Capítulo 38 Tierra de fuego

1892 Palabras

La escena era casi pastoral, un espejismo de paz en medio del infierno que se avecinaba. Mi mujer, mi Vittoria, reía con una libertad que me desarmaba mientras jugaba con Dalí en el jardín de la finca toscana. El cachorro, torpe y entusiasta, saltaba alrededor de sus pies, y Dante, mi fiel sombra, permanecía a mi lado, observando con cierta superioridad canina. La risa de ella, un sonido claro y melodioso, llenaba los vacíos de mi alma, esos abismos oscuros que solo ella había logrado iluminar, aunque fuera de forma intermitente y tormentosa. Después de haberla hecho mía una y otra vez durante la noche, en un intento frenético de sellar nuestra reconciliación con piel y fuego, la había llevado a la ducha. La había bañado con una devoción que rayaba en lo religioso, lavando no solo el sudo

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