¿Cómo seguir? Cada vez se acercan más a mí. O quizás es al revés: yo me acerco más a ellos. Atrevido como soy, tomo lo que necesito de maneras que, a los ojos de la ley, se definirían como hurto, secuestro, robo, agresión, daños a la propiedad pública… O simplemente terrorismo. Tal vez sea la sensación de impunidad, tan intoxicante como es, lo que me lleva a ir casi hasta el límite. Siempre estoy a punto de ser encontrado, a punto de que descubran quién soy, a punto de que me atrapen e inserten un chip en mi cabeza. A punto de ser reacondicionado. Finjo ser uno de ellos siempre que no sea necesario realizar transacciones o registros, ya que ello me delataría. Y, mientras me hallo en medio de un grupo de “buenos ciudadanos”, recabo información acerca de dónde, cómo y cuándo hacer que tal o cual recurso caiga cerca de mis manos. Entonces, lo importante es tomar y huir. Nunca nada que no pueda cargarse y correr. Comida en raciones, ropa, calzado o medicamentos. Sólo lo esencial. Cualquier otra cosa sería muy arriesgado. Me muevo a pie, o convenzo a alguien de que me lleve. Ofrezco tratos fabulosos a aquéllos interesados en subir en la escala social, sólo para que ellos inviten la cena y la bebida. Y, si han tomado de más, relojes, collares, aros y pulseras suelen desaparecer conmigo. Más de una vez me tiento a pedirles una pequeña inversión inicial, cosa a la que muchos parecieran estar dispuestos; pero para esas transacciones se necesitaría un chip. Puede que el aburrimiento sea el que me tienta a ir hasta el límite.
Toda una serie de palabras nuevas, que en los viejos tiempos ni siquiera los de menos educación aceptarían usar, han aparecido en los últimos meses. Cosas que antes no habrían tenido el menor sentido hoy son dichas todo el tiempo. Esto me obliga a tener más cuidado, ya que, de ser oído hablando en lo que hoy llaman “un modo obsoleto”, provocaría que la gente a mi alrededor se pusiese en alerta.
Ilusiones. Mentiras escritas en nada. Claridad cegadora de luz artificial. Escombros y basura. Carne trémula que sangra y un paraíso de pastillas para los nervios. Temblor. Paciencia. Caricias y pesadumbre. Hartazgo. Individuos encerrados en prisiones que aparentan ser hogares, manejan aparatos que los llevan de un logar a otro, consumen productos y servicios que acrecientan sus malogrados egos y miran a los otros que no tienen lo que ellos con miradas despectivas y asco. Los califican de mugre, inservibles y sectores descartables de la sociedad; cuando son ellos quienes más inútiles les resultan al mundo, pues forman parte de aquélla clase de gente mal llamada élite que se dedica a mantener el estatus quo actual de esta sociedad enferma que destruye todo cuanto la rodea. Y, del otro lado, montones de personas que aspiran a alcanzar aunque sea los tobillos de aquéllos, robarles un poquito de paraíso artificial o matar sus sueños para conseguir mentiras parecidas a verdades. La madre tierra sufre, y nosotros locos por consumir.
De a ratos advierto cosas tan curiosas para mí y que los demás no pueden contemplar, y me asaltan unos pedazos de pensamientos… como una idea deshecha en trozos sueltos.
Trozos sueltos…
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“Siento que una parte de mí se estuviera durmiendo, e intento despertarla, moverla, mantenerla activa. Nada funciona. La causa es el reducido espacio en que me encuentro y que me presiona. Mientras más me quede, más se me dormirá. Creo que ya sé qué hacer.”
Este mensaje lo leí en una hoja de papel que encontré afuera del puesto de un guardia. La puerta estaba abierta y se escuchaba una voz gritando desde un radio comunicador que se hallaba adentro. Me alegré y seguí mi camino.
2_
Hormigas o pulgas intentando ladrar como si fuesen perros. Parásitos insignificantes que nada hacen por sí mismos, a menos que alguien que decide por ellos les haya dado permiso. Estúpidos sin el más mínimo razonamiento. Enfermos que no notan la propia enfermedad. Esclavos inconscientes de su condición de esclavos. A esto se reduce el homo sapiens sapiens. “Hombre” es una palabra que muy pocos merecen utilizar para consigo mismos. Zombies. Muertos vivos. Los califico así porque en verdad parece que lo son: no parecen poder pensar (no mucho, al menos), no hablan (no como seres conscientes), ni hacen nada propio de un ser humano. Emiten sonidos y gritos, pero dudo mucho que cualquier persona pensante entendiese lo que dicen.
De vez en cuando alguno de ellos me mira y logra articular algo parecido a palabras. Creo que me está saludando. Sin embargo, su mirada está perdida. Podría responderle el saludo, pero sería como hablarle a la pared: Puede uno decir todo lo que quiera, pero no habrá ninguna reacción. La pared sigue siendo una pared.
3_
Los sociólogos del siglo XX hablaban del ser humano como un “producto social”, resultado de las condiciones en que la sociedad lo “moldeó”. Si prestaron atención, habrán notado en las palabras anteriores una alegoría del proceso de producción industrial. El sueño de los entonces llamados “intelectuales” o “científicos sociales” de darle al homo sapiens sapiens y a su modo de vivir la forma que le sea más redituable y funcional al sistema. Ya entonces nos pensaban como productos o artículos que están a la venta en el mercado. Hoy pude ver cómo le pasaban un escáner a un hombre que vestía uniforme de trabajo justo después de terminar su jornada. Podrían decir, para alivio de sus egos, que él le está vendiendo su trabajo a la empresa; pero a mí me dio la impresión de estar en el supermercado, ver a un empresario tomar a ese trabajador de un estante, entregárselo a la cajera para que ésta lo pase por el escáner y poder comprarlo al igual que las naranjas.
Por las noches despierto de una pesadilla en la que miles de ojos me espían donde sea que corra, y luego un tatuaje con forma de código de barras aparece en mi frente. Esta imagen suele ser señal de que debo huir de nuevo, antes de que me encuentren.
En Estos Tiempos…
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En la vida cotidiana, caravanas de trabajadores de limpieza, construcción y servicios varios se reconocen por sus uniformes unicolores. La propaganda comercial ofrece numerosas píldoras para casi cualquier cosa: píldoras para adelgazar, píldoras para dormir, píldoras para los nervios, para tener energía, para la gripe común y cualquier otra gripe que se les ocurra inventar, para los dolores, para tener buen ánimo, y para un montón de cosas que antes no requerían de píldoras. La humanidad se ha vuelto más débil o más adicta.
2_
Modas, maquillaje, peinados, teñidos e incluso actitudes. Todas ellas utilizadas para dar a los demás una imagen que no es la real. Ilusiones que nublan la mente e interfieren con el pensamiento. Falsedades para engañar falsos y luego silencios. ¿Silencios? Ojalá pudieran tener silencios en los que meditar. Silencios en los que poder pensar, reflexionar y conectarse consigo mismos. Ojalá tuvieran aunque sea breves silencios interiores. Al llegar a casa, la televisión reemplaza al ruido de la calle; y la mente siempre nublada. Celulares, televisión, internet… Idiotas haciendo idioteces. Se entretienen con cosas que pudieran tal vez servir para mejor. La tecnología al servicio del entretenimiento, y el entretenimiento para no pensar. Parecen retardados. Quienes se dan cuenta de que algo está mal intentan culpar a la televisión; pero las causas son más profundas. Es el sistema el que los lleva a volverse cascarones vacíos con una mente estropeada. Es exactamente así como se lavan cerebros: primero se aturde la mente con ruido y desinformación, y luego reprograman… Es así como la gente asume las nuevas reglas de modo automático e irreflexivo. Y es justamente así como, antes, aquél que leía un libro se volvía un sujeto raro, el que hacía sin pedir permiso se volvía un criminal, y el librepensador un loco.
Estoy sentado en una plaza pública que se halla en medio de la gran ciudad, cansado y con ganas de dejar de fingir. Últimamente la gente me mira muy raro, y es que he estado descuidándome. Me miran raro porque no actúo como ellos, no visto como ellos, no me junto con ellos, no bromeo como ellos ni hablo como ellos. Un hombre que pasa por allí me mira extrañado, se acerca y me pregunta qué me pasa. Yo lo miro pensando para mis adentros “¿Qué les pasa a ustedes?” Niego con la cabeza y le respondo “no me pasa nada”. Doy una sonrisa amable para aparentar; y él se aleja. No sé a ciencia cierta si el sujeto estaba siendo amable o si estaba asegurándose de que yo no fuese algo que debiera denunciar.