Sherill

1601 Palabras
Si queda viva aunque sea una brasa de rebeldía en esta sociedad panóptica, seguramente se halla en los jóvenes. No es necesario aclarar que no me refiero a mí. Sean las características propias de la edad o lo que fuese, los adolescentes siempre han mostrado resistencia a las reglas e imposiciones de sus padres y de la sociedad misma. Creo que por ello suelen ser los más proclives a ser bloqueados. Y, como dije antes, pocos son los que sobreviven. Sherill sobrevivió… por lo menos hasta que le perdí el rastro. La primera vez que la vi, era como las demás personas; o, al menos, eso me pareció a mí: vestida a la moda, con esa ropa ridículamente vistosa y “oficialmente aprobada”, su pelo lacio que le llegaba hasta los hombros (extensión máxima permitida por los estándares actuales), y una foto que sostenía contra su pecho. Tardé unos segundos en darme cuenta de que estaba parada en el borde de un precipicio, llorando y a punto de saltar. Es raro ver llorar a alguien hoy en día, ya que rara vez la gente deja aflorar sus verdaderos sentimientos. Si alguien es muy depresivo, se presume que es un problema para el sistema. Además, como todos los pensamientos están regulados, son raras las veces en que una persona actúa como un verdadero ser humano. Amor, odio, pesadumbre, terror… sólo son expresadas en las situaciones previstas por el sistema. En situaciones normales, esta represión podría causar una epidemia de problemas neuróticos. Bueno. Ahora también. Y, en el caso de Sherill, hay que sumarle la reciente muerte de su novia Elizabeth. “Eli” según su identificación, pero Elizabeth para Sherill. Ese es otro dato curioso: Muchos nombres han sido suprimidos por recordar la antigüedad y lo clásico. Por ende, en su identificación, Elizabeth estaba registrada como Eli Malú. Tal vez crean que discurrir sobre su nombre está de más, pero su nombre y su muerte están relacionadas.  Quienes tienen el chip tienen prohibido utilizar nombres y palabras que no estén en el diccionario oficial. Es más: Les es imposible. O eso se supone. Verán… Parece ser que, desde la pubertad, las nuevas hormonas y el cambio en el cerebro propio de la edad, hacen que los impulsos eléctricos del chip no siempre tengan efecto. Y, a veces, pasiones demasiado fuertes como las que compartían Sherill y Elizabeth pueden más que la influencia del implante. Me pregunto si esto pudiera ser aprovechado para liberarlos… La relación que estas dos chicas mantenían no sorprendía a nadie. Hace tiempo ha sido suprimido todo comportamiento discriminatorio relacionado con la orientación s****l. Pero sus juegos eran algo que inquietaban a las autoridades e iban contra las reglas. Juegos que siempre habían sido comunes en niños y niñas, como jugar a los príncipes y las princesas, hace años que fueron declarados comportamientos inaceptables. Y, en un par de adolescentes de quienes se esperaba que pronto se volviesen ciudadanas, demostrar demasiada imaginación era algo que llamaba la atención; y no en el buen sentido. Cuando los registros del sistema detectaron alegría repentina, celos, alertas relacionadas con palabras y nombres prohibidos, las dos fueron marcadas para ser “reacondicionadas”. Es decir, intervenidas quirúrgicamente para extraer cierta parte del cerebro relacionada con la toma de decisiones. Sus familias fueron notificadas con unos días de anticipación, mientras ellas charlaban con un psicopedagogo creyendo que era un simple llamado de atención. La pobre Elizabeth, la primera de ambas en ser intervenida, no sobrevivió a la operación; lo que detonó las emociones de Sherill. Ésta decidió escapar de su casa. No es necesario decir que sabían dónde estaba todo el tiempo, rastreo satelital de por medio. Cuando la vi parada en el borde de aquél precipicio, tomé consciencia de que no se hallaba en lo que suelen llamar un “estado anímico normal y aceptable”; y entonces creí ver una oportunidad. Por una vez, al menos, no estuve equivocado. Ella era muy fuerte. Podrán creer que un implante capaz de controlar los pensamientos debería estar en lo profundo del cerebro; pero no es así. De hecho, se halla en la superficie de la masa gris, justo detrás de la frente. Si se fijan bien, todos los que tienen el chip tienen también unas líneas muy delgadas que le surcan la frente formando la letra “H” en forma horizontal. Eso es vestigio de la operación que se realiza para separar piel, músculos y huesos; y poder instalar las distintas partes del implante: una delgadísima lámina que transmite los impulsos eléctricos al cerebro, y el chip que guarda la información enviada por el sistema y, además, transmite a la red constantes registros de la salud física y la actividad mental del sujeto. Yo no soy doctor; pero sé que extraer un implante no es tan difícil si se tienen los elementos y conocimientos necesarios. Liberar una mente produce en la persona lo que podría llamarse un “despertar” o una “revelación”. Los que no lo han visto pasar creerán que es algo lindo de ver; pero es todo lo contrario: nuevas ideas, nuevas sensaciones, nuevos sentimientos y emociones caóticas que inundan la mente de la persona. Algo similar a un caso de bipolaridad mezclado con una leve psicosis. Los invade el miedo. Sus vidas sencillas se vuelven complicadas, ya que comienzan a cuestionarse todo lo que solía ser normal. Y, por cierto, liberar a alguien es poner a esa persona en peligro. Cuando atrapan a algún liberado, lo “reacondicionan”, lo bloquean o lo matan. He visto a muchos marginales viviendo de los desperdicios que los “ciudadanos de bien” arrojan a la basura. Son aquéllos a quienes el sistema bloquea por algún error o falta. La mayoría de las veces mueren de hambre o se suicidan. Son muy pocos quienes logran escapar. Sherill escapó. Les contaré lo que pasó desde que la conocí en aquél risco hasta el momento en que se fue. Su despertar fue muy emotivo, pero más sencillo que para la mayoría. De hecho, su estado emocional estaba tan alterado que estuvo a punto de ser bloqueada. Como el dejar que la atrapasen era el equivalente a dejar que se suicide o peor, decidí intentarlo con ella. Verán… hay una forma de provocar un cortocircuito en el implante cerebral sin necesidad de cirugía: un campo electromagnético. Podría creerse que, con el implante adherido a la masa cerebral, un campo electromagnético sería aún más peligroso que la cirugía misma. Pero no. Interfiere permanentemente la señal del transmisor. Esa es la razón por la cual los electroencefalogramas suelen ser seguidos por el reemplazo del implante. Y explica que, desde aquélla tormenta solar, haya habido tantos despertares y que tantos implantes hayan debido ser reemplazados. Con el chip averiado, ella tendría oportunidad de ocultarse de sus perseguidores; e incluso de escapar. Pero… ¿escapar adónde? ¡No importa adónde…! Mientras esté lejos de ellos… Adonde esté en contacto con la naturaleza, adonde pueda pescar, recolectar o cazar. Me pregunto si queda algún lugar así. Soy, según sé, uno de los pocos hombres libres que quedan hoy en día. Uno de los pocos que no han sido esclavizados. Pero eso no durará mucho. Tal vez debí seguirla, pero debía hacer que me persiguieran para que ella pudiese huir. Y cada cual quedó por su lado. ¿Habrá llegado? Se suponía que huiríamos juntos; pero los guardias cerraron las puertas electrónicamente, dejando sólo las ventanas pequeñas del baño como posible vía de escape. Sólo ella cupo por allí. Además, si yo salía, ellos nos perseguirían a ambos. Si me quedaba hasta que ella se alejase, le daría una oportunidad y algo de ventaja. Sólo podía pelear con mis últimos recursos, aunque me matasen en el proceso. Hacía como media hora que Sherill salía por una ventana minúscula, a través de la cual yo nunca pasaría por más que lo intentase. Cayó fuerte del otro lado, y creo que se torció un tobillo; pero, como dije antes, es muy fuerte: La vi escaparse por un ala del hospital que aquéllos dejaron descubierta para concentrarse en mí. El truco funcionó. Tratar de reflexionar con ellos es inútil. Les grité un par de insultos sobre sus madres y sobre ellos mismos que seguramente no entendieron. Hicieron una pausa para recargar y, luego, continuaron disparando. Son como autómatas: hacen un recorrido ya planificado, cumplen con un trabajo monótono, hablan lo que tienen permitido y piensan dentro de los límites establecidos. Cualquier margen de error es, para el sistema, una señal de alerta; y cualquier desobediencia un crimen. Tal vez debiera volverme como ellos y, finalmente, recibir el implante que oficializaría mi rendición y me esclavizaría. Eso evitaría que tuviera que pelear, correr y esconderme todo el tiempo. También hubiera evitado hallarme en aquélla situación: Arrodillado en el suelo húmedo, con una pierna sangrando, esperando que me acribillasen apenas me asomase por la puerta. No había otra salida y ellos eran muchos. Dentro del bolso tenía una bomba. La única alternativa era hacer explotar el lugar. Tuve que pensarlo dos veces, porque también podría haber muerto; pero no tenía más balas. Al final logré salir, pero a costa de asesinar a más de diez hombres y de perderla. Cualquiera en mi posición creería que la atraparon, y que por eso no he vuelto a verla. Pero los rostros de los supuestos terroristas, como nos llaman, suelen aparecer en los noticieros hasta ser capturados y ejecutados. Sus detenciones son siempre anunciadas como una gran victoria, y dejan de aparecer en la televisión. Por esto sé que ella sigue viva y libre: Su rostro sigue apareciendo en la pantalla cada día, justo después del mío. 
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