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4896 Palabras
Constantemente se presentaban muchos problemas de salud que no podían ser enfrentados con la premura necesaria. Fueron varios los casos de niños deshidratados, en su mayoría por cuadros diarreicos, que sucumbieron por no haber sido instaurada una corrección de líquidos de inmediato; como consecuencia de no contar con soluciones de rehidratación, catéteres, equipos de infusión, entre otros. Fueron muchos los diabéticos que se complicaron por no contar con insulina. Se trataba de un h********o lo que se presentaba en ese sitio y como tal, era una situación que se evidenciaba en todos los rincones de la otrora patria grande. Miré ese dantesco panorama mientras mi madre empujaba la silla de ruedas. Nos asomamos al parque, los niños, ajenos como eran a una realidad que los involucraba, jugaban sin descanso.           Se trataba de un pequeño centro de diversión. Muchos arbustos floreados hacían juegos de colores, con los dibujos de seres de las historietas animadas de la época. Entre ese bello panorama, los chiquillos retozaban sin parar hasta que eran solicitados para pincharlos, para hacerles curaciones o para administrarle algún fármaco. Al poco rato sentí un poco de fatiga. Aunque no gastaba nada de energía, me sentía cansado, me sentía desesperanzado en ese momento preciso. Llegaban a mis recuerdos, los martirios sufridos y, sin poder evitarlo, me provocaba llorar.           Nos trasladamos nuevamente a la habitación. Desde ese entonces no salí más, salvo para ir al baño o a la sala de procedimientos, que era el lugar donde siempre me pinchaban o me hacían cualquier procedimiento, que aunque era por mi bien, me hacían llorar. Era un desgano descomunal que sentía hacia todo. Solo el hecho de sentir el olor a comida me provocaba náuseas. Si no vomitaba era porque sencillamente no tenía nada que vomitar. Resultaba invadido entonces por un incesante tratamiento, para prevenir aquellas náuseas detestables que se presentaban de manera brutal, y que me impedía casi que tomar agua. Si estaba regordete, no era precisamente por estar bien alimentado.           Había momentos en que no probaba bocado por varios días. Esa situación desesperaba a Mercedes, que pensaba que me iba a morir de hambre si seguía así, sin comer nada. Pocas veces lo hizo, pero una mañana en que la desesperación no le daba treguas, me regañó fuertemente para tratar de que entrase en razón y comiera, aunque fuese un poquito. Solo así me sacrificaba y tragaba algo en contra de mi voluntad. Pero en vano eran esos intentos de complacerla ya que, tan pronto llegaba el bocado a donde tenía que llegar, era expulsado de inmediato, haciendo un desagradable alboroto al sentir ese deseo perverso de arrojar todo cuanto llegara a mi estómago.           Nuestro amigo Jesús le había dicho a mi madre, que  la pérdida de apetito era uno de los síntomas más comunes en los pacientes diagnosticados de cáncer y durante su tratamiento. Las náuseas y vómitos eran los síntomas más frecuentes derivados de la quimioterapia. Además, tan pronto comenzaba ese tratamiento al que comencé a temerle, se presentaban en mi boca unas molestas lesiones que cada vez se tornaban más dolorosas. Al respecto, también el licenciado había hecho algo de referencia explicando que la estomatitis constituía una de las complicaciones orales más frecuentes y secundarias a la quimioterapia, difíciles de erradicar. Con su eterna sapiencia y paciencia, ese noble caballero educaba a mi madre en todo cuanto era menester.           Como todo un erudito y haciendo gala de su voz de trueno, explicaba detenidamente todo cuanto mi mami le preguntaba. En esa oportunidad las preguntas giraron en torno a mi animadversión con la comida. Explicaba el buen hombre, todo lo relacionado con los desordenes nutricionales debido a la inapetencia y a los constantes vómitos cuando por fin lograba ingerir algo. Manifestaba que la pérdida de apetito era uno de los problemas más comunes que ocurría en los pacientes diagnosticados de cáncer y durante su tratamiento, tal como era mi caso.           “Las alteraciones emocionales como la depresión y la angustia originadas por el diagnóstico, podrían ocasionar la pérdida del apetito. Así mismo, síntomas derivados de los efectos tóxicos del tratamiento podrían también contribuir junto a estas alteraciones emocionales, a una disminución acentuada de la ingesta”. Entendía medianamente Mercedes lo que le era explicado. Medianamente debido a que, con tantas preocupaciones, no asimilaba adecuadamente las informaciones que pudiesen llegar a ella. Creo que más bien mi madre se portó demasiado valerosa, a pesar del sufrimiento extenso que estaba enfrentando desde hacía ya bastante tiempo.           Los días transcurrían demasiado despacio para mí. Los embates de la quimioterapia no se hacían esperar y se posaban en mi frágil humanidad, para arrancar gritos desesperados de dolor y de incomodidad. En ese momento deseaba dejarlo todo hasta allí. En medio de la inteligencia celestial que siempre porté y que nadie imaginaba, deseaba dejarlo todo de ese tamaño. Era un sacrificio demasiado grande el que estábamos haciendo tanto Mercedes como yo. El catéter amaneció obstruido un día y por más que se lo propusieron, no lograron desobstruirlo. No quedó otra alternativa que, como siempre, colocar otro. Los que tenía mi mami se habían agotado y por más que intentó un acuerdo con alguna de las tantas madre que permanecían allí, no pudo asirse de alguno dado en préstamo mientras se apersonaba mi abuela con el material en cuestión. Eran demasiado costosos, amén de que habían escaseado. Una mujer detestable tenía un montón de ellos en su haber; pero a cambio de solo uno, exigía como canje, un litro de aceite comestible, un kilogramo de azúcar y otro de harina de maíz precocida, cosa que, evidentemente, mi mami no tenía a la mano.           Pasé un día completo sin recibir ningún tipo de tratamiento, dado que fue imposible lograr el bendito catéter periférico. No fue sino pasado ese tiempo, cuando mi abuela, después de caminar demasiado, pudo encontrar por fin el tan necesario elemento. Solamente pudo comprar uno, ya que su precio rondaba por las nubes como quien dice. Entonces se presentaba otra dificultad, colocarlo en su sitio haciendo máximo dos intentos. Era esa la única alternativa, ya que al introducirlo más de dos veces, la punta del mismo se deterioraba y había que descartarlo. Por fortuna, se apersonó en horas de la tarde Jocelyn, una amable enfermera  y con la mayor de las paciencias, comenzó a buscar en cada palmo de mi cuerpo, el sitio más idóneo para insertar, con máxima destreza, la aguja en su santo lugar. En efecto, logró su sagrado cometido. Escuché de ella, mientras revisaba mi brazo, una oración bendita. Solicitó al creador la bella dama, la bendición para poder colocar el catéter que me mantendría con la esperanza de vivir.           Pasadas tres semanas del inicio de la segunda fase del tratamiento, casi ni me movía de la cama, me sentía terriblemente mal. Pensaba, a mi modo de ver las cosas; que era el tratamiento que constantemente exigía aquella gran cantidad de intentos para lograr canalizar las vías de administración, las tantas extracciones de sangre para los análisis necesarios y los desmanes de los tantos efectos adversos de la quimioterapia; lo que verdaderamente me hacía sufrir, y no la enfermedad propiamente dicha. Cada vez que se mencionaba la palabra hospital, me aterraba de manera indescriptible, no podía evitarlo. Ya el encierro estaba haciendo añicos mi vida.          Podría ser poseedor de una inteligencia privilegiada venida desde la gloria, heredada del hecho de haber sido un ángel por tanto tiempo; pero al fin y al cabo era yo un niño y como tal, tenía los miedos normales de mi edad. Era un temor muy bien infundado, en virtud de los tantos sufrimientos que había padecido precisamente en el hospital. Ya ese sitio significaba para mí, una especie de lugar de tortura, como lo debió significar en otros tiempos el cepo, el cadalso, el paredón o la horca. Con la única diferencia, de que en mi caso, la muerte llegaría de manera lenta y por ende, más cruel. Era eso lo que yo pensaba, esa era mi constante duda. Si salvaban mi vida o por el contrario, me la estaban quitando poco a poco.           Una noche en la que miraba sin pestañear hacia el blanquísimo techo, hicieron acto de presencia Andrés y Bastian. Ellos eran dos pacientes, para quienes habían solicitado cupo desde las primeras horas de la tarde. El primero de ellos, había sido trasladado desde otro hospital de la región, luego de haber sido sometido a una intervención quirúrgica y el segundo, llegado desde el área de emergencia. Andrés tenía ocho años y Bastian apenas nueve meses. Ambos padecían Leucemia Linfoblástica Aguda. Los motivos de sus ingresos eran distintos, pero ambos necesitaban atención inmediata, para tratar de aliviarlo de sus complicaciones. Andrés ya había estado hospitalizado varias veces. Llevaba dos años padeciendo de aquel terrible mal. Una grave complicación se había hecho presente. Alguien había dicho, al momento de su ingreso, que se trataba de una de las peores complicaciones a las que se enfrentaban.           Era una gangrena de fournier, severa complicación que consistía en la muerte de una gran parte del tejido ubicado en el periné y que abarcaba gran parte del músculo glúteo. En el quirófano tuvieron que retirar todo el tejido muerto, y para evitar la contaminación, se vieron en la penosa necesidad de realizarle una colostomía, que no era más que una derivación del intestino grueso, cuyo segmento interrumpido quirúrgicamente, se colocaba en la pared abdominal y era por allí por donde se drenarían las heces fecales. Al mismo tiempo, era colocada una sonda vesical para drenar la vejiga urinaria, cuyo contenido era vertido a una bolsa colectora colocada a una distancia prudente. La finalidad de aquellas desastrosas medidas era que ni las heces ni la orina, hicieran contacto con el tejido expuesto, para que pudiera surgir sin complicaciones el nuevo tejido. El proceso de cicatrización demoraría mucho tiempo, mientras tanto el niño debió permanecer hospitalizado bajo una fuerte terapia antimicrobiana.           Hacía unos pocos meses, Andrés había terminado de cumplir el ciclo completo de su quimioterapia y habían obtenido muy buenos resultados; su estado general era muy bueno. El siguiente paso que se habían planteado era, sin duda alguna, el trasplante de médula ósea. Lo que mi madre había leído de ello era que: “La médula ósea es un tejido indispensable para la vida, ya que en él se fabrican las células de la sangre y del sistema inmunitario. En la médula ósea anidan las células madre (también denominadas progenitores hematopoyéticos), capaces de producir todas las células de la sangre. Para realizar un trasplante hematopoyético con éxito, es necesario disponer de un donante compatible con el paciente”.           Mi querida madre, en un oportunidad conversando con una de aquellas damas mientras aguardaba por la ronda médica, conversaba como toda una erudita haciendo referencia directa a todo cuanto había asimilado de dicha lectura, por lo tanto le explicaba que ser compatible significa que las células del donante y del paciente resultaran tan parecidas, que pudieran convivir indefinidamente en el receptor. Todo estaba arreglado para llevar a cabo lo planificado con Andrés, solo restaba finiquitar los últimos estudios requeridos; pero el niño comenzó a sentirse mal de manera repentina. Un cuadro febril se instaló en él de manera brusca, fue entonces cuando apareció la pequeña lesión irregular en la zona perianal. El niño sin saberlo, se tocaba la zona y, como le producía prurito, se rascaba insistentemente. Todo ello condujo a que la lesión se fuera agrandando con los días. Cuando Carmen y Rafael, sus padres, se percataron de la situación, lo llevaron de inmediato al médico tratante quien al valorarlo, notó el impresionante y dantesco cuadro clínico.           Un terrible negror se había apoderado prácticamente de su zona perianal, abarcando todo su trasero. Hubo que ser referido al cirujano, quien sin vacilar, indicó una intervención quirúrgica inmediata, consistente en la extirpación del enorme tejido muerto dejando a la vista la parte ósea y los testículos, los cuales también estaban siendo afectados severamente. Fue entonces cuando se realizó a la par, la colostomía requerida a manera preventiva. Esa complicación dio al traste con todo lo planificado con mucho sacrificio y tantas esperanzas. El mundo se le vino abajo a esa familia que miraba entonces, muy lejana la posibilidad de que su niño se recuperara.           Andrés presentaba un severo ataque depresivo y no era para menos. En virtud de la mejoría de sus síntomas y él, creyendo que pronto continuaría su vida normal, sentía devastadora aquella tragedia que le tocaba vivir. En solo unos pocos días, aquella macabra complicación cambió dramáticamente el panorama alentador que se había presentado frente a sí y ahora, lo conducía a una desventura sin igual que no dejaba visualizar nada bueno. Estaba entonces allí, postrado en posición decúbito ventral, presentando unos dolores terribles, con un pedazo de “tripa” que se asomaba por su barriga, por donde expulsaba un líquido extraño y por el que se escuchaban ruidos diversos; como ventosidades expulsadas por un sitio distinto al de siempre. El muchacho no hablaba, no quería comer, no colaboraba en nada de lo que se le solicitaba; solo permanecía allí, tendido boca abajo, en medio de una familia aterrada que contemplaba a su pequeño entregado desde ya a los brazos de la muerte.           Era la nueva tragedia que tenía que enfrentar desde entonces aquella humilde familia, aunado a lo cual, les era exigida una gran cantidad de medicamento, entre los que destacaban tres tipos de antibióticos que les había resultado imposible su adquisición; precisamente por ser los más costosos y, por sobre todo, además de que no estaban disponibles, sino en las manos de los traficantes de medicamentos que hacían aún más empinada la cuesta. Andrés ya había vivido la experiencia del desespero de sus padres, quienes se habían visto en la penosa necesidad de vender todo cuanto tenían y hasta más, para poder adquirir los insumos necesarios y de esa manera, cumplir religiosamente el riguroso esquema de quimioterapia. En ese momento sabía que se enfrentarían a aquel tenebroso fantasma, a la desesperante realidad que era enemiga acérrima de las personas de escasos recursos económicos.                    Sabía sobradamente el niño, debido a sus aciagas y repetidas vivencias, que el panorama se pintaba bien difícil. Iba a ser en extremo complejo, superar la enorme depresión que ya hacía estragos de él. De nada habían valido, pensaba llorando constantemente, los martirios recibidos durante tanto tiempo. Sentía rabia, mucha rabia. El tiempo lo aplastaba inclemente, era eso lo que sentía Andrés cuando el insomnio se apoderaba de él. Sentía que su mamá dormitaba en el sillón a su lado, muy incómoda. Las horas pasaban demasiado lentas. Sentía mucho dolor y temía despertar a su madre para comunicárselo, sabía que ella iría en busca de las enfermeras, luego vendrían a martirizarlo para inyectarle algún calmante. Era por ello que hubo decidido soportar lo insoportable. Prefirió aguantar el enorme dolor que presentaba, tal vez sería menor que el que iba a sentir, cuando comenzaran a hurgar en el enorme apósito que llevaba en su trasero. Nunca supo Andrés que, debido al severo daño recibido por la muerte de sus tejidos, iba a ser necesaria la extirpación de sus testículos.            Bastian por su parte, había debutado recientemente. Era muy pequeño, sus síntomas habían comenzado con la presencia de infecciones de manera frecuente. Al hacerle unos exámenes rutinarios, se evidenciaron los hallazgos que hicieron sospechar lo peor. Por lo que, ahondando en la búsqueda del diagnóstico definitivo, le fue practicado el aspirado medular con las consecuentes resultas. Pero había una particularidad especial, presentaba un fuerte infiltrado en sus tejidos blandos que lo complicaba todo. Era pues, que Bastian presentaba varios chichones en su cabeza, estaba presentes por doquier; parecían huevos de gallinas, enormes. El lactante estaba desfigurado en extremo. El niño no paraba de llorar y las dosis de morfina que le eran suministradas una tras otra, parecían no hacerle efecto alguno. Su pronóstico era pésimo y sus padres, estando debida y oportunamente informados, hicieron caso omiso.           Al ser de enormes recursos económicos, planificaron un viaje a Europa, específicamente a Italia, de donde era oriundo su padre. Tres días después, al haber arreglado todo, el niño partió en una avioneta hasta el Aeropuerto de la ciudad capital, tomando rumbo desde allí hacia el viejo continente. Se supo días después, que Bastian había muerto poco después de su arribo. Su estado era muy grave y ese era el aciago pronóstico que habían hecho los distintos especialistas, hasta donde había sido llevado con las esperanzas de obtener un diagnóstico distinto. Quisieron los desesperados padres, agotar todos los recursos.                       Finalmente culminó el bendito tratamiento con los terribles fármacos anticancerosos, como siempre han sido denominados. Si no se presentaban nuevas complicaciones, el siguiente ciclo debería ser cumplido dentro de dos meses o algo así. Ya mi madre sabía que esa otra etapa iba a resultar aún más intensa, aparte de que lo había leído hasta el cansancio, tanto el Licenciado Jesús como los médicos tratantes; se lo habían dicho con la diplomacia del caso. La confusión se hacía presente en mi aturdida mente. Era una confusión que llegaba a mí, de manos de las incesantes complicaciones en mi salud, que eran ocasionadas precisamente por aquel tratamiento que debería, contrariamente, mejorarla. Resultaba una terrible paradoja la que enfrentaba yo. Lo mismo había ocurrido con otros pacientes sometidos a dicho tratamiento, y estaba seguro de que iba a continuar ocurriendo por mucho tiempo.           No había transcurrido mucho tiempo después de mi egreso y, tal como temíamos, comencé a presentar la misma sintomatología que la vez anterior; había nuevamente un contaje muy bajo de glóbulos rojos y de plaquetas. Aquello era, evidentemente, consecuencia de la toxicidad de la quimioterapia, por lo que había que considerarlos datos importantes, porque también ponían en riesgo mi vida, al igual que los procesos infecciosos. El tiempo entre la llegada del paciente con anemia y hemorragia y la transfusión de los hemoderivados, era determinante y la tragedia vivida en mi país con todo lo que tuviera que ver con la salud pública, aumentaba aún más la gravedad de dichas complicaciones. El desabastecimiento en los centros asistenciales era cada vez peor, faltaba de todo, aun lo más elemental. Todo tenían que costearlo los usuarios y era precisamente eso lo que resultaba imposible en la mayoría de los casos.           La doctora Evelinda había conversado con mi madre, con respecto a la necesidad imperante de realizar nuevas transfusiones. Ya las donaciones que habían realizado mis parientes, habían quedado en el pasado; se habían disipado como una brizna en el viento. Se necesitaban más donantes lo cual no iba a ser una tarea fácil de lograr. Pero lo que más nerviosa ponía a Mercedes, era el enorme gasto en el material necesario para que me realizaran dichas donaciones, en caso de encontrar donantes. Amen de que tendría que correr nuevamente el riesgo de que me administraran dichos hemoderivados, sin descartar la presencia de posibles agentes patógenos que pudieran hacerme mucho más daño del que ya estaba presentando; cosa que no convenía para nada.           Por lo tanto, a mi mami no le quedó más alternativa que llamar a mi abuela, para que a su vez, al comunicarse con mi abuelo, le hiciera saber que urgía más dinero. Hacía poco que el pobre viejo había realizado el último envío del poco dinero que bastante le costaba ganar. Mi abuelita evitó comunicarle a Mercedes una situación que ya comenzaba a preocuparle, debido a que consideraba que ya ella tenía bastante con lo vivido conmigo. Esa situación tenía que ver con mi abuelo precisamente, debido a ese gran percance, mi querida viejecita había tratado de trató comunicarse con su hermano Juan Bautista, tenía las esperanzas de que, tal como la vez anterior, él pudiera cooperar nuevamente con nosotros; pero le resultó imposible lograr dicha comunicación.           La causa de aquella terrible dificultad en las comunicaciones, era una avería ocurrida a nivel nacional. Se había producido un gran apagón debido a un malvado “ataque terrorista”. Era nuevamente otro factor externo, el culpable de todo lo malo que sucedía en mi país. Ya no se trataba solamente de una guerra económica, de una inflación inducida, de un desabastecimiento fantasma, de que por culpa de los Estados Unidos de Norteamérica no se contara con gasolina, con agua, con gas doméstico. Entonces se añadía a todo el daño que medio mundo le hacía, según los voceros oficiales, al país; un ataque sistémico a todo el cableado eléctrico y por ello, solamente por ello y no por la falta de las inversiones necesarias; resultaba que casi la totalidad del país estaba totalmente incomunicado, amén de todos los problemas que la falta de electricidad provocaba.           Por ese motivo, no era mucho lo que se podía hacer para lograr elevar la cantidad de glóbulos rojos y plaquetas que permanecían bajos en mi torrente sanguíneo. Los vecinos se habían enterado de mi grave estado y de la necesidad apremiante de recursos. Por ello, paralelo a las nuevas protestas por los tantos días sin tener fluido eléctrico, habían organizado lo que se denominaba popularmente un “potazo”, que no era más que una colecta callejera que en diversos puntos, realizaban varias personas plenamente identificadas; quienes con un recipiente adecuado en las manos, pedían una pequeña colaboración monetaria a los transeúntes. No era fácil, ya nadie podía ayudar, salvo los adinerados y estos nunca veían más allá de sus propias narices. Mientras tanto mi mami y yo, sin hablar siquiera, aguardábamos en el hospital imaginando mil cosas.           Nuestros silencios gritaban mil verdades. No había que decir nada, ya que ambos sabíamos que no era fácil seguir en aquella lucha sin cuartel. Nosotros como familia estábamos solos en aquella confrontación, tan desigual como desastrosa. La soledad que sentíamos mi madre y yo, no era dada por la ausencia o la inercia de nuestros allegados, sino por la falta de un apoyo que urgía enormemente y del que dependía mi vida. Mientras mi cuerpo aún presentara signos vitales, nosotros trataríamos de lograrlo. Pero el sentir tantos sinsabores, tantos dolores y tantas embestidas del infortunio; repercutían en el hecho de que mis fuerzas decayeran y sintiera entonces que, poco a poco, tendríamos que darnos por vencidos. Era una triste realidad, solos nunca lo íbamos a lograr.           No había otra cosa que hacer más que esperar, pero era precisamente esperar, lo que me daba más miedo. El tiempo estaba transcurriendo en mi contra, algo dentro de mí me gritaba incesante, que algo grave iba a ocurrir en mi vida. Aunque aquellas voces me mantenían aterrado, nunca le dije nada a nadie, en primer lugar porque nadie creería que un niño podría tener aquel nivel cognitivo y en segundo lugar, nada iba a ganar con echarle más “leña al fuego” diciéndole aquella sarta de locuras a mi madre, eso la asustaría más de lo que ya estaba. Mi vida pendía de un hilo. Si no se actuaba con sin duda se presentaría el temido desenlace; mis órganos y sistemas colapsarían finalmente y todo llegaría a su fin. Necesitaba pues, que lo que se tenía que hacer, se hiciera sin pérdida de tiempo.           Necesitábamos, tanto mi familia como yo, que se produjera finalmente la tan ansiada solución definitiva a mis problemas. Caso contrario, en el fondo de mi corazón, yo pedía que me dejaran tranquilo, que cesaran los tormentos. No quería seguir en medio de un angustiante y tormentoso martirio, que era lo que significaba mi vida cada vez que me llevaban al hospital. Ya aquel ambiente me producía terror, resultaba la sola mención de la palabra hospital, algo muy perjudicial para mí. Me provocaba quedarme dormido para siempre, quería que, cuando la enfermera o enfermero llegara para pincharme una y otra vez, creyese que había muerto y siguiera su camino sin tocarme siquiera. En realidad pensaba, en ese triste momento de mi vida, que ya bastaba de tantos sufrimientos. No le había hecho daño a nada ni a nadie, entonces ¿por qué tenía que sufrir tanto? Tenía mucho tiempo haciéndome la misma pregunta. De habérsela hecho a alguien, de seguro que nadie me la hubiese contestado, simplemente porque nunca hubo una respuesta a esa interrogante. “Por favor, ya no me hagan sufrir tanto”, gritaba en mis pensamientos, tratando de que alguien me escuchara e hiciera realidad un sueño; morir sin tantos pesares.                En este momento estoy mirando nuevamente hacia mi país. Lo hago en compañía de las almas de varios connacionales que a diario llegan desde ese bendito terruño. Cada vez es más el número de ciudadanos que sucumben en aquel grandioso país. A casi todos, les había resultado imposible continuar en un camino; les había sido imposible luchar. Habían fallecido de mala nutrición, de mengua en los hospitales en espera de algún medicamento, víctimas de la inseguridad y de muchos otros males que nunca debieron existir. Me da mucha pena ser testigo de cómo resultan destruidas muchos sueños, muchas vidas, productivas unas, inocentes otras; además la de muchos viejecitos, quienes nunca imaginaron que iban a sufrir tanto en los años finales de sus vidas; cuando ya lo habían entregado todo, ayudando al desarrollo del país.           Era por ello que en aquel triste momento no me provocaba ni hablar; sentía demasiada impotencia. No era solamente por lo que sufría en ese momento, por lo que había sufrido desde que tenía memoria y por lo que sabía, seguro estaba; que tendría que sufrir por los embates de la leucemia y de todo lo que de ella derivaba. Me daba mucha rabia y hondo dolor, los tantos muchachitos que permanecían en las otras salas, destinadas a pacientes con enfermedades de las denominadas comunes y corrientes.           Niños con infecciones que, si pudieran recibir los antibióticos que requerían, podrían superar sin más complicaciones, sus problemas de salud. Niños asmáticos que, si llegaran a recibir sus medicaciones respectivas, podrían marcharse a casa sanitos. Niños deshidratados que podrían aliviarse de sus afecciones con tan solo hidratarlos. Pero nada de eso ocurría, por desgracia no existían los insumos necesarios para ello, por lo que lastimosamente morían sin poder evitarlo. La impotencia del personal sanitario era mucha.           Debido a ello y a los grandes problemas que acarreaban los míseros sueldos que devengaban; muchos habían decidido abandonar el país. Y para más rabia, todos aquellos niños presentaban algún grado de desnutrición, unos más que otros; sobre todo los recién nacidos, los que en algunos casos si pesaban dos kilogramos era mucho. Me sentía impotente, se trataba de leucemia, no era cualquier cosa. Era cáncer y luchar contra ello era aún más difícil; pero que estuviesen muriendo niños con afecciones menores, era ya demasiado. Por esa razón sentía demasiada rabia, no por mí, sino por aquella cantidad de vidas inocentes que se perdían, bajo la mirada indolente de un nefasto gobierno.                  Una tarde nublada y de vientos fuertes, nos regaló una muy agradable sorpresa. Se trataba de una exquisita visita que nos hicieran el licenciado Jesús, la doctora Francelina y Edward Alberto. Desde ese momento, les comenzamos a llamar solamente por sus nombres, tal como ya lo hacíamos con Edward. Aquella inesperada visita nos tomo por sorpresa, mi abuelita no hallaba donde esconderse; la pobre no podía creer que una gente tan importante como esa, según sus palabras textuales, nos visitaran. Jesús le explicó que ellos eran gentes normales, cuyos títulos académicos los habían dejado en los respectivos sitios de trabajos. Aun habiéndole dicho eso, ella se portó en extremo tímida. Poco a poco mi viejecita se fue amoldando a ellos y al rato, ya se había integrado al grupo a conversar. Luego de ello, no hubo quien la detuviera; pues ella siempre resultó demasiado locuaz.           Pero la sorpresa más grande me la llevé yo, ya que después de haber departido alegremente, compartiendo unas ricas galletas con relleno de fresas que la linda familia nos había obsequiado; Edward se retiró momentáneamente, regresando luego con un televisor y una consola de videojuego como regalo para mí. Pero eso no era todo, a mi mami y a mi abuelita, aquellas bellas personas les obsequiaron un montón de cosas que en verdad se necesitaban con premura. Un juego de ollas, una licuadora, una vajilla y varios utensilios de cocina y productos de uso personal. También nos obsequiaron una dotación oportuna de alimentos. ¡Qué rico!, pollo, carne, pescado, huevos y muchas frutas y verduras. También había pastas, salsas y mucha harina de maíz, entre varios artículos más. Pero aún había otra sorpresa, exquisita por demás, un enorme helado de chocolate, pues, un pajarito tal vez le había contado que era ese mi sabor de helado favorito.              Nunca se imaginó mi mami que la doctora que me atendió a nacer, iba a ser nuestra amiga y menos aún, que toda aquella bella familia también lo sería. Llena de nostalgia, en ese momento mi madre recordó la triste noche en el hospital, cuando se encontraba conmigo sentada desesperada a la entrada de aquel sitio, llorando exasperada cuando el portero le ordenó esperar, a sabiendas de que estaba yo delicado; dado los síntomas inequívocos de que estaba mi respiración muy comprometida. Y llegó mi benefactor, mi buen samaritano, para rescatarme de la negligente actitud de aquel hombre irresponsable e insensible y conmigo a cuesta, se adentró rápidamente al interior de la sala de emergencia; donde me salvaron la vida.
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