Esa noche Kobe pudo conciliar el sueño pasadas las dos de la mañana cuando Theo dejó de removerse en la cama, quitarle las cobijas y casi botarlo de la cama dos veces. Sin embargo, a las cuatro fue despertado por una sonora alarma que le levantó de inmediato para observar a su marido correr al baño y en quince minutos estar listo para iniciar la jornada en la hacienda.
Rendido por el cansancio optó por no darle el gusto de llamarlo inútil, repitió la acción de Yáñez y lo acompañó bostezando hacia la cocina que parecía lo único con luz a esa hora. Desde sus días en el ejército no madrugaba por gusto a menos que un buen negocio lo requiriese; además, quería saber por qué Theo prefirió atarse en un matrimonio por contrato cinco años a perder la finca, algo que él en su lugar, hubiese hecho.
Entrar a la cocina fue como pasar de un mundo oscuro al mercado persa, los trabajadores saludaron a su patrón ofreciéndole de inmediato un café con leche y a Zion un tinto amargo endulzado con panela y un suave sabor a ceniza que lo despertó de inmediato, en lo que escuchaba a Yáñez explicar las nuevas condiciones del manejo de la hacienda. La noticia de que se quedaría a vivir en Centauros causó alborozo en los oyentes que celebraron con las tazas humeantes el saber que por fin Theo era el dueño absoluto de Centauros.
Ese fue el primero de los encuentros con los trabajadores, la hacienda se dividía en dos espacios, uno dedicado exclusivamente a la cría y entrenamiento de caballos pura sangre donde primaba el gen azabache, identificando algunos alazanes y sus diluciones. De acuerdo con el linaje del equino, estos eran distribuidos bien fuese como sementales o para diferentes deportes ecuestres. Un ingreso que mantenía la casa Yáñez como una de las mejores dentro de la Asociación de Cría de rocines.
La segunda extensión le causó estupor, los cultivos que tanto hablaba Theo eran grandes cañaduzales que se mantenían de manera rotativa para estar siempre en producción. Cuando Junpei le explicó los resultados del producto final, el ojiazul le detuvo señalando a Kobe, quien asumió que la orden de guardar silencio se debía al resquemor por el contrato con Mayakeg, pero era ilógico reclamarle cuando nadie sabía que estaba tratando de incursionar en ese mercado.
Al quedar a solas frente a las grandes cañas el sol por fin hacía su aparición en el cielo, y recién el reloj marcaba las cinco treinta de la mañana.
—¿Qué te parece? —le preguntó Yáñez cogiendo su cabeza para que observara el amanecer—. Es lo que más me gusta de Centauros, los colores del cielo y el canto de las aves.
La expresión del ojiazul era de profunda paz, Zion lo vio extenderle la mano para sujetarlo con fuerza y caminar entre las cañas rumbo a donde nadie los podía ver, el instinto de supervivencia de Kobe le puso en alerta porque, si quería asesinarlo, ese sería el lugar perfecto.
Cuando salió del matorral vio un lago lleno de pájaros blancos que volaron tan pronto sintieron la risa del pelinegro, Zion fue liberado del agarre para sorprenderse por la manera como su pareja se despojaba de la ropa hasta quedar en una pantaloneta de baño y lanzarse al agua que sin duda estaba helada.
—¡Te va a dar una hipotermia! —gritó Kobe viendo como cada vez que su consorte salía de una inmersión, temblaba con la piel levemente azulada.
Theo lo observó y su gesto cambió a uno que el castaño reconoció de inmediato, era el mismo que colocaba cada vez que iba a desafiarlo, ¿Qué tendría en mente?
—Mi querido esposo ¿por qué no vienes a calentarme? —el más joven pronunció la frase en claro tono de burla, volvió a sumergirse y al salir dando la espalda a Kobe, exclamó levantando los brazos al cielo—. ¡Amante mío: ¿Dónde estás?!, ven porque mi marido no…
Tan absorto se hallaba en la broma que no sintió cuando Zion se metió al agua para cogerlo de las piernas y hundirlo, callando las babosadas que hablaba. La carcajada de ambos hombres por el juego de niños fue admirada por los cortadores que nunca habían visto a su jefe tan feliz y despreocupado, lo que a los mayores recordó las travesuras que Thiago y Borya realizaban en sus épocas mozas. Al salir la pareja, los esperaban dos grandes toallas que les envolvieron junto con ropa limpia y un par de vasos con un licor miel.
—Bébelo a fondo blanco, es la primera cosecha del cultivo, eso era lo que Junpei quería decirme —instándolo a probar y dar su veredicto como catador, Zion tragó sin dudar la ofrenda.
El delicioso sabor del ron calentó su garganta y poco a poco el resto de su cuerpo, hirviendo en su estómago, que rugió por consumir alcohol antes del desayuno. Ansioso Theo esperaba la opinión de alguien reconocido por su buen paladar.
—Es igual que tu —el rubor que llenó la cara de Yáñez le hizo sonreír—, su apariencia es atrayente, posee un aroma hipnotizador y el dulce sabor permanece en la boca deseando más.
El chiflido de los trabajadores fue más que suficiente para que el pelinegro golpeara el pecho de Kobe recibiendo un fuerte «idiota» como respuesta.
Después de ese día la relación entre ambos hombres mejoró, aunque sin saberlo en ese juego de poder ambos daban vueltas en una cacería del gato y el ratón intercalándose los roles. Por momentos, Zion asumió que tal vez por eso le decían Luna de Miel, y dejó que el tiempo pasara siendo envuelto por el trabajo de la hacienda, los cultivos, las caballerizas y la destilería. Aprendió a reconocer al Theo trabajador, líder y abnegado por proteger a Centauros, así mismo, permitió a Yáñez ver en él algo más que un ser frívolo y manipulador.
En esos quince días Kobe fue seducido por el ambiente de camaradería y el amor por lo simple del campo, también comprendió porque su rival firmó el contrato matrimonial ante la posible pérdida de la hacienda.
Ingresó, como tantas veces en esos días, al establo dirigiéndose donde Theo que se encontraba sentado frente al corral de una de las yeguas, con los brazos dentro del saco que tenía para mantener el calor que las frías noches de verano le robaban al ambiente del lugar.
—Te traje algo con que arroparte —mencionó en lo que echaba sobre los hombros de su esposo una manta. El ojiazul agradeció y siguió mirando la jaca que estaba próxima a entrar en trabajo de parto—. ¿Qué dijo el veterinario?
—Va a tener mellizos. Es un alumbramiento de riesgo, puede morir y los potros también —expresó con cansancio—. Ve a la casa a dormir, yo me quedaré aquí.
Kobe se sentó detrás de él y lo acomodó entre sus piernas, para cubrirse con la cobija abrazándolo. Theo recargó su cabeza al pecho del castaño sin descuidar al equino, el calor del establo unido a los suaves latidos de Zion pronto comenzaron a arrullarlo.
—No lo hagas —le reclamó con un bostezo.
—Es imposible no acariciarte cuando estás tan calmado —repuso Kobe sin parar el mimo—, yo vigilaré si te duermes.
El silencio de la noche sólo era interrumpido por los grillos y la respiración pausada de la yegua dentro del corral, Theo buscó una posición más cómoda logrando que los labios del ojidorado fueran depositados con suavidad en su cabeza.
La protesta muda de su pareja, hizo que Kobe se aventurara un poco más, sus manos se deslizaron por encima de la camisa de Theo que jadeó pegando el torso al suyo, en señal de aprobación a la caricia que empezaba a estimularlos.
Un beso en la mejilla, otro en su oreja y la solicitud de que le diera permiso para continuar, fueron derribando las barreras que Yáñez se impuso para no sucumbir ante los encantos de Zion, pero su cuerpo respondió ajeno a cualquier razón disfrutando un beso lento y lleno de ternura, en lo que su camisa fue desabotonada para percibir como uno de sus pezones era apretado y su boca abandonada por la lengua del castaño que se deslizó traviesa sobre el cuello y pectorales.
Kobe se irguió sobre quien tenía entre sus piernas despojándose de la polera y así poder restregar su piel contra la piel de Theo quien respondió arqueando el cuerpo y emitiendo un leve quejido.
Cargándolo, Zion se las ingenió para abrir la puerta del cobertizo vacío detrás de ellos, los papeles se invirtieron y se vio arrojado sobre el heno limpio por un cautivador ojiazul que acabó de desvestirse mostrándole una nueva faceta de su carácter.
La lengua de Theo se deslizó por su entrepierna para dar pequeñas lamidas que terminaron de despertar su virilidad, si antes Kobe pensó que su cuerpo era compatible con el de Samantha, tener al pelinegro era el nirvana puro. Lo separó de su centro, para sentarlo sobre sí y besarlo mientras le preparaba, el chico aceptaba sus dedos sin problema aferrándose a él en lo que su respiración se aceleraba.
Un pequeño grito le indicó a Zion que había dado con ese lugar especial, justo a tiempo porque realmente no aguantaba más.
—A…aprietas delicioso Theo —pronunció atrayéndolo a su pecho mientras se enterraba en el más joven una y otra vez aumentando la velocidad y la fuerza.
El verlo caer sobre el heno, estimularon sus ansias de conocer las expresiones de Yáñez al momento de obtener el clímax, le dio vuelta para levantar su cadera y clavarse una vez más en ese canal que le estaba llevando al éxtasis. Sensación que culminó en el instante que Theo apretó el esfínter alrededor del falo de Kobe, y le abrazó para venirse entre los dos. Una impresión nueva para el versado castaño que jamás permitió a los acompañantes masculinos que tuvo, ensuciarlo con sus fluidos, y menos acceder a terminar libremente dentro de ellos, una primera vez que le brindó con gusto a su esposo.
Satisfecho por la experiencia, Zion tomó el rostro lloroso de quien trataba de nivelar su respiración para limpiar las lágrimas que el placer produjo, besó los hinchados labios y murmuró una petición que deseaba fuese entendida por Theo como su completa rendición.
—Quiero que seas mío, que nadie pueda volver a disfrutar el placer de tu cuerpo —la intención del ojiazul de apartar su cara fue detenida por la mano que le hizo enfrentar la mirada anhelante y con color similar al caramelo derretido—. Lo comprendes ¿verdad?
Theo no pudo responder porque si bien el propósito que tenía de enamorar a Zion parecía más cercano de lo que creyó, su corazón se sentía desolado por el mismo motivo.
El relincho los obligó a levantarse con rapidez para ver a la yegua posicionarse e iniciar la labor de parto, cuando el veterinario llegó el primer potrillo comenzaba a salir. Después de tres largas horas la madre estaba con sus dos crías, un Classic Champagne y un Azabache, en lo que Theo fue llevado por Zion a la recámara donde se bañaron consintiéndose como la pareja de recién casados que eran.
A las siete de la mañana los golpes en la puerta sonaron interrumpiendo el descanso de quienes prácticamente acababan de dormirse, pero que eran el aviso de un inesperado visitante.
Ignacio saludó a su hermano con un fuerte abrazo y sonrió por la marca de la mordida en la base del cuello, desafortunadamente cualquier comentario tuvo que ser descartado por el problema que enfrentaban.
—Dame soluciones Nacho, lo que ocurrió ya no se puede cambiar.
—Argueta y Simone aconsejan establecer que desconocías tu posición en Yáñez Asociados en el momento que firmaste el contrario, pero —miró a Theo que acababa de entrar al comedor— implica decir lo que hiciste para sabotear la comercializadora, y que regreses hoy mismo a la capital.
La burbuja se rompió y la realidad regresaba indolente para Kobe que recordó la estúpida promesa que le hizo a Samantha, sin duda ella estaba detrás de esto.