Por un instante, pensé que me había desvanecido, pero no. Seguía tendida sobre el pecho de Stefan, mi mejilla apoyada en su piel, donde el latido de su corazón era un tambor constante y tranquilizador que resonaba en mi propio ser. Sus dedos trazaban círculos lentos y hipnóticos en mi espalda desnuda, una caricia que pretendía ser calmante pero que solo conseguía enredar más mis sentimientos. Poco a poco, me incorporé, sintiendo el peso de su mirada sobre mí. —¿Estás bien, malyshka? —preguntó, su voz grave teñida de una preocupación genuina que me desconcertó. —No… no entiendo nada —confesé, mi voz un hilo de sonido cargado de confusión—. Primero, Nadia me dijo que era tu enemiga, que creías que mi padre fue quien tuvo el romance prohibido con tu madre y arruinó todo. Y ahora… ahora tú m

