revelar lo que tanto trataban de ocultar.
—Esto se va a poner interesante… —murmuró mientras bajaba las escaleras con una sonrisa, anticipando la diversión que le aguardaba.
Estefan tocó la puerta de la oficina de Damon con los nudillos, esperando unos segundos antes de que su primo lo dejara pasar.
Estefan cerró la puerta tras de sí, entrando con esa actitud relajada que siempre lo acompañaba. Damon, como era de esperarse, estaba absorto en su trabajo, los papeles esparcidos sobre el escritorio y la laptop abierta ante él. Sin embargo, Estefan podía notar algo diferente. Damon no parecía tan sombrío como de costumbre, lo cual lo intrigaba. Estaba convencido de que su repentino buen humor tenía nombre: Freya.
—¿Qué quieres, Estefan? —preguntó Damon sin levantar la mirada, su voz grave y directa.
Estefan sonrió, apoyando ambos codos en el respaldo de una silla frente al escritorio, pero sin sentarse. No perdería tiempo rodeando el asunto. —La abuela me ha comentado sobre el evento benéfico de los King.
Damon finalmente alzó la mirada, su expresión endureciéndose al instante. —No iré, —sentenció, interrumpiéndolo antes de que pudiera agregar algo más. —Si has venido para hablar de eso, estás perdiendo el tiempo.
Estefan hizo un gesto de fingida decepción, chasqueando la lengua. —Típico. Siempre tan cooperativo… —comentó con una sonrisa irónica, apoyándose en el borde del escritorio.
Damon lo miró fijamente, sin rastro de humor en su expresión. —¿Qué buscas, Estefan? —preguntó con frialdad.
Estefan se apoyó despreocupadamente contra la puerta de la oficina, con una sonrisa persistente en sus labios, esa que nunca parecía desaparecer. Damon, aún sentado tras su escritorio, lo miraba con una mezcla de impaciencia y sospecha. Ambos sabían que sus conversaciones nunca eran tan casuales como aparentaban ser.
—Después de tantos años en el extranjero, debo admitir que extraño esos eventos sociales. —dijo Estefan con tono ligero, aunque sus palabras tenían un significado más profundo.
Damon se tensó ligeramente al escuchar esa frase. El regreso de Estefan significaba algo más que asistir a cócteles y cenas de gala. Ambos lo sabían, pero evitaban hablarlo directamente. Damon lo miró fijamente, evaluando sus palabras, hasta que el mensaje implícito fue claro como el agua.
Estefan había estado en el extranjero investigando la muerte de los padres de Damon. Cuando Damon asumió la dirección del Grupo Cross, no tuvo tiempo para seguir la investigación por su cuenta. Estefan había sido su única opción para descubrir la verdad y perseguir a los responsables. Y ahora, con ese comentario casual, Estefan le estaba recordando la razón de su ausencia.
Damon exhaló con frustración y se tomó el puente de la nariz, sintiendo la presión acumulada detrás de sus ojos. Odiaba deber favores, incluso a su propio primo.
—Ya entendí, —dijo Damon con voz cansada mientras se levantaba de su asiento. —Te debo eso… y mucho más.
Estefan amplió su sonrisa, pero su tono se mantuvo desenfadado. —Claro que no, primo. Solo decía que sería bueno salir un poco y ponerme al día con los chismes sociales.
Damon lo fulminó con la mirada. Esa sonrisa eterna de Estefan podía ser irritante hasta para alguien con la paciencia de un santo, y Damon Cross estaba lejos de serlo.
—Podemos ir… pero regresaremos temprano. —Su tono fue una mezcla de advertencia y resignación.
Estefan alzó las manos en un gesto teatral de inocencia, pero la chispa de triunfo en sus ojos no pasó desapercibida para Damon.
—Y no te emociones demasiado con la subasta, —agregó Damon, lanzándole una mirada severa.
Estefan asintió, como si la victoria ya fuera suya. —No te preocupes, primo. Solo me divertiré un poco.
Damon negó con la cabeza, sabiendo que con Estefan nunca era tan simple.
Los dos primos se observaron un momento en silencio. Detrás de la aparente ligereza de Estefan, Damon sabía que había una astucia peligrosa. No era casualidad que hubiera sobrevivido tanto tiempo solo en el extranjero.
—Nos vemos en unas horas. —Damon concluyó antes de girarse hacia su escritorio, dando por terminada la conversación.
Estefan estaba a punto de salir de la oficina de Damon cuando se detuvo en el umbral, con esa sonrisa ladina que siempre lo acompañaba. Algo le rondaba la cabeza, y a Damon nunca le gustaban las sorpresas.
—Por cierto, ¿podemos llevar una pareja? —preguntó Estefan casualmente, como si la pregunta no tuviera importancia.
Damon frunció el ceño ligeramente. Era una solicitud extraña viniendo de su primo, pero no lo suficientemente relevante como para cuestionarlo. Damon siempre había sido indiferente hacia las formalidades y etiquetas de esos eventos sociales.
—Supongo que puedes hacerlo, —respondió encogiéndose de hombros y volviendo la vista a los papeles sobre su escritorio.
La satisfacción que se dibujó en el rostro de Estefan fue inmediata.
—Perfecto. —Sonrió como si hubiera ganado algo que solo él sabía.
Damon levantó la mirada por un segundo, pero no dijo nada más. El brillo juguetón en los ojos de su primo siempre le causaba cierta inquietud, pero prefirió no darle demasiada importancia. Estefan era experto en caminar en el límite entre lo divertido y lo problemático, pero Damon estaba seguro de que podía manejar lo que fuera que su primo tramara.
—Nos vemos en la noche, entonces. —Estefan hizo un ligero saludo con dos dedos y desapareció por la puerta, dejándola entreabierta.
Damon observó la puerta por un momento antes de dejar escapar un suspiro. Sabía que había algo detrás de esa solicitud, pero no tenía interés en ahondar en ello. La única razón por la que asistía al evento benéfico era para mantener las apariencias y satisfacer las expectativas de su abuela. No esperaba disfrutar de la velada, y mucho menos lidiar con los juegos sociales de su primo.