estar como muerto; entonces jugaba a quedarme quieto, sin respirar, tieso como si fuese un muerto; pero la necesidad de respirar me regresaba nuevamente a la vida. Hacía eso durante mucho rato. Era una forma de pasar el tiempo sin moverme más de lo necesario, evitando desangrarme por algún esfuerzo innecesario.
La posibilidad de que se presentara una hemorragia sin paragón, estaba más que latente. Era la hemorragia la complicación más peligrosa y representaba la mayor causa de muerte temprana en los pacientes de diagnóstico reciente como yo. Era urgente que se realizara la transfusión indicada para elevar el número de plaquetas y de esa manera evitar que ese inconveniente fuese fatal. Resultaba impostergable dicho procedimiento y el tiempo que tardarían mis parientes para llegar, aunado al que tendría que invertirse en recorrer los sitios donde llevarían a cabo los análisis de compatibilidad y de despistaje de infecciones sería crucial.
Cuando por fin llegó aquel tropel de parientes, el sitio parecía un hospital de guerra. Nunca se había visto tal cantidad de personas donando sangre para un solo paciente, menos aún, siendo ese paciente un niño; que la cantidad a transfundir es mínima, en comparación con la que se necesita para un adulto. A todos los atendieron con especial cortesía, últimamente esa labor estoica era poco común y la cultura de donar sangre como altruismo divino, se había quedado relegada en el tiempo. Solamente dos de ellos no resultaron aptos para la donación. Uno, Gustavo; había padecido hepatitis hacía apenas unos meses y el otro, Roberto, fuerte y bien alimentado; aún llevaba los estragos de una enorme borrachera, pues llevaba dos días libando aguardiente. Quiso estar presente a pesar de su estado. No quisieron dejarlo para no despreciar su buena intención, aunque todos sabían que sería rechazado. El sitio resultó saturado del aliento etílico que el elemento expelía cada vez que medio abría la boca.
Fueron en total 16 las bolsas de sangre que se obtuvo de igual cantidad de donantes. El importe del número de recolectores que se necesitaron para ello, los aportó alguien oculto tras el más completo anonimato, atendiendo la cita sabia de que si tu mano derecha hace algo, que no lo sepa la izquierda, haciendo clara alusión al hecho de donar algo sin necesidad de que sepan quien lo hizo. Para nadie era un secreto que muchas personas e instituciones lo hacen, con la firme finalidad de que la publicidad del hecho les provea de una fama que no pueden tal vez obtener mediante otros medios. Ya no había quedado más dinero, se necesitaba entonces, hacer los análisis necesarios para proceder a administrar el derivado sanguíneo que me urgía; allí se paralizó el asunto. Mi abuelita se quedó conmigo, mientras mi madre, salvando grandes distancias caminando, buscaba afanosamente los recursos económicos para poder sufragar ese gasto. Llegó hasta pedir limosna literalmente y todo fue en vano.
Desesperó en extremo, y ese desespero la ponía nerviosa. Al estar en ese estado, ella no podía controlar su deseo de llorar. Estaba entonces mi madre, sentada en el duro banco de una plaza expuesta a los inclementes rayos del sol, llorando amargamente por el hecho de no poder costear mi vida, que significaba en ese momento una transfusión de plaquetas. Era demasiado fuerte la impotencia que sentía, al igual que la sentida por un gran número de ciudadanos de mi país, quienes sentían que la vida se les escapaba sin poder evitarlo. En aquella gran nación, la vida no significaba nada para los líderes de una falsa revolución, quienes miraban su obra cual espejismo, con los ojos vendados que les impedían ver la realidad; lo más seguro, se hacían los desentendidos ante ella.
Esa desgraciada realidad que mi madre estaba llorando solitaria, sentada bajo los inclementes rayos del sol, era propiciada por los altos niveles de desabastecimiento de medicinas para que los enfermos pudiesen cumplir sus tratamientos, de reactivos y suministros para hacer pruebas diagnosticas; de insumos básicos y repuestos de equipos médicos para el funcionamiento del sistema sanitario, tanto publico como privado. En ninguna parte estaban realizando tales pruebas, siquiera en los grandes centros asistenciales privados de la zona. Realizarlas en sitios lejanos era imposible, ya que demorarían una eternidad y era eso precisamente lo que estaba en mí contra; el tiempo. No quedando otra alternativa, tenía que correr el riesgo de recibir la transfusión sin el tan oportuno despistaje de infecciones; por supuesto, con la debida aprobación de mi madre quien tenía que dar su consentimiento.
Mi mami llamó a alguien, y de inmediato se activó lo que tenía que activarse. Sin demora, después de que mi madre hubo firmado dicho consentimiento informado, se llevó a cabo la bendita transfusión de varias unidades de concentrado de plaquetas. Se trataba de un tratamiento continuo. Había que repetir el procedimiento cada doce horas, durante el tiempo que se considerara suficiente; eso lo determinaría mi propio organismo y sus niveles de aquellos vitales corpúsculos sanguíneos.
Lo único que pudo hacer Mercedes fue encomendar a Dios que me protegiera, como en efecto lo hizo. Parecía mentira y aún lo parece, que eso esté sucediendo en mi gran país. En mi patria, otrora colmada de las más grandes riquezas. La población se encuentra actualmente y lo ha venido estando desde hace varios años, soportando violaciones sistemáticas y generalizadas de las garantías mínimas para atender sus necesidades de salud. Como corolario de aquellas miserables decisiones, se producían y aún se producen muertes injustas y otros daños inaceptables a la salud e integridad física y psicológica de los más desposeídos; quienes componen el grueso número de la población.
Fue aquella aciaga realidad, la causa de que mi mami haya tomado la penosa decisión que pudo haberme costado la vida. Se vio en la necesidad de correr el riesgo, no fue una decisión fácil; pero no tuvo más alternativa. En este momento recuerdo su gran silencio, mientras miraba como ingresaba en mi torrente circulatorio, aquel líquido que parecía jugo de naranja, aunque un poco más oscuro. Temblaba de rabia y miedo, rezando hasta más no poder para que no se posesionara de mí, una de esas infecciones que me sacarían del camino más rápido de lo esperado, causándome tal vez, más sufrimiento de los esperado también.
Al terminar de administrar la primera dosis de mi tratamiento transfusional, sentí una leve mejoría y mi ánimo se elevó de inmediato para plácemes de Mercedes, quien sintió que su niño se levantaba a la vida cual ave fénix. Aún faltaba mucho camino que recorrer y mi madre tenía la esperanza de que pudiéramos superar todo aquel trance. Me colocaron también, una unidad de concentrado de glóbulos rojos, lo cual necesitaba para paliar la gran anemia que estaba presentando, lo cual hacía que me viera parcialmente como una hoja de papel; totalmente blanco, aunque en algunas áreas, coloreado toscamente de morado intenso. Tres días después de haber iniciado el tratamiento, los valores en mi sangre se habían elevado un poco; los médicos afirmaban que estaban medianamente normales, por ello, tenía que continuar hospitalizado para continuar con la terapia hasta que todo se normalizara por completo, aunque una normalidad total significaba una utopía para mí.
Aquella mañana, después de haber recibido por completo la dosis de concentrado de plaquetas y de glóbulos rojos, me desperté con crecido apetito. Mi cara estaba rosadita como siempre lo había estado y tenía tantas ganas de correr, así como siempre las había tenido. Desayuné con glotonería y luego que lo hice, me quedaron más ganas de seguir haciéndolo. Ese día hubo una jornada de diversión, dedicada a nosotros los niños hospitalizados, debido a una festividad que se celebraba cada año.
La actividad fue llevada a cabo en el pasillo central del centro asistencial. Era un enorme pasillo de piso de granito muy pulido. Mi mami quiso llevarme en la silla de ruedas, pero yo le rogué que me dejara ir caminando. Lo hice y me sentí muy bien. De no haber sido por aquel tapabocas que obligatoriamente tenía que llevar, hubiese parecido un niño completamente normal. Claro está, mi ropa ocultaba la gran serie de hematomas que estaban presentes en mí. Unos aparecidos espontáneamente, la gran mayoría consecuencias de los puyazos que inevitablemente me habían producido, para poder salvarme la vida.
Fue una mañana muy divertida. Hubo pintacaritas, payasos, globos inflables y algo que todos celebramos con vítores y aplausos; muchos bocadillos exquisitos, dulces y helados hasta para hartarse a más no poder. Se trataba de una fundación sin fines de lucro, la cual había organizado aquella velada exquisita. Los payasos estaban ataviados con la indumentaria propia de los médicos, incluso portando unos enormes estetoscopios que emulaban los utilizados por esos nobles profesionales de la salud. Comí de todo y hasta corrí un poquito. Me hubiese gustado haber jugado con Iraima, mi amiga; pero ella en esa ocasión no estuvo engalanándome con su presencia. Como colofón de ese día, el cual fue como un oasis en mi vida tortuosa, mi abuelita nos visitó en horas de la tarde. Me sorprendió con una enorme sorpresa, un moderno aparato celular. Luego de acariciarlo, admirarlo detenidamente y hasta olerlo, inicié una conexión llamada “skype”, con la cual pude conversar larga y animadamente; nada más y nada menos, que con mi adorado abuelito. Ambos lloramos, ambos nos dijimos las cosas bellas que sentíamos; amor y más amor. Mi abuelo y yo nos amábamos mucho más de lo imaginable. Juró mi viejito que pronto nos íbamos a reunir nuevamente. Por primera vez en mi existencia terrenal, quise que el tiempo se detuviese para poder visualizar y hablar con mi adorado viejo eternamente. Nunca supe porqué, pero en ese momento sentí que tal vez, jamás lo iba a volver a ver cerca de mí.
Mi salud había mejorado notablemente. Tuve que permanecer hospitalizado algunos días más, para vigilar el recuento de mis plaquetas y glóbulos rojos. Todo iba bien, excepto un pequeño gran detalle y este no era otro que, cuando tras cuatro días sin poder evacuar, por fin me había dado ganas de hacerlo, se encendieron las alarmas; Mercedes se alarmó al notar que mis deposiciones eran sumamente negras. En sus prácticas profesionales había tenido una experiencia con un paciente, quien presentaba una hemorragia digestiva y evacuaba muy oscuro. Se le vino el mundo abajo a la pobre, pensando que me estaba ocurriendo algo semejante.
Corrió hasta el puesto de enfermería muy asustada y le comunicó la novedad a una de las enfermeras que casualmente estaba allí, ya que el resto del grupo estaban “agarrando vías”. Ella llamó al médico de guardia y tan pronto como este pudo, se apersonó a valorarme. Sonrió a grandes carcajadas para asombro de mi madre. Él, al notar la sorpresa dibujada en el rostro de ella, ofreció disculpas y le explicó que hacía unos días había estado yo tragando mucha sangre, al momento de presentar la enorme epistaxis. Concluyó el galeno con un razonamiento muy sabio; lo lógico era que si había tragado sangre, la evacuara. La sangre que había digerido estaba siendo expulsada tras el proceso digestivo, por esa razón mis heces eran sumamente oscuras, podría decirse que negras; entonces no había nada de que preocuparse.
Dos días después fui egresado. Ya los síntomas de mi enfermedad me habían dejado momentáneamente tranquilo. Mi mami sabía que era algo así como un pequeño aliciente. Por lo menos ella, mi abuela y yo, íbamos a dormir las noches completas por algunos días. Aprovecharía para salir al patio de la casa a jugar, aunque fuese solo y con la mitad de mi rostro cubierto por aquel detestable pedazo de tela que ya me daba asco. Como hablaba con él colocado, por el constante contacto con la saliva fue adquiriendo un tufo desagradable, que poco a poco se tornó hediondo. Era por eso que mi mami me lo cambiaba casi que a diario. Aunque estuviera limpio, ya aquel olor había quedado guardado en mis sentidos. Entonces, tan pronto me colocaba la mascarilla recién lavada, sentía aquel desagradable olor.
Cuando llegué a casa, la soledad de ella me trastornó nuevamente. Era que los pocos recuerdos que tenía de nuestra casa eran otros. Se trató de una casa colmada de muchas cosas bellas que ya no estaban. Eso lo había grabado en mi mente inocente, pero en realidad era una inocencia muy particular ya que, habiendo sido lo que fui, gozaba de una inteligencia considerable como ya en una ocasión lo expresé, y cada cosa la detectaba desde un punto de vista que iba más allá del de otro niño de mi edad. Quedé impactado nuevamente por el enorme vacío que se había tragado a nuestra hermosa casa.
No había pasado una semana desde que habíamos regresado a nuestro hogar, cuando en una noche pletórica del más intenso conticinio; una desagradable sensación se apoderó de mí. Era una enorme sacudida extremadamente acalorada. Me desperté demasiado compungido, ya que lo que sentí, me había sacado de un agradable sueño en el que mi abuelito y yo, caminábamos divertidos por nuestro parque y en él, caminaba mi bella Iraima completamente sana, tal como yo lo estaba. Era por ello que el horrible contraste que sentí, en ese instante doloroso de una existencia inapropiada como la que me tocó vivir a mi corta vida; me dejó completamente aturdido. ¡Dios mío!, acababa de enfrentar un ominoso sangrado que casi me despachó de la vida y entonces aquella maldita fiebre se empecinaba en no darme un poquito de tranquilidad y secuestraba desde ese momento, el sosiego tanto de Mercedes, de mi abuela; asi como el mío.
Mis quejidos despertaron a mi mami que, de seguro, estaba entregada a un agradable sueño. Tal vez soñaba con mi padre. Cuando me tocó, palpo mi piel que parecía que se estaba quemando. Era un enorme cuadro febril lo que estaba presentando aquella madrugada totalmente callada. Mi madre nunca me había sentido tan caliente. Sin perder tiempo, ella actuó de acuerdo a un protocolo que ya sabía llevar a cabo por instinto. No era la primera vez que me daba fiebre, ni sería la última. Me llevó al baño y ya allí, se sorprendió al ver que sin que me dijese nada, yo hacía como un robot lo que había hecho innumerables veces.
Me quité la ropa, me introduje en la tina, comencé a mojar mi piel con agua tibia dando masajes rotatorios con la esponja, sin mojar la cabeza; todo eso durante treinta minutos. Mientras hacía eso, mi madre corrió descalza cuidando de no hacer ningún ruido que despertara a mi abuelita. Buscó en el sitio de siempre mi jarabe antipirético y me dio a tomar la dosis respectiva; luego me miró bañar como si yo estuviese disfrutando de esas duchas que años atrás disfrutábamos ambos, cuando estaba lejos de nosotros el terrible fantasma de la leucemia. Aquel fantasma que decidió posarse en mí, para destrozar los sueños inocentes y delicados de un niño, que había nacido para amar de manera afable y eterna a su madre.
Supuso mi madre que era yo presa de otra infección oportunista. Pero estaba dudosa, ya que aparte de la excesiva hipertermia que de por si me estaba agobiando, me quejaba también de unos terribles dolores articulares y óseos que arrancaban también de mí, muchos quejidos al menor movimiento. Mi madre estaba clara de que las complicaciones infecciosas representaban la causa más importante de muerte en los niños con alguna patología como la que yo estaba presentando. También sabía Mercedes y eso era más que seguro, era que tendría que llevarme nuevamente al hospital. Tendría que buscar mucho dinero para los gastos que de seguro tendrían que hacer. De igual manera, tendría que acomodar todas nuestras cosas, hablar con mi abuela para decirle que, lastimosamente, nos teníamos que ir nuevamente al hospital a pasar una nueva temporada enclaustrados en él.
Y lo peor del caso, se preparaba mi sufrida madre para sentir y escuchar mis gritos de dolor y desesperanzas, mientras me pinchaban en repetidas oportunidades como siempre; para sacarme la sangre y para colocarme el catéter endemoniado con el que me torturaban. Desde la gloria, les ofrezco mil disculpas a esos bellos seres ataviados de blanco; el personal de enfermería, ya que solo lo decía en un sentido figurado. Era lo que sentía en aquel momento, pero una vez en la gloria de Dios, siempre he estado seguro de que ellas sufrían más que yo, cada vez que pinchaban mi piel por mí bien; era su noble trabajo y ellos lo realizaban con sobrada vocación.
En efecto, me hospitalizaron tan pronto llegué. Como siempre, mi mami se comunicó tanto con mi adorada doctora Francelina, como con la bella Anais. Mi pediatra no pudo hacer mucho por mí, quien sí lo hizo fue la oncóloga, quien prestaba sus servicios en ese especial centro hospitalario. Ella llamó a quienes estaban de guardia y, en efecto, al llegar me estaban esperando. Y tal como lo habían pronosticado mi madre, me puyaron para sacarme la sangre y para colocarme el catéter periférico que no debería fallar. Era menguada en extremo mi calidad de vida en ese momento. Permanecí asintomático solo por unos días, ya le había parecido demasiado hermoso a mi madre para ser cierto. Esperamos en el cuarto de reposo de nuestro amigo el licenciado Jesús, mientras estaba listo el resultado de mis análisis de laboratorio.
Él estaba encargado de la supervisión y, extralimitándose de sus funciones, decidió que mi mami y yo aguardáramos en un sitio más cómodo. No era preferencia, por Dios que no; era que el amor por mí había germinado en el corazón de ese hermoso ser, lo que lo impulsaba a cuidar instintivamente a quien estaba sufriendo los embates de una terrible enfermedad. No comprendía él, el por qué un niño tenía que sufrir tanto. Era una pregunta que le hacía a la vida, aunque, lamentablemente, sabía que nunca iba a recibir una respuesta. Le sucedió igual y me consta, con Patricia, Iraima, Fernando, Isaías, Margarita, Andrés y otros tantos niños a quienes él había querido mucho y tratado con especial cariño; personitas habían entregado sus vidas antes de tiempo, debido a los infortunios de las enfermedades malditas que destruyeron todos sus sueños.
Por ello, decidió que pernoctáramos en la pequeña habitación destinada para su descanso. Era una alcoba reducida en tamaño y enorme en la calidad humana que en ella se respiraba. Se palpaba allí, un agradable aroma de paz, de infinitas bendiciones; ya que era precisamente en ese sitio donde mi querido amigo se disponía, en pocas ocasiones, a descansar, luego de entregarse de manera dedicada a los niños ataviados de los más diversos pesares.
Casi a media noche solicitaron mi presencia. Extrañamente me había quedado dormido, a pesar del enorme malestar que me invadía. Aún no comprendo qué pudo haber pasado en ese momento conmigo, que había logrado dormir cuando mi dolor y mi fiebre eran extremos. Ahora estoy seguro de que, por ser aquel un sitio dedicado a albergar amor por los niños enfermos, llegaba la paz sin ser invocada. Ella se hacía presente, por obra de un corazón que había nacido para amar a los niños. El licenciado Jesús (me lo contó el Todopoderoso) había sentido ese noble sentimiento desde que era niño. No fue su bella profesión la que lo había inducido a amar a quien sufriera los embates de alguna enfermedad o afección, fue un glorioso designio de Dios, la fuerza que lo hubo llevado a tomar una profesión, como el trampolín inequívoco que lo trasladó directo, a la sagrada misión de cuidar enfermos.
Los resultados de mis análisis fueron incuestionables. Los leucocitos delataron la presencia de un enorme proceso infeccioso, que se anidaba en un cuerpo castigado por la desgraciada presencia del infortunio. Se apoderaba de mí, una nueva complicación, lo cual me hacía demasiado daño. No solamente por ser una complicación que amenazaba mi vida nuevamente, se trataba de la crisis de mi país que hacía más tétrica mi situación; pues no existía lo mínimo necesario para enfrentar alguna enfermedad, por más leve que significara.
Es eso lo que en este sagrado sitio reclamo a gritos. Sé que no se mira tan elegante y también estoy seguro de que estoy desobedeciendo a mi padre; pero quiero ser portavoz de todos los ciudadanos de mi bello país, quienes día a día llegan a estos predios, cansados de luchar unos, victimas otros; de la desidia de un gobierno que se enquistó en un país bello para destruirlo. Mi mami necesitaba para mí, los antibióticos con los cuales poder combatir aquella infección bestial que estaba colocando mi vida a las puertas de la muerte y era un imposible, el hecho de lograr los recursos necesarios para ello.
Nunca me cansaré de repetirlo y quiero dejar como fiel testimonio para la posteridad, el relato mi vida, que es el relato de la vida de todos los niños que han sufrido y continúan sufriendo de ese maldito flagelo; pero por sobre todo, los que viven en mi país, donde la desidia procura aun más sufrimientos. Reitero que soy un ser celestial que alguna vez fue un angelito travieso, luego un ángel de la guarda; más tarde un hijo, un niño ataviado de un mundo de amor para una mujer grandiosa. Un pequeño ser que llegó precisamente a su vida, con la firme finalidad de hacerla feliz. Pero la desgracia se apoderó de mí en un momento terrible. Era yo portador de una curiosidad sin par y ella me llevó directo y sin parada alguna, a los macabros abrazos de la leucemia y esa terrible enfermedad, en poco tiempo me trasladó sin pensarlo dos veces, a la gloria de Dios, a este inigualable sitio donde me encuentro y desde donde le pido al creador que escuche un ruego; que permita que mi país pueda ser la nación próspera que alguna vez fue.
Nuevamente los aportes benditos y sagrados de mi abuelo, llegaron para extender un poco más mi existencia. Con ese dinero, mi madre pudo adquirir los antibióticos que eran nuevamente requeridos para mí. Era pues yo, la triste paradoja de mi vida, el resultado de la prolongación de la vida de los pacientes con leucemia; por eso me sentía un estorbo, una caga demasiado pesada que ya nadie podía continuar cargando. Mí día a día no era más que un enfrentamiento doloroso con las complicaciones de mi enfermedad. Ya estaba presente una hemorragia, ya una infección, encima de ello, un mar de dolores y sufrimientos. ¿Qué más me tendría que pasar? Era lo que me preguntaba sin cesar a cada instante. Nunca pensé que a esa pregunta, la enfermedad malévola iba a dar sus propias respuestas, cada vez con más intensidad. Mi amigo, el licenciado Jesús, en una oportunidad me trasladó en su vehículo hasta otro centro asistencial para que me realizaran una nueva radiografía de tórax. Estaba presentando la dichosa dificultad para respirar que tanto daño me hacía. Además de ello, era la presencia de una tos extraña, la que me producía un dolor terrible en el pecho cada vez que ella se empecinaba en hacerse presente; que era precisamente a cada rato.
Todo aquello resultaba una cruenta realidad y ya mi mami había internalizado que las infecciones resultaban eventos terminales en los pacientes con leucemia. Con el primer signo de infección, había que instituir el vigoroso tratamiento con antibióticos de amplio espectro, hasta que los resultados de los tantos exámenes que me practicaran; indicaran que había sido la terapia adecuada. Pero con cada infección respiratoria que llegaba a mí y que era adecuadamente combatida, mi organismo, al parecer, anidaba otras bacterias para que continuaran haciéndome más estragos. Las infecciones llegaban cada vez con más ímpetu. Aparte de ello, estando en casa, las infecciones se presentaban en otras partes de mi organismo; cuando no era en mis oídos, seleccionaban mi tracto urinario o mi piel.
Y para completar aquel cuadro macabro, mi cuerpo era minado por unas desastrosas dolencias que hacían que todos mis movimientos, resultaran una calamidad; siquiera podía hacer lo que necesaria y obligatoriamente tenía que hacer. En verdad ya estaba cansado de todo eso, sentía en ese momento tan álgido de mi azarosa existencia, que ya estaba bueno; ya no soportaba más sufrimientos. No era justo que siguiera sufriendo tanto. No era justo que mi pobre madre sufriera tanto al verme sufrir y, encima de eso; que sufriera por mi culpa tantas necesidades, tantos sinsabores y penurias; sentada siempre a mi lado, mirando, escuchando y sintiendo como se desarrollaban y se acrecentaban mis sufrimientos. Aun así, ella lo hacía. Pasara lo que pasara, allí estaba Mercedes; presta a ir conmigo hasta donde fuera necesario. Ella era antes que nada, una madre y como tal, seguía el camino que su corazón le indicaba.
Habiendo superado una vez más los embates de un proceso infeccioso anidado en mis pulmones, llegaba un nuevo reto; habría que dar inicio a otra etapa del tratamiento de quimioterapia. Ya mami tenía el requerimiento necesario, guardado celosamente dentro de una caja, la cual a su vez, permanecía dentro del guardarropa. La nueva fase del tratamiento, así como la anterior, duraría aproximadamente cuatro semanas. Eran unos nombres algo complicados de escribir, cuanto más de pronunciar, pero ella los expresaba como una experta. A saber: Ciclofosfamida, 6 mercaptopurina y Arabinosido de citosina. Se trataba de un tratamiento muy riguroso, el cual tenía que ser cumplido al pie de la letra y con la mayor de las técnicas de bioseguridad. Seguía tomando el esteroide de siempre, medicamento que me hacía ver regordete; mi cara parecía un círculo enorme. Ya me había acostumbrado a mi nueva apariencia, cada día era más la cantidad de cabello que abandonaba mi cuero cabelludo; no demoré mucho en quedarme completamente calvo.
Lejos estaba la menuda y admirada figura que una vez ostenté. A todos en la familia les encantaba el color de mi piel, inocultable herencia de mi padre; pero cuando comenzaron a aparecer aquellos moretones horrorosos y la terrible palidez que nunca dejé de ostentar, todo cambió. Parecía un espectro salido del más allá. En muchas ocasiones, sentía que mi apariencia asustaba a los otros niños; por ello que salía muy poco de la habitación. No lo hacía, en primer lugar, porque casi nunca me sentía bien para andar por allí jugando, aunque de haberlo querido no hubiese podido, ya que tenía que estar aislado del resto de la población de niños recluidos, debido al alto riesgo de pescar alguna infección oportunista.
En segundo lugar, lo hacía porque el hecho de andar por los pasillos con un tapabocas permanentemente adherido a mi cara como si fuera parte de mí, hinchado de pies a cabeza, con el cuerpo lleno de moretones y con la piel tan paliducha; no era muy agradable a la vista de nadie. Aun asi, al sentirme un poco mejor, sin aquella fiebre endemoniada que por poco me volvía loco, me provocó salir un rato. Se lo imploré a mi madre y ella lo meditó detenidamente. Finalmente se decidió y, tras adjuntarme el pedazo de tela en la cara, me atavió con un vestido que poco dejaba a la vista. Me decía que la razón de aquella indumentaria, era porque hacía mucho frío, aunque yo sabía que no era por eso. En el fondo, ella lo hacía para evadir las miradas y los comentarios para, de esa manera, evitar que me sintiera peor de lo que ya me sentía.
Fuera de mi claustro, se escuchaba una algarabía de gritos y llantos de todas las especies; amén del constante bullicio de los trabajadores, las madres y un sinfín de personajes que pernoctaban a diario aquellos pasillos. Era notable el gran número de quejas que se escuchaban, en torno a las dificultades económicas que les tocaba enfrentar a todos; no había excepción alguna, todos coincidían en el mismo tema de conversación. Una dama con un pequeño lactante de aproximadamente seis meses en sus brazos, le comentaba a otra que miraba retozar a su retoño con otros niños de más o menos edad, que no sabía qué hacer para comprar el resto de los antibióticos que faltaban y poder terminar de cumplir el esquema completo. Quien la escuchaba, le comentaba que a ella le pasaba algo semejante; pero en su caso, era para poder hacerle una resonancia magnética que el pequeño ameritaba, con el fin de que los médicos pudieran, bien sea descartar o confirmar algo en su cerebro.
Y así, unas se quejaban de la poca comida que le suministraban a los pacientes, otras de que no había gotas inhalatorias para los asmáticos, que no había insulina; de la ausencia de anticonvulsivantes, analgésicos, antipiréticos; pero sobre todo, antibióticos. La mayor parte de los casos presentes, eran pacientes con patologías infecciosas; las más frecuentes eran neumonías, bronquitis e infecciones urinarias, además de otras afecciones no infecciosas como la diabetes, cuadros diarreicos con la consecuente deshidratación, estatus convulsivos y muchas más, incluidas las enfermedades oncológicas como en mi caso. Era enorme la gran cantidad de fármacos que se necesitaban a diario en aquel sitio y en todos los existentes en el país. Aunado a lo cual, se trataba de que también existía un total desabastecimiento de lo complementario, es decir, inyectadoras, soluciones diversas para diluir los medicamentos a cumplir y para hidratar, gasas; vendas, pomadas para tratar las quemaduras y otros implementos de vital importancia.