Cuando la conocí ella era una pobre adolescente quebrada por el dolor y con la mente hecha un lío. Yo también era un lío, pero supo confiar en mí. Lo gracioso es que los agentes no la estaban persiguiendo con tal ahínco hasta que supieron que estaba conmigo.
Primero la llevé hasta unos edificios abandonados que pronto se habrían de transformar en un nuevo parque industrial. El lugar era un asco, pero todo lo que estaba sucediéndole le distrajo de los restos de civilización en decadencia que ahora la rodeaban. Intenté calmarla, y hasta quise charlar con ella; pero parecía que mi manera de hablar no era entendible. Comimos unos sándwiches que pude tomar a escondidas de un quiosco del centro mientras el vendedor atendía a otra persona, y bebimos agua de una botella que a duras penas había podido llenar el día anterior de una canilla oxidada. A cualquier persona “normal” le hubiera dado asco, e inmediatamente hubieran contactado a la policía para denunciar semejante forma de vivir. Pero ella no lo hizo. Comió y bebió pausadamente, como si meditase cada mordida y degustase cada trago de agua. Miraba el sándwich como si fuese algo rarísimo y fascinante, como un habitante de una tribu nativa americana hubiera mirado por primera vez un pastel, y observó el agua con detenimiento y cerró los ojos al beberla con un gesto de sorpresivo agrado.
Era obvio que el sistema ya sabía exactamente dónde estaba la chica descarriada, pero nada había hecho que ameritase un arresto o cosa similar. Supongo que por esta razón tuvimos tiempo. Ella tuvo tiempo. Tiempo para llorar a su novia, tiempo para soñar; y tal vez hasta tiempo para descansar. Sin embargo no podíamos confiarnos. Sólo podíamos descansar un rato en cada sitio, o las autoridades seguramente la hubieran regresado a su casa.
Cuando finalmente se calmó, tomó confianza y estuvo lista para hablar, pero su lenguaje tergiversado como el de todos ellos me daba la impresión de estar oyendo a una niña pequeña que apenas está aprendiendo a hablar. Y así y todo entendí. Entendí por qué sufría, lo que había pasado, lo que estaba sintiendo y la incógnita en que se hallaba en ese momento teniendo que decidir entre seguir alejándose de todo y volver para dejar que le quitasen una parte del cerebro. No lo dijo con esas mismas palabras, pero ustedes entienden.
La “gente de bien” me miraba raro, y los otros marginales la miraban raro a ella. Donde quiera que fuera que estuviéramos, parecíamos fuera de lugar. Sus pequeñas manos se apretaban entre ellas y su cuerpo temblaba cuando el sol ya se ocultaba. La cubrí como pude con una vieja manta un tanto polvorienta, para evitar que se resfriase. Estoy seguro de que, antes de su quiebre, Sherill jamás hubiera siquiera soñado con dormir en aquellas condiciones.
Uno creería que, sabiendo adónde estaba ella, y teniendo la chica una orden de reacondicionamiento, era una locura para mí estar con ella. Seguramente lo fue. Pero claro… ¿qué es este mundo sin locuras? Tan sólo una pobre y aburrida versión de sí mismo.
Cuando logramos desactivar el implante de Sherill, sentí que finalmente había logrado algo; que allí era donde debía estar. Me sentí feliz de haberla despertado. Sentí que no había nada más que hacer. Qué tonto fui. Momentos después de haberla liberado de ese control, como cualquiera se imaginaría que habría de pasar, estábamos rodeados y temiendo por nuestras vidas. No es que no hubiera sabido que ellos llegarían. Por supuesto que lo sabía. Pero en el momento en que ella “despertó”, si bien estaba consciente del peligro, para mí fue como si el tiempo se detuviera. En esos breves instantes, entre los ruidos de las máquinas y la explosiva confusión de la chica, explicarle a mi mente que no había tiempo para regocijarse fue difícil. Claro que el estruendo de los hombres armados haciendo volar las puertas en pedazos bastó para ponernos a ambos en alerta.
Varias horas habían pasado. Creí que ella estaría lejos y a salvo. Yo seguía huyendo, mi cuerpo fatigado me pedía detenerme y mi respiración tardaba en relajarse. Mi apariencia era, para los usos “normales”, simplemente horrible. Ella se había alejado algo desordenada, pero seguía hermosa como siempre. Podría pasar por una buena ciudadana con todas las de la ley, y pocas personas hubieran dudado de ella o hubieran sabido que con ella había problemas.
Una matanza era mostrada en cada pantalla de la ciudad, y cada ciudadano veía aterrado el peligro que la programación ahora le anunciaba por medio de celulares y pantallas gigantes en los cuales el rostro de Sherill y el mío eran deformados con fotoshop para parecer malvados. Cierto es que no somos ángeles ni santos, pero tampoco somos un par de demonios; aunque sí hemos hecho cosas que a muchos daría miedo.
Con nuestros retratos en público junto a escenas sangrientas que según recuerdo jamás protagonizamos, corríamos en direcciones contrarias para doblar nuestras probabilidades de supervivencia; confiando en que la falta de vigilancia de las zonas marginales y en decadencia pudiera protegernos. Pero al mediodía casi me habían acorralado nuevamente y nuestros caminos volvieron a cruzarse; aunque sólo yo pude reconocer su rostro del otro lado de una calle muy transitada, bajo una capucha y dentro de una camioneta. Su asombrada sonrisa y un saludo tímido me dieron a entender que estaba escapando, de alguna manera, con éxito. Pero en ese momento de distracción, aunque las miradas de la gente estaban perdidas en esas imágenes falsificadas de terror, los agentes del orden se las arreglaron para dar conmigo en medio de una multitud de desconocidos. Hombres, mujeres y niños sintieron las ráfagas provenientes de las armas de los oficiales. Muchos de ellos salieron heridos de gravedad, y calculo que al menos media docena perdió la vida.
Con una bala alojada en el brazo y la sangre de una niña pequeña en mi rostro, podría haber escapado cuando varios oficiales debieron reducir a uno de ellos que se hallaba en un súbito arrebato de rebeldía. Sus palabras extrañas no me llegaron bien a los oídos por el llanto desgarrador de un hombre que asumo sería el padre de aquella inocente víctima; pero estoy seguro de que por unos momentos se olvidaron completamente de mí.
Quise correr hacia mi amiga, pero ellos pasaban junto a la camioneta y la ignoraban. No sé quién la estaba llevando, si los había engañado o persuadido o si sus salvadores eran otros rebeldes moviéndose impunemente por la ciudad. Quise saber, pero no podía. Ellos iban tras de mí, y debía a toda costa evitar que la descubriesen. Un agente distraído por el forcejeo pasó sin verme y aproveché para atacarlo. Así llamé la atención de todos ellos, que dejaron de pelear entre sí mientras yo les disparaba con el arma del uniformado. Nuevo tiroteo, nuevas muertes. Yo escapé sólo después de correr y desangrarme por otra media hora. Escapé con desconcierto e ignorancia sobre la suerte de Sherill. Pero era mejor así.
Sin importar adonde fuera, sin importar cómo terminara, cuándo me detuviese, con quién terminase o siquiera si muriese, sólo pensaba en alejarlos de ella. Aquella joven chica salida de la escuela a la que casi le escarbaron el cerebro y que casi hace que me maten, o debería decir que yo mismo casi hago que me maten por ella.
No pasamos mucho tiempo juntos, ni supimos demasiadas cosas el uno del otro. No tenemos una gran historia de amistad o romance… al menos yo. No pasaremos navidad juntos, ni compartiremos un helado caminando alegremente por el centro, ni nos contaremos estas cosas ya ancianos con añoranza… probablemente. Probablemente una bala nos alcance a mitad del camino y trunque nuestras vidas tan fácilmente como se rompe una rama. Hoy la vida no tiene mucho sentido, excepto el sentido que decidamos que tiene. Morir escapando, o morir por morir como Sherill estuvo a punto de hacer alguna vez, no significaría nada. Pero morir por alguien más… eso tendría significado.
Sé que esas ráfagas de balas fueron culpa mía, aunque bien podría decir que los responsables están detrás de las cámaras de vigilancia y de las órdenes que el sistema reparte a sus subordinados; pero no puedo negar que mis manos están manchadas de sangre.
Por lo menos, de alguna manera filosófica, esas muertes son también liberaciones. Ojalá renazcan en personas libres.
Quisiera poder volver el tiempo atrás y evitar la muerte de esa niña, y de paso evitar así el dolor que aquél padre ha de sentir desde ahora en adelante. Aunque quién sabe… Quizás lo reacondicionen y la olvide, o quizás olvide lo que siente. Olvidar lo que somos es lo que nos hace errar el camino. Es lo que nos lleva por senderos que nos pierden, aunque a veces se puedan sentir bien.
Quisiera cambiar las cosas y volver a aquéllos días en que una conversación podía empezar con “¿Qué querés?” y terminar con “Así que creés en los ovnis…”. Quisiera tantas cosas…
Si mis manos han dañado, o lo que he hecho ha terminado lastimando a inocentes, supongo que deberé vivir con ello; pero yo me sigo preguntando si acaso en este mundo, este mundo programo donde nada puede hacerse sin permiso, o por el simple deseo o el azar, queda alguien inocente.