La observé sin piedad, alimentando el fuego de mi propia rabia para no ceder ante el dolor que nublaba sus ojos. Vittoria forcejeaba contra las esposas con una desesperación que me erizaba la piel. Cada movimiento brusco hacía que el metal frío mordiera con más saña su piel delicada, y un rojo violento comenzaba a teñir su muñeca, un contraste brutal contra la palidez de su terror. —¡Te digo la verdad! —su voz era un grito ahogado, rasgado por el llanto y la impotencia—. ¿Qué más quieres de mí, Stefan? ¡Lo sabes todo! —¿De verdad? ¿Seguiremos con esta farsa? —pregunté, mi tono era una losa de hielo, aunque por dentro cada quejido suyo me desgarraba. Ella forcejeó una vez más, con una fuerza repentina y desesperada, y un grito agudo, cargado de dolor genuino, cortó el aire como un cuchil

