Sicilia Mi llegada a Sicilia fue tan abrupta como un naufragio, pero las aguas que me recibieron eran las familiares de mi propio territorio. Aquí, cada piedra, cada rostro, cada susurro del aire salino me recordaba quién era, o al menos, quién había sido antes de que Stefan Volkov incendiara mi mundo y me rebautizara en su fuego. Estaba en casa. Entre mi gente. Entre los hombres y mujeres que, con una sola orden mía, darían su vida sin pestañear. Esa lealtad era un bálsamo y un espejo cruel que reflejaba la traición que acababa de vivir. La noche anterior, al aterrizar, había visto la pantalla de mi móvil iluminarse interminablemente. Stefan. Stefan. Stefan. Su nombre parpadeaba como una acusación, un mantra de mi propia estupidez. Con un gesto brusco, lo apagué y lo arrojé contra la pa

