El mundo seguía moviéndose a cámara lenta. Mi mente, nublada por el shock y la incredulidad, se aferraba a la realidad tangible de Stefan: el latido de su corazón contra mi oído, la firmeza de sus brazos alrededor de mi cuerpo, el olor a tormenta y supervivencia que le impregnaba la piel. No quería separarme de él ni un segundo, temiendo que fuera un espejismo, un cruel artificio de mi mente afligida. Pero la presencia de Liam Black, una leyenda hecha carne, era demasiado tangible, demasiado abrumadora para ignorarla. ¿Cómo había sucedido? ¿Qué arcano poder había traído al mismísimo Rey de la Hermandad a mi jardín? Su aparición no era casual; era un mensaje en sí mismo, una intervención divina en nuestro mundo terrenal y sangriento. A regañadientes, me separé lo justo de Stefan. Mis dedo

