El mensaje había sido recibido, tal y como me informó uno de los Halcones con una inclinación de cabeza casi imperceptible. La cabeza de Nadia, empaquetada con macabra precisión y acompañada por ese ramo siniestro de adormideras negras, había cumplido su objetivo: era una declaración de guerra en toda regla, un guante arrojado directamente al rostro de la bestia a la que, contra toda lógica y razón, aún anhelaba. No tenía ganas de hablar con nadie. La orden de que me dejaran completamente sola fue susurrada con una frialdad que hacía temblar a los sirvientes más veteranos. Me había desconectado del mundo, sumergiéndome en un silencio autoimpuesto. Sin móvil, sin rastros digitales. Era un fantasma en mi propia fortaleza, una reina atrincherada en su dolor y su rabia. El brillo de los anill

