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4966 Palabras
necesario. Las radioterapias no eran aplicadas en ningún centro a nivel nacional, ni en el sector público ni en el privado. Fueron demasiados los intentos en tratar de dar con algún hospital dentro del territorio nacional, donde en otros tiempos aplicaban ese tipo de tratamiento anticanceroso Todos los intentos fueron en vano. Era siempre la misma respuesta las que se recibían, no había recursos para reparar las máquinas, no había esto, no había lo otro.           Era una cadena de excusas para determinar que la falta de inversión y la falta de jerarquización de las necesidades del pueblo, habían hecho mella en la salud de los más desposeídos. En cuanto a la quimioterapia, la única posibilidad era adquirirla en algún otro país y para ellos era necesario poseer muchos dólares. Adquirir esa divisa era más que imposible para la gente pobre. De esa manera, el hecho de ser Matilde y sus hijos, gente de escasos recursos, personas pobres, como abundan en todos nuestros rincones; sellaban con el sello de la muerte, el futuro del joven. Ser pobre en Venezuela y enfermarse era y aún debe ser, una condena a muerte. Estaba llena de rabia Matilde, una rabia bien infundada. Era derrochado un manantial de recursos en estupideces y lo que significaba prioritario para una nación tal como lo es la salud, la alimentación y la educación; era sencillamente dejado a un lado.           Me siento demasiado mal, aun estando en este sitio tan maravilloso, cuando visualizo que las cosas están cada vez peores. La desidia gubernamental era la causante de que tantas personas se despidieran de la vida, por no poder acceder a los tratamientos médicos necesarios. Por eso lloraba Matilde, lloraba de impotencia al pensar y estar muy segura de que si le hubiesen aplicado el tratamiento requerido a Yordam de manera oportuna, tal vez hubiese sanado y superado con el tiempo; la pérdida de su pierna. Pero no fue así y tampoco lo iba a ser con miles de personas enfermas que fallecían y otras que estaban condenados a muerte por culpa de un mal gobierno, irresponsable y criminal.           Desperté en la madrugada y entré en pavor, cuando me vi solo en una habitación que no reconocí al momento de despertarme. Como decía mi abuelita, desperté “encalamucado”, tal como era usual decir en su pueblo. Fue una enorme confusión para mí, cuando desperté y no sabía donde estaba, no sabía qué eran todas aquellas cosas que estaban a mí alrededor. Pero lo peor era que no había visualizado a mi madre por ninguna parte. Me quise levantar a buscarla, pero estaba aterrado, además de ello; la conexión del suero estaba toda enredada en mí y si llegara a incorporarme, de seguro habría ido a dar de bruces contra el piso. Afortunadamente Mercedes, como estaba cerca, escuchó el ruido que mi despertar produjo y corrió de inmediato en mi “auxilio”.           Me calmó con un abrazo. Matilde se presentó en nuestra habitación y me acarició con nostalgia. Dios mío, que honda tristeza sentí de ese ser que estaba ya carcomido por el sufrimiento. Su cuerpo lacerado por una delgadez extrema, se movía con extrema lentitud. Sus ojos demostraban que había estado llorando casi que permanentemente. Era muy difícil, decía, para una madre ver como un hijo sufre de esa manera y no poder hacer nada por evitarlo. Matilde sufría en ver sufrir de esa manera a Yordam, a su pequeño hijo que estaba atrapado entre los tentáculos del cáncer, para desterrarlo de manera inevitable.           Lloraba Matilde apoyada en los hombros de mi madre, a quien acababa de conocer. Era un cuadro deprimente lo que se observaba a las cuatro de la madrugada en una de las salas que albergaba a los niños con cáncer. La sala de los niños condenados a muerte, como lo éramos nosotros y esas dos mujeres, lo sabían. Sabían que por ser personas de bajos recursos económicos, personas que no teníamos las divisas suficientes para pagar lo que era urgente; seríamos presa fácil del infortunio, de las tormentosas garras de las enfermedades. Estaban de manos atadas, pues ya nada se cobraba en la moneda de curso legal en mi país. A partir de entonces eran exigidos los benditos dólares para cancelar cuanta transacción se hiciere, incluyendo principalmente los rubros esenciales. Quienes no los tenían, como era el caso de la mayor parte de la población, la muerte no tardaría en llegar sin poder evitarla. Era esa la cruenta realidad vivida en la otrora patria grande.            Cuando ya se acercaban las seis de la mañana, se presentó una enfermera muy delgada y no tan joven; su nombre era Inmaculada. Me conminó a posarme sobre una balanza para determinar mi peso, luego midió mi temperatura y mi tensión arterial. Al rato, se presentó alguien que había conocido hacía algún tiempo; el licenciado Jesús. Se sentó en el sillón que estaba desocupado. Mi mami lo saludo con un mero gesto de las manos, pues estaba acurrucada de frío. Bromeó con nosotros un rato, mientras Inmaculada terminaba de hacer las mediciones. Luego de ello, se paró y se dispuso a administrar el tratamiento que me correspondía a esa hora.           Mi mami miraba sin moverse siquiera. Siempre preguntaba que era lo que me estaban colocando, pero por la confianza que tenía en nuestro amigo, no lo hizo en esa oportunidad. Él, luego de haber vertido el fármaco en la bureta, calibró el goteo y se sentó sobre la cama, justo a mi lado. Me acariciaba tiernamente, mientras le explicaba a mi mami lo que en ese momento estaba presentando y para lo cual, estaba recibiendo los antibióticos; se trataba de una infección oportunista. Tenía tiempo suficiente para explicárselo, ya que conmigo terminaba su ronda de trabajo. Mercedes le solicitó que ahondara un poco en su explicación, ya que sentía que era su palabreo muy eficiente.           En sus explicaciones él expresaba un profundo conocimiento en la materia. Mi mami acababa de graduarse, y sus conocimientos específicos en cuanto a lo que yo padecía, eran pocos; caso contrario nuestro amigo, quien tenía más de tres décadas de experiencia. No era muy viejo, contaba con 52 años, pero había iniciado su carrera profesional tras egresar de una escuela técnica, a los 17 años de edad, aunque con el paso de los años logró graduarse de Licenciado y luego, de especialista. Ya estaba a punto de jubilarse, en efecto, poco tiempo después; se despidió del hospital y se dedicó de lleno a la locución y al ejercicio privado del derecho penal junto a su hijo.           Con toda la paciencia del mundo, le explicaba a mi mami que: “La leucemia linfoide aguda es una enfermedad maligna de la médula ósea, en la cual los precursores linfoides inmaduros proliferan y reemplazan las células hematopoyéticas normales. En cuanto a las infecciones oportunistas, son procesos infecciosos invasivos producidos por gérmenes habitualmente “no patógenos”, dichas infecciones se presentan con mayor asiduidad y gravedad en las inmunodeficiencias, como es el caso de Jorge. Su caso es clasificado como inmunodeficiencia secundaria, es decir aquella cuyo defecto inmunológico es producto de enfermedades”.           Y continuaba explicando el licenciado Jesús, mientras mi madre lo miraba atónita, soñando con llegar a ser como él, en cuanto a la gran cantidad de conocimientos que se notaba a leguas que poseía. “Las características de las infecciones oportunistas son el aumento de la frecuencia en que se presentan. Se tratan de infecciones de inusual severidad, infecciones prolongadas; infecciones con microorganismos poco usuales. Además de ello, las complicaciones resultan también poco usuales”. Mi mami le planteaba todas sus dudas y él se las despejaba de inmediato.           Fue muy agradable para Mercedes la charla educativa que le profirió el excelente enfermero. Cuando mi querida doctora Francelina fue a buscarlo para llevarlo a casa, ya que él no podía manejar debido a una vieja lesión en su rodilla; se apersonó en la habitación y nos saludó efusivamente. El licenciado se despidió de nosotros, prometiendo que al siguiente día nos volveríamos a ver. Mi pediatra nos regaló sendos desayunos. El mío lo despaché con sobrado apetito. Se trató de unas suculentas empanadas. Momentáneamente había retornado mi eterno apetito y no desaproveché la ocasión. Dos jugos de melón muy helados, acompañaron nuestro desayuno. Nunca olvidaré a aquella pareja, desde el cielo les envío mis bendiciones y no hay momentos en que no le pida a mi señor por ellos y por el hijo de ambos.            Cuando nuestros amigos se marcharon y luego de la entrega de guardia, todo quedó en absoluto silencio. Apenas se escuchaba un leve quejido de Yordam. Por fin un potente coctel de analgésicos había hecho efecto y se había quedado dormido. Su madre aprovechó para dormir un rato ella también. La pobre mujer llevaba más de tres meses sin salir del hospital. Sus otros hijos aún eran menores y se quedaban en casa de unos vecinos de manera variable; entre todos los apoyaban con sus alimentos. Ella, por su parte, era apoyada por el personal del hospital en cuanto a su alimentación. Sus pocas ropas la lavaban en la lavandería, aunque a veces no se utilizaba jabón por no haber en existencia. Cuando eran las diez de la mañana, se escuchó una algarabía que nos sacó de nuestro silencio. Se escucharon portazos en varias ocasiones. Era en la habitación de al lado, Yordam se había agravado. Mi mami me dejó solo por un rato, mientras se acercaba a ver qué era lo que pasaba. Matilde estaba desesperada por lo que le sucedía a su hijo.           Yordam ya había entrado en estado de agonía. Los estertores se escuchaban poderosos, delatando el devenir cercano de la muerte. Ya su madre no podía con tanto sufrimiento. Los médicos indicaban un tratamiento con el que pretendían paliar aquella agonía; pero sabían que eso era ya imposible. Las enfermeras se sentían afectadas, ya que Yordam había permanecido durante mucho tiempo hospitalizado y todos le habían tomado un afecto más que especial. Iba a casa por unos días y regresaba en peores condiciones. En las navidades pasadas, habían pernoctado en la misma sala en la que permanecían en ese momento. Compartieron con él y celebraron la llegada del niño Jesús. Por sentir aquel especial afecto por el paciente, todas lloraban, ya que presentían su final. Efectivamente a las tres de la tarde, Yordam se fue al cielo. Todos lloramos. Mi mami abrazó fuertemente a la señora Matilde y permanecieron así, mucho rato. Ella lloraba amargamente la muerte de su hijo.           Al cabo de media hora fue retirado el c*****r de Yordam. Todos contemplaron en silencio la retirada del cuerpo de un muchacho que había sufrido demasiado. Se posaba sobre todos en ese momento, el enorme peso de la muerte inclemente. Había entregado su vida aquel ser inocente, que hubo sufrido en demasía. Era la primera vez que sentí que alguien fallecía. Mi mami me contó sutilmente, que Yordam se había elevado a las alturas porque estaba muy enfermo. No entendí el significado de la muerte en ese momento, ni supe tampoco lo que significaba estar muy enfermo.           Lo que sí pude entender, fue que algo feo había pasad pues escuchaba llorar a mucha gente. Eran las enfermeras, quienes sentían mucha pena por el fallecimiento de un niño que supo luchar contra el infortunio en medio de tanta pobreza. Había luchado de manera férrea contra el monstruo de la desidia, el cual estaba posado en mi país desde hacía ya varios años. Desde muchos años antes de un supuesto bloqueo con el que los Estados Unidos, supuestamente tenía sometidos a los habitantes de una patria hermosa. Nadie creía aquella enorme falacia con la que pretendía el nefasto gobernante, cual minino, tapar sus excrementos.           La señora Matilde recogió lo poco que había de su propiedad en la habitación y se dirigió al pasillo del hospital, donde aguardaba no sabía que. En sus pensamientos, además del enorme pesar que sentía, estaba la gran interrogante de cómo iba a hacer para dar cristiana sepultura a su hijo. Sabía que sería en vano solicitar una ayuda al gobierno local, ya que estaba al tanto de que eran también unos seres miserables. En una ocasión, cuando le había sido indicada una resonancia magnética nuclear a su hijo, ella acudió en busca de una ayuda; la respuesta recibida sin ambages fue que no había recursos.           No se explicaba el por qué, aquel señor regordete que había ofrecido villas y castillos en su campaña electoral, ahora ni daba la cara y enviaba a un estúpido emisario, a negar lo que por derecho le tocaba a la gente que con sus votos lo habían llevado a gobernar, y hasta a los que no habían votado por él. No había recursos, pero el cada vez más gordo personaje, disfrutaba cada fin de semana en una de sus propiedades comiendo carne asada y libando licores finos, junto a toda la lacra que resultaban ser sus secuaces. Y de seguro, aquellos gastos no corrían se sus peculios, de sus humildes sueldos devengados con “sacrificio”.            Durante quince días fue cumplida la antibioticoterapia que me había sido indicada por la doctora Anais. Era necesario tratar el proceso infeccioso, para poder iniciar el ciclo de quimioterapia cuanto antes. Mi abuelito estaba haciendo las gestiones necesarias en el vecino país, para tratar de lograr adquirir los delicados y costosos fármacos. En la receta que le había sido extendida a mi madre, estaba escrita una serie de nombres extraños; ella los apuntaba en aquella especie de historial que llevaba desde que habían aparecido los primeros síntomas. Se trataba de una especie de seguimiento particular que ella llevaba referente a mi caso.           Lo contenido en aquel petitorio, era lo que denominaban aquella experta en la materia; la primera tanda de medicamentos, a cual constaba de: “Ciclofosfamida”, “Mesna”, “Vincristina” y “Doxorrubicina”. Además de ello, sería utilizada un medicamento denominado, “Dexametasona”. El primer ciclo sería cumplido según el cronograma que dictaminaría la especialista en oncología pediátrica. Igualmente mi madre tenía que adquirir las soluciones para diluir dichos fármacos y los catéteres que serían insertados en mi humanidad. Los pocos que habían en el hospital ya estaban a punto de agotarse, por lo que eran requeridos a quienes estaban hospitalizados para reservarlos a los casos de estrictas emergencias; lo mismo sucedía con las inyectadoras. Lo que en una oportunidad resultó ser un hospital equipado en todos los sentidos, era en ese momento, un lugar careciente de todo lo necesario para tratar a los niños que acudían con las más variadas patologías.           Poco después de haber desaparecido aquella odiosa infección, estaba dispuesto todo para ser iniciada mi terapia. La quimioterapia era la gran esperanza que tenía mi mami, de que yo recuperara mi salud. Había leido lo siguiente acerca de dicho tratamiento: “La quimioterapia es un tratamiento del cáncer para el que se usan medicamentos con el propósito de interrumpir el crecimiento de las células cancerosas, ya sea mediante su destrucción o impidiendo su multiplicación. La quimioterapia administrada de forma oral o inyectada, llega a las células cancerosas de todo el cuerpo (quimioterapia sistémica). Cuando la quimioterapia se coloca directamente en el líquido cefalorraquídeo (intratecal), un órgano o una cavidad corporal como el abdomen, los medicamentos afectan principalmente las células cancerosas de esas áreas (quimioterapia regional). La quimioterapia combinada es un tratamiento en el que se usa más de un medicamento contra el cáncer”.           No había que postergar un instante más el inicio de aquel tratamiento, que ya mi mami tenía celosamente guardado en una pequeña caja de cartón. En ese momento se presentaba una pequeña batalla para tratar de normalizar algo con un tal pH en mi orina. Siempre me pedían que vertiera mi orina en un pequeño recipiente y se lo llevaban. Cuando regresaban, decían que algo no estaba bien con el pH. Le pidieron a mi mami un medicamento que le agregaban a un frasco de suero y le decían que con eso se iba a controlar aquel asunto. Era necesario que ocurriera la normalización de aquello, ya que de no ser así, resultaba imposible colocar el dichoso tratamiento, que tanto trabajo había costado para poder dar con su paradero y con su valor económico.           Le solicitaron a mi mami, un utensilio que debería ser utilizado para inyectarme a través de él y evitar las constantes pinchadas que ya me llevaban por el camino de la amargura. Incluso, según ellos que eran los versados en la materia, se podrían obtener por allí, las muestras de sangre que se necesitaban casi que a diario para los análisis. A Mercedes eso le pareció fabuloso. Ya a mi corta edad, había padecido mucho debido a las constantes pinchadas que recibía, bien para colocarme los catéteres, bien para sacarme sangre, era por ello que a mi mami le había parecido esplendida la idea de la colocación de lo que ellos denominaban; catéter central. Ello no era más que un tubo especial que el médico introduce en una vena grande de la parte superior del pecho. Lamentablemente el hospital no contaba con dicho recurso y era imposible en ese momento para mi mami, adquirirlo. Ya habían gastado hasta lo que no tenían, en la enorme cantidad de medicamentos que últimamente se habían comprado. Que tristeza sintió mi madre cuando constató que aquel gran recurso con el cual se podría minimizar mi sufrimiento, se le escapaba de las manos. En ese momento ella pensó que podría dar hasta la vida y mucho más, para poder adquirir algo que me hubiese ahorrado tanto dolor.           La normalización de lo que estaba alterado en mi organismo y que era detectado mediante mi orina, ocurrió luego de tres días. Tan pronto hubo acontecido, procedieron a realizar uno de los más grandes procedimientos dolorosos que hasta ese momento había sentido. Tenían que colocarme un catéter más grande de los que hasta ese momento me habían colocado. De nada sirvió que berreara de la forma como lo hice. De nada valieron mis berrinches y patadas contra quien se me acercara. Igualmente me dominaron entre varias personas mientras Mercedes observaba, llorando, desde la distancia a donde se había ido a refugiar, para no observar lo tanto que tenía que sufrir. ¿Por qué tuvo que sufrir tanto mi madre?           Salieron muchas personas de las habitaciones y se acercaron otras que casualmente transitaban por el área en ese momento, con la finalidad de verificar lo que estaba sucediendo. A algunos se les escuchaba decir que estaban masacrando a un niño. En realidad aquel procedimiento tan doloroso era en extremo necesario para poder iniciar la terapia que le daría un poco de esperanzas a mi madre y a todos los que estaban comprometidos en mi lucha contra los amargos tentáculos de aquella terrible enfermedad. Después de varios intentos, por fin una habilidosa profesional de la enfermería, dio en el blanco y pudo cateterizar una excelente vía; según decían constantemente aquellas nobles mujeres. Quedó insertado el catéter en un sitio perfecto para que pudiese durar el tiempo necesario sin que se obstruyera o se doblara. De ser así, no tendrían que estar pinchándome a cada momento. Ya mis brazos estaban abultados como consecuencia de los tantos intentos fallidos que habían sucedido con anterioridad.           Ese mismo día, en horas de la tarde, comenzó mi nuevo suplicio. Dalvis, el enfermero encargado de preparar dichos medicamentos en la unidad de Oncología, se lo había entregado a Rosalinda, quien era la encargada esa tarde de mi atención. Ella, utilizando una técnica muy rigurosa, dio inicio a mi terapia. Con sobrada destreza hizo su trabajo, toda vez que le iba explicando a mi mami, paso a paso; todo cuanto era llevado a cabo. Recibí el tratamiento durante ocho largas horas. Fue la guardia nocturna quien se encargó de terminar la delicada labor que se había iniciado ese día. Fue Fabiola la encargada de disponer nuevamente todo en su sitio para que al día siguiente continuaran la terapia medicamentosa. En realidad no sentí nada, salvo un ligero calor en todo mi cuerpo a pesar de la baja temperatura que propiciaba el acondicionador de aire. Me dio mucho sueño y por ende, me quedé dormido casi de inmediato. Mi mami se dispuso a dormir en la cama que aún permanecía desocupada. Ya no me administrarían nada hasta el día siguiente.           Aquella noche tuve un sueño muy bonito. En dicho sueño me percibía corriendo por una pradera extensa, acompañado de un grupo de personas que no llegué a determinar quienes eran. Lo cierto del caso, era que mientras corría velozmente, la brisa exquisita de un campo florido chocaba contra mi rostro; embargándome del grato aroma que llevaba consigo. Era delicioso correr a través de aquel campo extenso y sentirse en él, libre como el propio viento que regalaba dulzura a través de sus abrazos. Por un momento me sentí también libre de los tormentos que ya eran parte de mí día a día. Por un momento me sentí poderosamente sano, sin una mácula de dolor que opacara mi existencia.           Era delicioso sentirme bien, sentir que podía correr y divertirme de lo lindo. En dicho sueño, cuando resultaba exhausto por semejante retozo, me dejaba caer sobre el césped humedecido por el rocío. Ya sobre él, contemplaba las nubes revolotear danzantes. Era un espectáculo fascinante el que viví, aunque fuere en un agradable sueño. Sentí una honda paz en ese momento tan azaroso de mi corta existencia. En mi gran sueño, pude sentir a mi madre muy cerca de mí, acariciándome de manera delicada. Ella lucía extremadamente bella, su belleza era creciente. Sus ojos observaban lo lindo de un firmamento extenso. Sus bellos ojos reflejaban una dulzura sin límites, la dulzura que era propiciaba por el hecho de ser feliz. Se podía palpar, que era presa de una gran tranquilidad, era ajena a preocupación alguna. En mi sueño, mi mami era muy feliz. Era ese sueño, uno de los pocos momentos de mi vida en los que no sentía sufrimiento alguno. Gracias mi querido Dios por haberme regalado aquel pequeño momento divino.           Cuando comenzaba a anunciarse el alba, cuando apenas unos pocos destellos brillantes anunciaban que pronto amanecería, se hizo presente nuevamente la rutina. Mercedes les había pedido solícitamente a sus colegas, que obviaran tan solo por una vez, la ronda matutina para controlar mis signos vitales y medir mi peso. Se comprometió a realizar esas mediciones ella misma, tan pronto yo despertase. Su petición era con la única y clara finalidad de que yo pudiese descansar plácidamente hasta el amanecer. No hubo ningún problema en cuanto a eso.           Entregado como era al descanso, permanecí viviendo en mi propio sueño por un ratito más; disfrutaba en todo su esplendor, uno de los momentos más fascinantes de mi corta vida. Por ello, cuando me desperté para realizar lo impostergable que la naturaleza exigía y proceder a mi aseo matinal; entristecí de manera desmedida, cuando me estrellé con mi cruenta realidad. Estaba en aquel gélido lugar, enclaustrado, padeciendo una terrible enfermedad; sintiendo los dolores más intensos que pudiese alguien llegar a sentir y percibiendo el sufrimiento de mi santa madre. He allí una realidad, que quise que hubiese sido desterrada para siempre de mi vida y sustituida por aquella feliz y deliciosa que percibí en un sueño bonito.           Se presentó una mañana colmada de un inmenso trajín en el hospital, específicamente en el área de emergencia. Mi mami se enteró, ya que por tratarse de un hospital de pequeñas dimensiones, todo se sabía de inmediato, sobre todo, por la gran cantidad de personas curiosas que nunca faltan, quienes procuraban enterarse de todo cuanto ocurría. En ocasiones, obstaculizaban el paso de quienes tenían que enfrentar las constantes emergencias que ocurrían a diario. Fue una extensa algarabía la que se presentó en el área de emergencia.           Lastimosamente, en aquella ocasión mi madre se sumo a la lista de fisgones. Su curiosidad congénita le indujo a adentrarse al sitio donde estaban los niños que habían sido víctimas de una grave tragedia. Sucedió que, en una vivienda humilde, una pequeña familia de cuatro integrantes, a saber: papá, mamá y dos niños de apenas cuatro y dos años; resultaron víctimas de una nefasta situación. La prensa se encargaría de hacerla del dominio público al siguiente día. En virtud de un extenso período sin poder acceder al gas doméstico, para poder preparar los alimentos, dicha familia optó por hacer una fogata en sustitución del combustible faltante.            Ya habían preparado algo para el desayuno y dejaron encendido un fuego pequeño, con la finalidad de, horas más tarde; proceder a realizar el almuerzo. En un descuido, los niños salieron al patio a jugar como era costumbre. Al parecer, uno de ellos, posiblemente el más grande, derramó combustible directamente sobre el fuego y las llamas se avivaron de tal manera; que abrazaron a ambos niños, envolviéndolos por completo. Sufrieron terribles quemaduras en casi la totalidad de sus pequeños cuerpecitos. Estaban prácticamente calcinados. En el área de emergencia fueron recibidos, pero de inmediato los trasladaron a la Unidad de Cuidados Intensivos donde, al cabo de dos horas, entregaron sus vidas después de una intensa agonía. Sus cuerpecitos chamuscados daban verdadera lástima. Papá y mamá lloraban desesperados en las inmediaciones de la Unidad de Cuidados Críticos. Todos en el hospital quedaron consternados.           Me enteré de ese caso, dado a que durante varios días fue el tema central de todas las conversaciones. Fue el triste resultado de la deficiencia de los más básicos servicios. Momentos después de ocurrida la tragedia, la noticia se regó como pólvora. Se llenó el hospital de mucha gente venida de todas partes. Un corresponsal de un noticiero nacional se hizo presente para cubrir el acontecimiento. El periodista, quien muy posiblemente estaba acostumbrado, dado su trabajo, a cubrir sucesos dantescos como aquel; ingresó a la morgue donde permanecían los cuerpecitos y no pudo evitar llorar como un niño, al palpar de cerca aquella magna desventura. Cada vez llegaban más personas a enterarse del infausto acontecimiento. Aquella tarde estalló una enorme protesta general en toda la región; fueron obstruidas las vías de acceso principales con todo tipo de objetos.              Los manifestantes quemaron neumáticos, sonaron cacerolas y hasta se apersonaron a las inmediaciones de la sede del gobierno municipal, en procura de respuestas por las graves deficiencias de los servicios básicos. Protestaba el pueblo por la muerte de aquellos inocentes, vidas que se perdieron como resultado de la desidia gubernamental, a cual estaba presente en todo el país. Por la ausencia de gas doméstico sucedió aquella tragedia que cobró dos vidas que recién se iniciaban. Nadie daba respuesta, la única que se obtuvo fue una exagerada intervención de los cuerpos de seguridad del Estado, quienes arremetieron contra los manifestantes a plomo limpio; privando de libertad a un grueso número de ellos. Una vez más la fuerza bruta, quiso acallar al pueblo. Se trataba de una nefasta revolución que había llegado a la palestra pública mediante la violencia y la muerte y era ese el único idioma que conocía.          Estando en el reino de Dios, apesadumbrado por la gran cantidad de desmanes que al lado de nuestro ser supremo puedo visualizar, no dejo de sorprenderme. En este momento son más acentuadas las desgracias comparadas con las ocurridas durante el momento que me tocó vivir. Mi señor siente demasiada pena por mi país. Es demasiado triste contemplar la emergencia humanitaria compleja, la cual se agudiza de manera acelerada con el pasar de los días. Los habitantes de aquella gran nación ven disminuidas sus posibilidades de disfrutar una vida digna, así lo evidencia el gran número de manifestaciones exasperadas en reclamo de todo. Cuanto lamento que mi pueblo esté padeciendo tanto. Tengo la esperanza de que aquella tragedia termine prontamente, pues nada es eterno en la vida.           A media tarde, me fue administrada la segunda dosis de los agentes citotóxicos. En la hora de la visita se apersonó mi abuelita acompañada de mis tíos Mengue y los primos Adrián y Juanita. Mi mami se alegró en demasía, ya que hacía mucho tiempo que no los veía. Yo casi no los conocía, por ello, me quedé inmóvil esperando que mi abuelita se acercara a mí y me abrazara como solo ella y mi mami sabían hacerlo. Bromearon los parientes en cuanto a lo grande que yo estaba. Mercedes, en voz baja, los enteró de mi estado de salud. Al escuchar mi diagnóstico, las sonrisas se apagaron de sus rostros y dirigieron hacia mí, sus miradas compungidas; era una reacción lógica. Mi tío lamentó ese revés en mi existencia. Prácticamente desde que había nacido, tuve que enfrentar los embates del infortunio que me había llevado directo a los brazos de un sufrimiento extenso.           Cuando hubo regresado un poco de entereza a nuestros parientes, conversaron de cosas familiares. Mi mami preguntó por el resto de la familia. Las respuestas no fueron tan alentadoras como ella hubiese querido. La vida en el campo estaba más limitada que la de las zonas urbanas. Era un completo desastre todo lo que tenía que ver con aquellos distantes sitios, todos cuna de la producción primaria. Las carreteras estaban muy deterioradas, no había agua, gas y las pocas líneas telefónicas existentes habían desaparecido. La electricidad fallaba constantemente, por lo que los productores veían cómo sus productos como el queso y otros derivados lácteos, que requerían de una refrigeración constante; se descomponían irremediablemente. La economía era un desastre y entonces, el hecho de adquirir alimentos, resultaba casi imposible dado su elevado costo. Conversaron de cosas familiares para de esa forma evitar referirse a la situación desastrosa que atravesaba el país, pues ya bastante crítica era nuestra propia situación; como para colmarla aún más de aquella tragedia sin par.  
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