Un grito se ahogó en mi garganta antes de poder liberarlo. Aproveché el segundo de desconcierto para intentar zafarme, arquearme, golpear con mis codos cualquier parte del cuerpo de ese imbécil que me inmovilizaba con una fuerza que me recordaba lo vulnerable que era. Pero fue inútil. Sus brazos eran barras de hierro alrededor de mí. Luego, la textura áspera y húmeda de un trapo cubrió mi nariz y boca, y un olor dulzón y químico, repugnantemente familiar, invadió mis sentidos. Cloroformo. Esta era la recompensa por ser el blanco perfecto, el premio por ser la pieza que todos codiciaban en su juego mortal. —¡Stefan! —logré forcejar, su nombre un último ancla a la realidad antes de que la oscuridad se volviera viscosa y pesada. Mis sentidos se apagaron uno a uno, como luces extinguiéndose

