La charla se extendió aproximadamente por cuarenta y cinco minutos, hasta que un amable señor les solicitó la salida de la habitación, debido a que la visita había concluido. Aunque estaban prohibidas las visitas en esa área donde pernoctábamos los niños con padecimientos oncológicos, el excelente personal hizo esa gran excepción, en virtud de que nunca nos visitaba más que mi abuelita; de hecho, se extrañaron sobremanera al ver que teníamos visita. Nuestros visitantes venían del medio rural y ya ese hecho, significaba un inmenso sacrificio que solamente por amor y consideración se hacía. Además de ello, por tratarse de que mi mami era profesional de enfermería, fue favorecida con un alto en las exigencias. De ese modo, disfruté de la agradable visita de nuestros parientes. Ellos se marcharon entristecidos, prometiendo regresar pronto.
Llegada la noche, el personal que cubriría la guardia nocturna, no dejaba de platicar del suceso que había enlutado a la región por completo. El tratamiento que yo estaba recibiendo, culminó justo antes de las doce de esa noche silenciosa. Solo era roto aquel descomunal silencio, por los lloriqueos de los tantos niños, quienes en fila, esperaban a que les colocaran los catéteres respectivos en virtud de que, debido a los movimientos excesivos, malas posiciones; obstrucciones, entre otras causas; tendrían que ser sustituidos irremediablemente, luego de ser procurados en el mercado n***o a un elevado precio. Cuando ya Mercedes se disponía al descanso, tras comprobar que estuviese yo bien cómodo; nos llegó una sorpresiva visita. Se trataba de una niña que ingresaba a la sala donde yo me encontraba hospitalizado. Su nombre era Iraima, una niña de siete años. Ella ya había ingresado en otras ocasiones, en ese momento lo hacía para recibir una nueva fase en su tratamiento contra el cáncer.
En este momento me siento un afligido. Contrariamente a lo que desde siempre fui, en primer lugar; un angelito juguetón, travieso y obediente; luego el ángel de la guarda de una noble mujer, ahora soy un ángel sumamente preocupado. Igualmente lo están, los muchísimos seres celestiales que comparten conmigo este divino sitio. Dios nos contempla, estando muy cercano a nosotros. Cerca de mí está Yordam, cubierto de un hondo silencio. Aunque nunca lo conocí ni tuve contacto físico con él, fui testigo de su sufrimiento. Cuando llegué nuevamente a este sitio, él me recibió sonriente y me abrazó. Sentí su abrazo como un aliciente extenso que bordeaba sutilmente mi arribo a los predios de Dios.
También he mirado a Sebastián y a Diego, los niños que murieron horriblemente quemados aquel fatídico día, cuando estaba recibiendo yo el tratamiento con el que se suponía iba a mejorar mi salud. Ellos llegaron antes que yo, al igual que lo habían hecho muchísimos más venidos desde mi país; la gran mayoría de ellos eran niños. Niños que habían llegado a unas vidas, siendo muy deseados. Fueron aquellos, los deseos de muchos padres y madres que añoraron tener a sus hijos para engrandecer sus existencias.
Se trataba de niños deseados, niños que debieron pernoctar en una vida, para colmar de dicha a unas familias que los albergarían con mucho amor; pero estaba posada en mi país, una situación desastrosa que frustraba el deseo y los designios de Dios. Fuimos muchos los seres inocentes que tuvimos que regresar a la gloria del creador, después de que él hubiera decidido que naciéramos a la vida. Resultamos víctimas de la violación que se producía constantemente a los derechos humanos. Se nos había negado el derecho a la vida, en el momento cuando no se aportaron los recursos para la adquisición de los medicamentos con los cuales hubiésemos podido contrarrestar los férreos abrazos de las enfermedades malditas. Eran los estragos que satanás propiciaba, de manos de unos seres despreciables que, sin importarles que muchos seres enfermos no tuviesen la oportunidad de recobrar su salud, desviaban todo lo que a sus manos llegara y obviaban el deber divino de un gobernante; luchar por preservar la vida de sus gobernados.
En una ocasión, estando ensimismado en mí hondo reflexionar, lo cual no he dejado de hacer desde que me fue negado el derecho de vivir; presencié un hecho que resultó muy grave ante los ojos de nuestro padre. Ese detestable suceso hizo sentir decepción a un ser divino, un ser inmaculado, que es saturado únicamente de amor. Se trató del arribo de varios niños. Llegaban de uno en uno, con pocos días de diferencia entre sí. Tan pronto se hicieron presentes, fueron recibidos por nuestro padre de manera sutil. Retornaban de unas vidas que también les fueron negadas. Lo curioso del caso y es precisamente lo que tiene encendidas las alarmas de la gloria de Dios, fue que se trató de siete niños que habían estado hospitalizados en un hospital pediátrico de la capital del país, en espera de un trasplante de médula ósea; que de seguro, les iba a regresar la salud.
Ellos padecieron de enfermedades oncológicas tal como yo. Según los responsables del sistema de salud, no pudieron realizarles los procedimientos prometidos y que con tantas esperanzas todos ellos y sus familiares esperaban; porque los recursos que estaban destinados para comprar los insumos necesarios, se los habían robado los Alemanes, los Portugueses, los Norteamericanos, entre otros de una interminable lista. Ellos tenían las mejores intenciones, pero lamentablemente los recursos se los habían robado esos países. Eso era lo que, como pericos, repetían todos.
Allí estaban Rebeca, Miguel; Luz Marina, Isabela; Óscar, Martín y Tibisay. Ellos habían superado muchos obstáculos y ya se les había programado la solución definitiva para sus padecimientos; serían realizados los trasplantes respectivos. Pero en última instancia todo fue a dar al traste, ya que se presentó un hecho atípico en el que prevaleció la mezquindad, la indolencia; el irresponsable actuar de un ser maquiavélico, con el perdón de Nicolás Maquiavelo de donde proviene ese término; que decidió, en lugar de salvar esas vidas; adquirir unas inservibles armas de guerra. Prefirió invertir un dinero que urgía, en barrer dos o tres calles y cambiar dos o tres bombillas. Decidió derrochar una gruesa suma de euros en unos juegos que serían llevados a cabo lejos de casa. Prefirió, el enviado del diablo, utilizar una enorme cantidad de dinero, en objetivos banales; en lugar de hacerlo en los requerimientos necesarios para que los trasplantes de médula ósea de esos seres, fuesen llevados a cabo. Por eso, ellos no pudieron alcanzar una meta, por la obra de un ser dantesco, y que me perdone Dante Aliglüeri; fueron entregando uno a uno, sus vidas y sus esperanzas.
En este momento me encuentro con ellos, mirando hacia un sitio del universo en específico. Cada uno de nosotros mira hacia un hogar entristecido, son los hogares que quedaron vacíos, de lo que alguna vez fueron nuestras travesuras; donde nuestros pasos y risas se sintieron todos los días tan pronto el alba aparecía. Fueron unos hogares que albergaron a nuestras familias, que otrora felices con nuestras presencias; ahora son poseídas por las penas más hondas que puedan ser sentidas. Nos invade un aire de nostalgia y nuestras miradas, ahora se cruzan entre ellas tratando de encontrar así; las respuestas que tal vez nunca percibiremos.
Miramos nuevamente en dirección de nuestra patria y la observamos opacada, desmembrada en su totalidad. Lo que observamos nos apena demasiado, nos hace sentir que todo se escapó de unas manos. Detectamos a muchos hombres, mujeres y niños, caminando en todas direcciones, sin rumbo fijo; tratando de asirse a una esperanza. Es el pueblo quien trata de encontrar un asidero de donde tomar un impulso. Y lo que es más denigrante, observamos a muchos ancianos aguardando tirados en la calzada, a la intemperie, esperando unas dádivas que no llegan; unas míseras asignaciones que cuando llegan, ya no sirven para nada. Hombres y mujeres que lo dieron todo por un país exigente y ahora, en las postrimerías de sus vidas; vagan, perdidas sus esperanzas; pasando necesidades, abandonados por sus familiares que se vieron obligados a abandonarlos a su suerte para poder largarse del país. Ancianos que, sintiendo que todo ha acabado, esperan una muerte cruel; un final que nunca se imaginaron.
Iraima se notaba muy asustada. Llegó en una silla de ruedas la cual su madre dirigía. Aquella dedicada madre ya estaba acostumbrada a ello, dada la gran habilidad que demostraba al dirigir dicho objeto. Amanda era su nombre, tan pronto llegaron saludó a mi mami con un saludo corto, sin decir nada más. De manera instintiva cubrió la cama con una delgada tela que se notaba desgastada. Luego dirigió una mirada escrutadora a toda la habitación. Percibí de ella una gran duda. Mi madre también se sintió tocada por una incertidumbre.
Esa duda no era otra que cómo iban a resguardarse de las gélidas temperaturas que prevalecían en dicho sitio. Nunca nos imaginamos esa niña y yo, que íbamos a ser grandes amigos. Mi mami rompió aquel silencio aplastante que desde un principio se hizo sentir entre nosotros. Sin ningún tipo de ambages, le preguntó a la recién llegada si poseía alguna cobija o algo semejante, con lo cual poder resguardarse del enorme frio que se sentía en el ambiente. Al ser negativa la respuesta, mi madre se incorporó de su sillón y hurgó entre nuestras pertenecías, tomando de ellas; sendos cobertores que ofreció a la dama en cuestión.
La mujer, de inmediato, sintió una ráfaga de frágil alegría y en sus ojos se dejó colar un tenue brillo. Con gran agilidad, se abalanzó prácticamente sobre Mercedes y tomó aquellas afelpadas telas, las cuales colocó una de ellas sobre el acurrucado cuerpo de Iraima y sobre sí la otra. Ofreció unas efusivas palabras de agradecimiento a mi mami y así ambas, sin demora, a pesar de la hora; iniciaron una conversación en una voz muy baja, la cual se prolongó hasta bien entrada la madrugada. En ese momento solamente tocaron el tema alusivo al motivo de nuestra estancia en ese sitio. Era Iraima portadora de una enfermedad muy parecida a la mía. Los conocimientos que ambas tenían con respecto a esos padecimientos eran muy limitados. Solo mencionaban la palabra leucemia, para reconocer con dicho vocablo a un terrible mal. Luego, con el paso del tiempo, mi mami comenzó a entender que se trataba de varios tipos de leucemias. La mía era linfoide y la de Iraima, mieloide o algo así.
La niña llevaba algo más de dos años padeciendo aquel terrible mal. El diagnóstico se lo habían hecho sus médicos tratantes en un gran hospital ubicado al occidente del país; pero por cosas de la vida, habían llegado a parar a nuestra región y de esa manera, continuaron su tratamiento en el centro asistencial donde en ese momento nos encontrábamos. En virtud de las constantes infecciones que se albergaban en el minúsculo cuerpo de la niña, le habían sido aplicados los más variados tratamientos, sin necesidad alguna de que los familiares tuvieran que adquirirlos por su cuenta.
No tenían que comprar nada en ese entonces. Inclusive, Iraima era portadora de un dispositivo que estaba colocado debajo de su piel, justamente en la región clavicular. Había sido insertado, con el propósito de evitar las constantes punciones intravenosas en busca de una vía periférica, a través de la cual poder administrarle la quimioterapia requerida y que era aportada por el Estado. Se trataba de un moderno dispositivo llamado “Reservorio Venoso Subcutáneo”, el cual permanecía incorporado de modo permanente y por ende, no había necesidad de retirarlo al egresar a su domicilio.
Uno de los motivos de la llegada de Iraima, además de dar inicio a un nuevo esquema de quimioterapia; era para combatir el proceso infeccioso que se creía, tenía su origen precisamente en ese dispositivo; el cual, al parecer, se había infectado. Se habían encendido las alarmas de inmediato, los especialistas temían lo peor, por ello, a su ingreso; fueron tomadas las respectivas muestras, tanto de sangre, como de un líquido seroso que emergía de un punto ubicado en el sitio de inserción de dicho aparato. Todos sabían que si había invasión bactriana, tenían que retirar el dispositivo.
Los signos de infección eran indudables, ya que alrededor de la zona donde estaba colocado, se evidenciaba un rubor muy notorio y la región clavicular estaba aumentada de tamaño. Además de eso, al mínimo roce, la niña sentía un agudo dolor que nunca había sentido. Era imposible en ese momento, sustituirlo por otro, en vista de que ya la situación no era la misma y el instituto que lo había facilitado, prácticamente estaba en ruinas. La única posibilidad era que los familiares de Iraima lo compraran; pero ya su familia había vendido lo poco de valor que tenían, por lo tanto, estaban a la deriva; a la buena de Dios, como dice el la voz del pueblo.
Aún se creía que Iraima podría tener la posibilidad de lograr la remisión de su enfermedad. La comunidad de donde ella provenía era muy unida. Era una e***a ancestral y, aunque ellos no habitaban en ese momento su tierra de origen, continuaban practicando sus ritos; expresándose con su propia lengua y apoyándose como hermanos en todo cuanto pudieran. Y en esa coyuntura en que Iraima se encontraba, ellos ayudaban a sufragar los gastos derivados de su atención. Era demostrada de esa manera, la inmensa calidad humana que se sentía en unas personas grandiosas. Ya la señora Amanda tenía en su poder, la cantidad de fármacos antineoplásicos que le habían solicitado, además de una larga lista de artefactos como soluciones, inyectadoras; gasas, adhesivos; guantes, buretas, entre otros.
Iraima había nacido en una ciudad fronteriza de mi país, producto de la unión de Amanda con un hombre mucho más joven que ella y de reputación dudosa, en una relación momentánea. Desde un principio, sus dos hijos: Salvador y Egleé, no estuvieron de acuerdo con aquella relación; pro su madre no escuchó razones y se desbocó prestándole más atención a su deseo carnal que al sentido común, en especial, a lo ruegos de sus hijos en cuanto a lo imprudente de aquella relación. El tiempo le dio la razón a los muchachos, tan pronto aquel zángano supo que su mujer estaba encinta, decidió marcharse sin dar ningún tipo de explicaciones.
Los muchachos de Amanda eran muy hacendosos. Salvador tenía veinte años y vivía en una región cercana, donde hacía vida marital con una bella muchacha; tenían un bebé de un año. El jovencito ejercía el comercio informal, vendiendo por las calles del centro de la ciudad cigarrillos y café. Por su parte Egleé, de dieciocho, pernoctaba igualmente en el mismo territorio regional que su hermano, en casa de una familia pudiente; para la cual trabajaba como servicio doméstico. Ambos ayudaban en las medidas de sus posibilidades a su madre y hermanita; aunque en aquel momento, tras la agudización de los problemas del país, resultaba una tarea sumamente difícil, dado los exagerados niveles de inflación que propiciaba que a nadie le alcanzara sus ingresos para nada.
Luego de haberle diagnosticado el terrible mal a Iraima, la vida de su madre se transformó en un verdadero infierno; fue una tarea titánica la que tuvo de enfrentar. La ignorancia fue un factor determinante, por ello, tras los primeros síntomas, ella decidió acudir con la niña a los charlatanes, mismos que se hacen llamar curanderos y que no son más que unos delincuentes, depredadores de la fe, hambreadores que se nutren de los problemas de quienes, desesperados, se aferran a lo que fuere. Cuando se dio cuenta del error, acudió por fin a la ciencia, pero ya la enfermedad había hecho estragos en la niña.
Al primer hemograma, la señal fue más que evidente; los resultados orientaron en una dirección. El frotis de sangre periférica hizo lo propio y finalmente, el aspirado medular no dejó lugar a dudas; leucemia mieloide aguda. De inmediato se dio inicio al protocolo de actuación, se decidió cumplir quimioterapia de manera urgente. Se resolvió utilizar en ese entonces, la combinación de unas sustancias especializadas; fue en ese momento, cuando los médicos tratantes decidieron colocar el reservorio subcutáneo.
Al día siguiente, a la hora de la visita, mi abuela se quedó conmigo mientras mi madre aprovechaba para llevar a cabo algo que creyó perentorio. Como siempre hacía mi mami cuando tenía una duda, se dirigió, tan pronto logró asirse de ese poco de tiempo, puesto que mi constante atención se lo quitaba casi todo; hasta una sala de comunicaciones, donde navegó por el red de internet en busca de la información que necesitaba respecto a la leucemia mieloide y lo que leyó; aunque no lo entendió muy bien, la impactó: “La leucemia mieloide aguda, que también se conoce como leucemia aguda no linfocítica, es una neoplasia de células mieloides que se produce por trasformación y proliferación clonal de progenitores inmaduros que desplazan e inhiben el crecimiento de la hematopoyesis normal. La fisiopatología de la leucemia mieloide es por transformación de una célula hematopoyética mieloide en maligna y la consiguiente expansión clonal de células con supresión de la hematopoyesis normal. La leucemia mieloide se manifiesta con signos y síntomas relacionados con la ineficacia de la hematopoyesis (infección, hemorragia y alteración de la capacidad del transporte de oxígeno)”.
Regresó aproximadamente a las cinco de la tarde, luego de haber obtenido la información requerida, aprovechó que aún le quedaba un poco de tiempo y fue a casa a tomar una ducha. Definitivamente mi madre comprobó que nunca podría ser igual tomar un baño en casa que en el pequeño cubículo del hospital donde funcionaba la tan reducida sala de baños para los parientes de los enfermos. Al salir de la ducha, se preparó algo de comer y dejó para mi abuela, sobre la estufa, una ración generosa.
Al llegar al hospital, ya mi abuela estaba desesperada por irse a descansar. Se notaba en el rostro compungido de mi madre que lo que había leído durante aquellas dos horas la mantenían al filo del desespero. El panorama no se visualizaba muy alentador, todo lo contrario; era terrible lo que se respiraba en aquel ambiente de tensa incertidumbre en el país. En la oportunidad del diagnóstico de la terrible enfermedad en Iraima, todo era distinto; eran otros tiempos en que el Estado, tal como lo establece la Constitución patria, garantizaba la salud. En efecto, el sistema de salud pública ofrecía la garantía de que los pacientes pudieran tener acceso a una adecuada atención médica sin exclusión alguna.
Pero por desgracia en ese momento nada era igual ni remotamente. La madre de Iraima no estaba tan optimista como lo estuvo al principio. Era por ello que siempre permanecía callada y su rostro resultaba inexpresivo. Había adquirido el tratamiento de quimioterapia y los enseres que serían utilizados para administrar la misma; pero al estar presentando un cuadro febril persistente, como muchas veces lo había presentado, sabía que tendrían que colocarle antibióticos y ella estaba más que segura, que le pedirían comprarlo tal como a todo y la realidad era que ya el rio estaba seco. Ya había vendido todo cuanto tenían. No tenía aquella madre abnegada más nada que hacer, salvo esperar que ocurriese un milagro. Sabía la madre de Iraima que tarde o temprano, la muerte se iba a llevar a la niña.
Cuando hubo amanecido, la temperatura estaba excesivamente baja. En realidad resultaba demasiado incómodo dejar la cama, pero no había más alternativa. Quienes primero tuvieron que salir de sus aposentos, fueron la señora Amanda y mi mami. Iraima y yo solo asomábamos los ojos, pero tarde o temprano teníamos que levantarnos, ya que las enfermeras tenían que cumplir con su trabajo; pesarnos y medir nuestros signos vitales. Nuestros cuerpos temblaban literalmente de frío. Era una exageración lo gélido de aquella sala del hospital.
Es bien sabido que siempre han sido necesarias las bajas temperaturas en esos sitios, con el propósito de reducir la proliferación de agentes infecciosos; pero aquello era realmente exagerado. Luego teníamos que permanecer al más entero alcance de los pasantes que nos examinaban una y otra vez, no sabíamos con qué intención. A las ocho de la mañana, la residente de postgrado que llevaba el seguimiento de nuestro caso, inició su trabajo. Hacía lo de todos los días, miraba nuestros ojos, nos pedían sacar nuestras lenguas; escuchaba nuestras respiraciones, nuestros corazones; tocaba nuestras barrigas, en fin; quería saber si todo seguía igual, mejor o peor.
Al terminar de examinarnos, le permitieron a mi abuelita ingresar a la habitación a entregarnos el desayuno. Mercedes tal vez no se dio cuenta o se hizo de la vista gorda para no echar más leña al fuego, pero a mi abuelita no se le veía muy bien. Estaba demacrada y presentaba unas enormes ojeras que denunciaban la falta de descanso y de sueño. Sus piernas estaban hinchadas enormemente y respiraba con algo de dificultad. Conoció a Iraima y a su madre. Compartimos el poco desayuno que nos entregó, con ellas. Mi mami le ofreció su asiento a mi abuela y por ello se sentó a mi lado. Comí mi desayuno con muchísimo desgano.
Mi abuelita permaneció muy callada, se notaba cansada y muy triste. La prima Juanita la visitaba muy constantemente y pasaba varios días con ella. Igualmente lo hacía el resto de sus sobrinas, quienes se turnaban entre ellas para que no estuviese sola mientras nosotros permanecíamos en el hospital. En realidad mi abuelita, amén de estar sufriendo por la ausencia de mi abuelo, estaba viviendo un muy difícil momento. En ocasiones no comía, para llevarnos la poca comida que conseguía después de haber hecho enormes colas en los comercios; cunas de ladrones y usureros. Madrugaba casi que a diario para hacer enormes filas en el banco, con el propósito de retirar una miseria de dinero en efectivo; que era lo que les entregaban a los usuarios diariamente. Se podía tener todo el dinero del mundo depositado en alguna cuenta bancaria; pero solo podías disponer de la cantidad que los banqueros consideraran; la falta de papel moneda propiciaba aquel desastre.
Luego tenía que cargar desde una fuente pública, un poco de agua para su consumo y para el baño; porque desde hacía mucho tiempo no llegaba el vital líquido por tuberías. Y para colmo, tenía que caminar kilométricas distancias, ya que no había transporte público. Era una verdadera calamidad lo que estaba sufriendo mi pobre abuela, quien se sentía muy sola, aunque sus parientes trataban de hacerle compañía. Nunca imaginó que después de tantos años de matrimonio, se hubiese quedado sola. Mis permanencias prolongadas en el hospital procuraban que ella se encargara de todo cuanto fuese necesario. Ya sentía mi pobre viejecita, que se estaba quedando sin las fuerzas necesarias para continuar viviendo.
A media mañana entraron varios médicos a nuestra habitación, eran demasiados; aunque no supe a ciencia cierta si todos lo eran o alguno de ellos eran aún estudiantes. Me aterré sobremanera, debido a que cuando llegaban muchos de ellos, era porque algo malo debería estar pasando y ello se traducía en que tal vez, se pondrían a hacerme algo doloroso. Comprobé, más calmado, pero igualmente poseído de una gran preocupación; que toda esa artillería iba dirigida hasta Iraima. La pobre Iraima estaba presentando un grave cuadro infeccioso que ponía en peligro su vida. Resultó que el reservorio se había infectado. Que tragedia le tocó vivir a mi compañera de habitación, quien pronto se convirtió en mi mejor amiga.
Platicaron largamente acerca del caso de Iraima. Lo hacían utilizando una serie de términos ininteligibles para nosotros. Lo cierto del caso era que, después de aquel palabrerío, se llevaron a la niña a aquel terrible sitio donde, según mi punto de vista pueril; sometían a los pacientes a los más diversos procedimientos. Ella lloraba mucho, debió haber sentido muchísimo dolor. La entendí sobremanera, ya que a mí me había pasado exactamente igual y sabía que me iba a seguir pasando; sentir demasiado dolor cuando me pinchaban en muchas oportunidades y en ninguna de ellas, las damas de blanco colocaban acertadamente la aguja.
En ocasiones, me dejaban descansar un rato y, cuando yo creía que me iban a dejar en paz, volvían con las fuerzas renovadas a continuar pinchándome. Sin lugar a dudas sabía que eso le estaba sucediendo a Iraima en ese momento; pero no era precisamente para cateterizarle una vena. Tuvieron que hacerle una incisión en la piel, para proceder a extraerle aquel aparato que llevaba incrustado en su pecho desde hacía mucho tiempo. Quedó, en su lugar, un enorme orificio al cual, vencido el proceso infeccioso, tendrían que darle unas puntadas.
Debido al severo proceso infeccioso que Iraima presentó, se complicó sobremanera lo planteado inicialmente; que no era otra cosa que dar inicio a un nuevo ciclo de quimioterapia. Entonces, lo prioritario era mantener a raya aquel inmenso cuadro bacteriano que se tuvo su génesis tras colonizar un agente agresivo, el artefacto que estuvo colocado por tanto tiempo dentro de sí. La dificultad rayaba en el hecho de que todo el dinero que habían podido juntar la señora Amanda y sus hijos, había sido invertido en la quimioterapia; no había quedado nada con lo cual adquirir los antibióticos que se necesitaban con suma urgencia. Para colmo de males, se trataba de dos de ellos que eran sumamente costosos. Uno solo de ellos tenía treinta veces el valor de lo que era en ese momento un salario mínimo. Normalmente en Iraima se tendrían que utilizar cuatro dosis de cada medicamento diariamente. Resultaba sencillamente imposible para la pobre señora Amanda, poder adquirir aquel oneroso tratamiento.
Iraima había quedado a la deriva. Lo único que le practicaban, eran las curaciones de su herida. En ocasiones, alguien le donaba un frasco de antibiótico y se lo administraban. En otras, algún médico caritativo le regalaba algún otro. Aquella noche, le correspondía su guardia al licenciado Jesús. Tan pronto hizo acto de presencia y procedió, junto al resto del equipo de trabajo a recibir la guardia, se hizo presente en nuestra habitación. Al entrar, Iraima se emocionó a tal extremo, que lloró de alegría. El caballero se ubicó frente a ella y se abrazaron muy tiernamente. La niña amaba mucho a aquel noble caballero, quien la había tratado desde su primer ingreso; de una manera muy tierna, con el amor que siente un profesional probo con sus pacientes; en especial con quienes padecíamos el infortunio de padecer de cáncer. El licenciado se sentó a su lado en la cama, mientras sostenía sus manos entre las suyas. La madre de la niña los miraba orgullosa. Mientras eso ocurría, el caballero bromeaba conmigo, haciéndome guiños con uno de sus ojos.
Cuando fue enterado de la grave realidad de lo que estaba sucediendo con la falta de antibióticos para Iraima, desapareció de inmediato. Hizo una llamada telefónica a Edward, su hijo, y en aproximadamente una hora, el joven jurista se apersonó, llevando consigo la totalidad de los antibióticos requeridos por la niña. Aquello fue algo más que una bendición, en este momento manifiesto sin temor a una blasfemia, que se trató más bien de un milagro de Dios, ya que de no haber recibido dicho tratamiento, de seguro ella hubiese muerto. Él mismo administró las primeras dosis. Edward también compró para ellos, una enorme pizza que se visualizaba exquisita y en efecto, lo estaba. Igualmente les regaló otra de igual tamaño y con similares ingredientes, al grupo de enfermeras. Demostraba así el noble caballero, su gran humanismo, tal como su esposa e hijo; altruistas por excelencia. Por fortuna, entre él y su hijo habían tomado un excelente caso como abogados penalistas y con esos recursos, le habían regresado las esperanzas a Iraima y a su madre.
Cuando la última dosis de nuestro tratamiento había terminado por el momento, mi mami se aseguró de que Iraima y yo estuviéramos bien cobijados. Acomodó los parales de manera que no estorbaran y fue posteriormente al baño. La madre de Iraima se había quedado dormida desde hacía rato. Mercedes caminaba tratando de evitar el más leve ruido, para impedir despertarla. Al regresar, apagó las luces y se acomodó en el sillón que crujió suavemente al sentir su peso. Que bella mi mami. Cuanto amor albergaba en su alma, en su corazón; en la totalidad de su existencia. Era tocada en las más íntimas fibras de su ser, por aquel sentimiento que se había posado en ella. De tanto sentir mi sufrimiento, se sentía excesivamente vulnerable. El gran amor de mi madre pasará a la historia, como aquel sentimiento extenso que hubo entregado sin medidas a su hijo. Mi enfermedad la apartó de todo lo que se relacionara con su vida rutinaria. Vivía mi madre pendiente de mí, solo dedicaba su vida a mí; se había olvidado de vivir su propia vida. En aquel momento aciago, estaba pendiente también de Iraima. En verdad, en este momento determino, que mi mami albergaba un mundo de amor por todos los niños. Qué gran mujer, ella ahora vaga por la vida como una autómata. Sus pasos, hasta ahora, solo son dirigidos diariamente, hasta el cementerio donde descansa mi cuerpo.