Stefan no me soltó hasta cruzar el umbral de la mansión. Su hombro, duro como la roca, me había dejado una sensación de marca y pertenencia que me escocía tanto como me excitaba. Detrás de nosotros, Marco caminaba como un espectro, una sombra de culpa y deseo que se negaba a dispersarse. El silencio entre los tres era tan denso y cortante como el filo de un cuchillo. Al llegar, el recibimiento fue frío y marcial. Mis Halcones, formados en perfecta hilera, esperaban. Sus rostros eran máscaras de lealtad, pero en sus ojos podía leer la duda, la pregunta flotando en el aire enrarecido. Stefan me bajó con la misma brusquedad con la que me había cargado, y mi mirada se encontró con la suya, cargada de un hielo que hacía temblar mis piernas, no de miedo, sino de esa necesidad enfermiza y profun

