La paz. Era una sensación tan extraña, tan novedosa, que temía respirar demasiado fuerte por si se quebraba. La luz del amanecer se filtraba por las persianas, pintando líneas doradas sobre la piel desnuda de Stefan. Mi mirada, ávida y aún incrédula, recorrió cada centímetro de su espalda, cada curva muscular, cada cicatriz que contaba una historia de violencia y supervivencia. Estaba aquí. Real. Respirando a mi lado en un sueño plácido que parecía robado al mismo infierno. Una sonrisa se dibujó en mis labios al ver a Dante y Dalí enrollados como dos centinelas peludos en la alfombra persa. Lo más sorprendente no era que Stefan les hubiera permitido entrar en nuestro santuario, sino que los hubiera arropado con una de las frazadas de seda, un gesto de ternura doméstica que no sabía que po

