Stefan La observo desde el umbral, ese vaivén de felina inquieta. Vittoria entra y sale del despacho, sus manos recorren estantes y cajones con una urgencia que delata su pérdida. Una sonrisa casi imperceptible se dibuja en mis labios. Los tengo conmigo, guardados en el bolsillo interior de mi chaqueta, donde el metal frío parece latir contra mi pecho. Esos dos anillos que un día simbolizaron nuestro pacto de sangre y ahora son testigos mudos de su despecho. —No los encuentro —murmura, más para sí misma que para mí, y en su voz hay un deje de frustración que me provoca una oscura satisfacción. —¿Buscas esto? —pregunto, sacándolos al fin. La luz los captura, haciendo que la perla lance un destello perverso. Los sostengo entre mis dedos, negándome a entregarlos. Son un trofeo, un recordat

