El nerviosismo era un nudo de víboras retorciéndose en mis entrañas. Marco, con esa lealtad que lo definía, había entendido al instante la orden silenciosa en mi mirada: cancelar todo, retroceder, desaparecer. La operación se suspendía. Stefan seguía ahí fuera, una sombra omnipresente y persistente, un depredador que no cejaba en su acecho. Y yo, aún no estaba preparada para que supiera toda la verdad sobre mí, sobre lo que me había convertido en las sombras. La caravana de vehículos se detuvo frente a la imponente fachada de mi villa siciliana. El motor enmudeció, y en el silencio que siguió, solo se escuchó el runrún de los insectos nocturnos y el latido acelerado de mi propio corazón. Al descender, la escena era surrealista: mis Halcones, mis leales sombras, formaban un perímetro tenso

