Existían demasiadas reglas no escritas en el mundo de la mafia, un decálogo de hierro forjado en sangre y traición. Y yo, en mi necia obstinación, las había quebrantado todas, una por una. La más sagrada, la que resonaba ahora como un eco atronador en mi conciencia adormecida por el dolor, era simple y brutal: no te enamores. Porque el amor no es un refugio en nuestras sombras; es un punto débil, una grieta en la armadura, la diana perfecta que tus enemigos señalarán con sonrisas sanguinarias. Y ahora, era evidente que todos sabían cuál era la de Stefan. Su obsesión por mí. Su necesidad posesiva. Yo era su talón de Aquiles, la fisura por donde se colaba la muerte. Era como si cada facción, cada sombra resentida que habíamos pisoteado en nuestro ascenso, se hubiera unido en una alianza gro

