temprano antes de emprender aquel sorpresivo viaje y todo lo que había ingerido eran solamente helados que como tal, sólo llenaban momentáneamente; sentimos mucha hambre. Y no vacilé en salir del agua, arrugado como una pasa, temblando como una gelatina al contacto de mi piel mojada con la enorme brisa que soplaba; en decirle a Edward Alberto que me estaba muriendo de hambre al igual que mi mamá. Ella, muy avergonzada me reprimió por el atrevimiento; pero mi hermano le expresó que él también estaba afectado por lo mismo. Llamó al mozo que nos atendía y ofreciendo almuerzo para todos. Preguntó por menú que ofertaban. Este era muy variado, especialmente en cuanto a especies marinas se refería que era lo más común en ese sitio. Evidentemente que se escuchó una algarabía de exclama

