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4797 Palabras
             En el hospital lo único que le hacían a mi viejo era mantenerlo acostado y colocarle un suero transparente que daba la impresión que lo único que querían con él, era aparentar un tratamiento que en realidad no existía. Eso es lo que se denomina cuidados paliativos que no era otra cosa que mantener a un ser algo cómodo. Una comodidad que distaba mucho de existir. Era demasiado difícil si acaso no imposible que, un hombre atado a un suplicio inclemente, se sintiera medianamente cómodo. Era eso más que cierto, vivido. Permanecía dormido la mayor parte del tiempo, dormido o en un estado comatoso. Lo cierto era que nada llamaba la atención en aquel organismo desbaratado por los agrestes tentáculos de un daño cerebral, irreversible tal vez. Nunca abría sus ojos y la respiración se tornaba escandalosa, ya que constantemente resollaba, asemejándose a quien expele el humo inhalado de un cigarrillo; cuando lo hace solo por una de las comisuras labiales.           En ocasiones, realizaba una inhalación profunda y dejaba de respirar por largo rato, al extremo de parecer que se iba a quedar; pero luego continuaba aquel jadeo tan desastroso. Mi abuelita sentía honda pena, ya que creía que esa inhalación exagerada y manifiestamente lastimera, significaba un suspiro que denotaba un hondo pesar. Y no era del todo falso el pesar que sentía mi abuelito en esa cama, alejado de la realidad. En el fondo de todo aquel escenario macabro, el pobre viejo sí sentía todo lo que a su alrededor sucedía, solo que su cuerpo desconectado era de todo impulso nervioso y, por ello, no obedecía a ninguna expresión que el amor quería enunciar, manifestando con ello, que precisamente el amor que sentía por toda su familia, era poderoso. Por desgracia para todos, lo único que podía exteriorizar, era aquella expresión inequívoca de pesares.           Pasaban aquellos días de una manera por demás muy difícil para todos. Mi abuela ya caminaba con extrema dificultad además de atormentada de dolores óseos, debido a aquella permanente posición; sentada en una silla exageradamente dura. Cuando era muy adentrada la madrugada, dejaba caer su humanidad pesadamente sobre una colchoneta notablemente delgada, que una anciana que había pernoctado más de dos meses en la misma sala aquella, al lado de su anciano marido que había recientemente fallecido; le había obsequiado de pura lástima. Es de suponer que sintió mucho pesar, al ver a mi viejecita constantemente sentada y en pocas ocasiones, tendida sobre el duro piso.           Puede que tal vez no quiso llevar a casa ese tiesto que para nada lograba el principal propósito de un objeto de su naturaleza. En todo caso, haya sido por alguno de esos motivos, aquella delgada colchoneta, amortiguaba el peso corporal que una mujer extremadamente delgada como la abuela Mervin. En horas de la tarde, cuando Edward Alberto se quedaba conmigo para mi mayor alegría, mi mami se trasladaba hacia donde agonizaba su padre y entonces mi abuela dormía un poquito, rabiando a cada rato cuando alguna cucaracha u otro bicho rastrero repugnante, le rosaba la mano o cualquier parte de su cuerpo. Decía una sarta de insolencias para vergüenza de mi mami.           Entonces mi madre contemplaba aquel cuerpo marchito que tanto amaba. En ese momento no se asemejaba en nada a aquel caballero hermoso y elegante que siempre fue. Resultaba demacrado y unas ojeras nunca antes vistas, ya formaban parte de aquel otrora rostro muy particular; su piel resultaba entonces muy oscura. Las constantes exposiciones a los inclementes rayos solares, que de seguro había experimentado, habían ocasionado aquel aspecto. Nadie supo a ciencia cierta los enormes sinsabores que debió haber enfrentado mi adorado viejo en tierras lejanas, como sacrificio supremo por su adorada familia. Luego de mi muerte, cuando se produjo nuestro encuentro acá en la gloria y antes de elevarse a su dimensión propia, me contó conmocionado que hizo los más rústicos trabajos con la única finalidad de reunir suficiente dinero para los gastos de mi tratamiento.           Ya mi gente estaba pasando demasiado trabajo y sufriendo mucho. Era por ello que, en una visita realizada por nuestros amigos Francelina y Jesús, los mismos le solicitaron a alguien, que mi viejo fuese trasladado a casa para que en ella muriera en paz; rodeado del amor de sus seres queridos. En efecto, fue llevado a casa y ya en ella, su expresión cambió notablemente. No estaba mejor, por supuesto que no, ya que lo que estaba sucediendo en su atribulada humanidad no era poca cosa; pero el hecho de sentirse en casa con su vieja al lado, en algo ayudó. Mi mami se la pasaba casi todo el día conmigo, desesperada por querer dividirse en dos y estar en su casa cuidando a su padre al mismo tiempo. Eso le hacía sentir mucha rabia e impotencia, pero era una realidad y como tal había que aceptarla. Las amigas de mi madre, enfermeras como ella, ayudaban en los cuidados paliativos. Lo bañaban a diario, lo cambiaban de posición evitando las tan temidas y dolorosas escaras, lo alimentaban con sabrosas papillas y sopas licuadas que ellas mismas preparaban y obsequiaban con sobrado gesto de humanidad.           Aquellos cuidados amorosos que las enfermeras ofrecen a sus pacientes, fueron un enorme aliciente para que mi viejo mejorara aunque fuese por unos días. Ya el daño estaba hecho; pero el amor siempre obra milagros. Entre ellas y mi abuelita se encargaron de mantener a mi abuelo muy bien cuidado. Ya no se quejaba tanto y sus respiraciones eran casi que normales. Era muy gratificante para él, sentirse querido. En el ocaso de su vida sintió mi viejo que valió la pena todo el esfuerzo. Que valió la pena tener una familia y con todos sus errores como el ser humano que fue, supo él que no fue en vano su vida. Su esposa lo amaba al igual que su hija, su nieto y toda su gran familia que siempre significó aquella tropa de gente adorable como lo fueron los herederos de Nona.               Y allí estaba, en su hogar, acompañado de su reducida familia, sin su nietecito adorado como él mismo se jactaba al decirlo, despidiéndose de éste mundo. Entregaba su alma al todopoderoso, aquel señor bondadoso que luchó hasta lo último por amor a su gente. Lastimosamente no pude estar presente en aquel adiós lastimero de mi viejo porque, como siempre, estaba yo sumido en mis propios sufrimientos. Durante los actos religiosos ofrendados a mi inolvidable viejo, yo no pude estar presente. En primer lugar porque difícilmente un chamaco de mi edad, entendía todo ese movimiento espiritual dedicado a un cuerpo inerte, colocado en una caja rodeada de cirios y flores por todos lados.           En segundo lugar, porque permanecía incrustado entre esas cuatro paredes del cuarto hospitalario, hasta donde siempre iba a parar mi humanidad al sufrir los embates de siempre; pero todos ignoraban que mi mente prodigiosa que desde la eternidad poseí, denotaba todo cuanto sucedía a mí alrededor. Por eso sufrí enormemente la muerte de mi abuelito Raúl. No se me pudo otorgar el tan ansiado permiso, ya que, ataviado como estaba de mis corpúsculos sanguíneos extremadamente bajos, mis defensas sufrían una nueva embestida y la infección que poseía en ese momento, estaba minando todo mi ser. Salir de mi claustro en esas aciagas condiciones, era más que imprudente, una osadía. Edward se quedó conmigo los dos días que duraron los actos velatorios y el sepelio de mi viejecito adorado, mientras mi madre se estremecía del más intenso dolor que recibía. Nunca se imaginó mi Mercedes que eso que sentía era una nimiedad ante lo que sufriría por mí.                                     Mi abuelito, como verdadero y sagrado regalo hacia mí, hacía varias semanas que había enviado un dinero para cubrir lo que mi madre le había comunicado en una de sus entrevistas llevadas a cabo desde la distancia, gracias al modernismo de unos aparatos benditos. Y gracias a ello, en la caja de cartón de siempre, ella guardaba celosamente la medicación que había sido indicada para el nuevo ciclo de quimioterapia que me correspondería pronto. En aquella caja que una vez hubo contenido latas de fórmula láctea, estaba lo que mi madre consideraba nuestra última esperanza. La pobre nunca perdió eso que la mantenía aferrada a que existiera para mí, un mañana sagrado.           El arsenal que mi madre conservaba para mi tratamiento consistía en: 6- mercaptopurina, MTX en infusión, bicarbonato de sodio para mantener un pH urinario superior a 7,0 antes, durante y hasta cuarenta y ocho horas después de la infusión de dicho fármaco y Leucovorina. También había un buen número de frascos de solución salina, elementos necesarios para la dilución de dichos medicamentos. Y para rematar, no podía faltar lo más temido por mí, las gruesas agujas (aunque en realidad eran catéteres de pequeño calibre utilizados en pediatría), con las que sufría aquellos ataques despiadados que, involuntariamente y contrarios a lo que los bellos seres de blanco desean brindar con sus cuidados; me proferían constantemente para lograr administrar lo que fuera por mis venas.           Por primera vez desde que comencé a sentir todo aquel desastre que la enfermedad produjo en mí, llegué junto a mi mami al hospital sin que una urgencia nos indujera a ello. Fue precisamente un día antes del que estaba pautado para el inicio del nuevo ciclo del tratamiento. Siempre ingresaba, bien sea por una endemoniada calentura que tenía que ser estudiada para determinar su origen, que nunca fue otro que un proceso infeccioso, el cual era generalmente bacteriano, aunque en una que otra ocasión era algún hongo quien se apoderaba de mí para hacer de mi vida, el peor de los tormentos. En otras oportunidades, era porque mi sangre se desbocaba y quería dejarme exangüe. Fueron varios los motivos por los que ingresaba a aquel hospital pediátrico; pero lo más seguro de todo, era que no se desperdiciaba ocasión alguna para hacerme sufrir, ya que siempre era víctima de las agujas, bien para sacarme sangre, para introducirla o para exámenes que determinaban si seguirían sacando o metiendo sangre. Era esa la ensalada de locuras que mi enfermedad me producía. También me pinchaban para cumplirme los diversos tratamientos con antibióticos, antifúngicos, analgésicos o la detestable quimioterapia que tantos estragos hacían en mí.           Llegamos aproximadamente a las cinco de la tarde. Mi mami había dejado la casa bien asegurada, ya que la misma se quedaría sola por un tiempo no determinado. Mi abuela estaba viviendo una temporada en casa de Maritza, una de sus hermanas. El golpe asestado por la vida con el deceso de mi abuelo, además del que estaba sufriendo desde hacía ya unos años debido a mi enfermedad; ya habían hecho un severo daño en su atribulada humanidad. Mi abuelita había quedado medio aturdida desde entonces, ya no era la misma; parecía que estaba ausente, alejada del mundo de los mortales. Algo le pasaba a mi vieja. Sus hermanos consideraron prudente que pasara un tiempo en el campo, descansando un poco y pasando calmada y sin tapujos; aquel luto para el que nunca se sintió preparada.           En realidad nadie se prepara para un duelo de esa índole. Y mucho menos cuando en el caso de mis viejos, él se había alejado en busca de una mejor oportunidad y contrario a ello, lo único que logró fue; trastornar su organismo hasta llevarlo al colapso. Aparte de las secuelas de un accidente que hacía que cojeara al andar y una leve hipertensión arterial siempre controlada; él siempre fue un hombre sano. La terrible experiencia a la que necesariamente se vio obligado a vivir para ayudar a su familia, fue su condena a muerte. Lo que mi viejo hizo podría catalogarse como un martirio. Se martirizó aquel noble caballero; el insuperable sacrificio de un hombre que entregó hasta su vida por nuestro bienestar.           El hospital estaba atestado como siempre, aunque parecía que el bullicio que tantas veces había yo sentido, en esa ocasión era mayor. Habían sido habilitadas dos habitaciones para atender varios casos de niños con quemaduras en sus cuerpecitos. En virtud de que desde hacía mucho tiempo no se distribuía gas doméstico en la mayoría de los sectores populares, la gente no tenía otra alternativa que no fuera, cocinar utilizando fogatas alimentadas con leña. Eran pues dispuestas en los patios de las casas o en cualquier sitio en el que se pudiera encender un rudimentario fuego, los pedazos de madera para poder cocinar los alimentos. Recordé en ese instante con sobrada nostalgia, a aquellos niños que murieron horriblemente calcinados por la misma razón.           La mayor parte de los casos de ese tipo de accidente doméstico se producían, porque los seres inocentes no medían el peligro y, queriendo jugar, eran abrazados bien sea directamente por el fuego o porque sobre ellos, algún líquido demasiado caliente caía de manera accidental. Los alaridos escuchados provenían precisamente de esos muchachitos, cuyos cuerpos eran sometidos a las curaciones que les resultaban sumamente dolorosas. Aparte de ello, la totalidad de todos esos pacientes, eran poseídos por algún grado de desnutrición, lo que amainaba el esfuerzo de aquellos seres de contrarrestar los embates de los agentes infecciosos. Resultaba difícil enfrentar aquella enorme tragedia que se sucedía no sólo en el sitio donde yo habitaba junto a mi familia, sino en todo el territorio nacional. En las otras salas permanecían muchos niños, víctimas de los más variados procesos infecciosos como neumonías, infecciones urinarias, aunque la mayor parte de ellos; eran portadores de infecciones en la piel, mayormente sarna. Todo ello propiciado por la falta de agua.           La poca agua que había en los hogares, era porque, tras largas caminatas arrastrando cuanto recipiente se pudiera y luego de esperar pacientemente en largas filas, bajo el sol inclemente, eran llenados dichos recipientes con el vital líquido proveniente de una tubería de grandes dimensiones que traspasaba la ciudad, a las que les hacían perforaciones con esa finalidad. Esa poca agua era para la ingesta, para preparar comida y alguna que otra actividad apremiante. El aseo personal era dejado en otro plano. Eran pues mayormente los niños, sometidos a varios días sin bañarse y ellos, entre juegos y también cargando agua, se llenaban de ácaros y demás bichos que anidaban en sus pellejos de por sí ya desbaratados por la inclemencia de una vida tormentosa y del hambre.           La mayor parte de la población no recibía el preciado líquido, tal como es lo habitual, por tuberías. Por lo que tenían que almacenar la poca que conseguían luego de un enorme peregrinar bajo los inclementes rayos solares. Para ese propósito, utilizaban los más insospechados utensilios, como botellones, cubetas de cualquier tamaño y un sinnúmero de otros artefactos no aptos para ello, dejando de ese modo el vital líquido expuesto. De igual manera las aguas reposadas propiciaban el crecimiento desmedido de mosquitos y otros vectores que producían muchas enfermedades. Y por la presencia de esas enfermedades, en el hospital no cabía un alma más. Y lo peor era que mientras el centro asistencial permanecía que no cabía un alma más, los estantes de sus depósitos lucían vacíos. Era esa la realidad que colmaba los hospitales, en aquella tragedia humana de trazos mayúsculos que enfrentaba mi país. Los niños dedicaban sus tiempos al correteo incesante en busca de agua, en lugar de estudiar y jugar como Dios manda. Solamente unos pocos privilegiados podían comprar el agua a los camiones cisternas.           Pero otro grave problema se hacía sentir. Era algo inverosímil, difícil de creer, insospechado; una triste realidad devenida de lo escaso de algo que debería sobrar en un país en la cima de la exportación petrolera. Aquella perniciosa situación no era otra que el desabastecimiento de combustibles. La falta de gasolina y gasoil producían las terribles consecuencias que nosotros nunca pensamos ni remotamente que alguna vez ocurrirían. Enormes filas de vehículos en las estaciones de servicios para procurar asirse solo de un poco del inflamable líquido. Aunado a todo eso, y para hacer todo más tétrico, sucedía que, estando los estantes de los diversos comercios atestados de los más variados productos para la alimentación y el aseo personal, entre otros; no existía dinero suficiente, ni en efectivo ni de ninguna forma para adquirirlos. Lo poco que se podía ganar, se lo tragaba la inflación desmedida, la misma que ya no soportaba un prefijo más: híper, mega, lo que fuere.           Las pocas estaciones de servicios donde se expendía el combustible, eran resguardadas por el ejercito y se expendía un número limitado de litros por cada vehículo, no cada vez que fuese necesario sino; de acuerdo al numero terminal de la matricula, máximo dos veces a la semana. Y lo más grave de todo, a precios exorbitantes, internacionales. Eso acarreaba que los camiones que transportaban los alimentos, dejaran de hacerlo de la manera constante. Aquello se traducía en más desabastecimiento y más aceleración del índice inflacionario que ya había dejado a más de uno en la ruina, tanto económica como moral. Ya el pueblo no soportaba más el tamaño desmesurado de un desastre. Desastre que había atiborrado los hospitales de gente desnutrida en extremo, de personas que no tenían como costear los diversos tratamientos para sus patologías. Catástrofe que también había colmado los cementerios, con esa gente que no podían enfrentar la desgracia nacida en lo que alguna vez fue un país rico.            Ejemplo de ello significaban todos los niños que pernoctaban en aquel hospital. Sus padres no sabían qué hacer para tratar de que ellos saliesen airosos de las patologías que presentaban. No había nada con qué tratar de curarlos. No tenían qué darles de comer a sus hijos. El personal se sentía con las manos atadas. Sentía ese personal algo nunca antes sentido; algo denominado “Síndrome del Desgaste”, ese fenómeno, muy inusual anteriormente, hacía que el personal hospitalario, generalmente el personal médico y de enfermería, quienes son los que están más cerca de los pacientes; sufrieran el mismo dolor, la misma impotencia, la misma rabia que pasaban, no tanto los pacientes por ser ellos inocentes niños, como sí sus familiares.           Daba verdadero dolor, cuando los noveles profesionales sanitarios, quienes comenzaban su ejercicio profesional en esas condiciones nefastas en que estaba y aun está sumergido nuestro sistema de salud, se encontraban con tantas limitaciones para ejercer el sagrado apostolado para los que fueron preparados. A muchos de ellos, los padres y otros familiares de los pacientes, desesperados y colmados de impotencia; los culpaban de sus desgracias y hasta resultaban blancos de los ataques injustos de los mismos. Ya muchos se habían marchado a otros países, debido a que lo que ganaban no les alcanzaba siquiera para el detergente que usaban en mantener blancos sus uniformes; ni para los pasajes para dirigirse a realizar sus centros de trabajo. Aunque laboraban en su mayoría también en clínicas privadas, nada hacían con la miseria que obtenían como salario.           Mi amigo Jesús no pudo soportar el fantasma de la ausencia de lo más indispensable para la atención de los pacientes, amén de que los muchachitos estaban desnutridos en su mayoría. Mi amigo no soportó más los llantos de hambre que ellos proferían constantemente. No pudo más con el hecho de observar a un niño de escasos meses con un trozo de pan duro en su boca, que su madre colocaba allí, para tratar de que sus gritos de hambre se acallaran; porque ella tenía sus pechos secos debido a la gran desnutrición que también presentaba y en el hospital no había ni una gota de fórmula para alimentar a los niños. Se cansó de ver a esas pobres madres pasar hambre también. Se cansó de ver morir a diario a muchos infantes, que se pudieron salvar si hubiesen contado con los  medicamentos necesarios. Se cansó de tanta desidia, de tanta crueldad y tantos pesares contra un pueblo noble. Se cansó mi amigo de ver sufrir a la población más vulnerable, a los angelitos de Dios; a los niños.           Quiso renunciar mi amigo después de más de treinta y cinco años ininterrumpidos, dedicados a la más grande pasión de su vida, al ejercicio de la Enfermería; ya que solicitó su jubilación y la misma le fue negada por la dirección de la institución. Pero se apegó a la ley y aunque le fue negada una y otra vez, requirió nuevamente su merecida jubilación y por fin le fue concedida, luego ejercer una acción legal; ya que estaba establecido en una ley especial, que luego de cierta cantidad de años de servicio, es de obligatoriedad conceder la jubilación y no, potestad de ningún jefe. Fue tanto su desencanto y tanta la miseria que percibió, sabiendo que en nada podía ayudar más allá que con su vocación; que se decidió a ello, aunque su intención era continuar ejerciendo su arte durante el tiempo que le fuera posible. Nunca se iba a sentir cansado para ello.           Por otro lado, aquel caballero sentía otra tremenda decepción cuando, junto a su hijo, ejercía su otra pasión, el derecho penal. Las ocasiones en que les tocaba visitar a algún privado de libertad, estaba allí otro dantesco espectáculo por demás deprimente e indignante. Nunca iba a justificar una conducta desligada de las buenas costumbres, menos, un acto considerado contra la ley; pero en aquella disyuntiva producida en nuestra patria, el hambre, la desesperación y la impotencia de no poder suplir las necesidades de una familia; conllevaba a muchos a buscar en lo ajeno, la única alternativa para sobrevivir. Eran pues cometidos muchos desmanes en las propiedades privadas, sustraídos muchos elementos de las comunidades, que interrumpían su cabal funcionamiento, como era el caso de los materiales estratégicos, que dado su elevado costo; eran hurtados, traficados y comercializados a grandes mafias que utilizaban el hambre y la necesidad de la gente, para asirse de grandes sumas de dineros mal habidos. Y usaban a los más tontos como carne de cañón para que se dedicaran a hurtar dichos materiales. Esos tontos por supuesto, eran los que estaban tras las rejas.           Era evidente que el hampa siempre ha existido y siempre existirá, por más medidas en contra de ella que se tomen. Pero según los dictámenes de la criminología, la mayoría de esos jóvenes y no tan jóvenes que permanecían en aquellos antros a donde eran depositados, realmente no se trataba de delincuentes. Eran seres impulsados a la única alternativa que, tal vez por ignorancia, desespero o lo que fuere, creían más viable. Era un nuevo fenómeno, una gran cantidad de seres flagelados por el hambre, las enfermedades y la gran aglomeración humana en espacios por demás reducidos. En centros de reclusión que sólo tendrían que utilizarse por pocas horas que era lo que dictaminaba la ley. No se trataba de los centros carcelarios, eran comandancias en donde pernoctaban en muchas ocasiones, reos ya condenados. Esos depósitos de seres humanos se convertían en antros donde realmente se humillaba la dignidad humana. Existían enfermedades como la tuberculosis, sida, sarna y otras que colmaban de muchos más sinsabores los ya castigados seres. Pernoctaban en un mismo sitio, hombres, mujeres y adolescentes. Era una verdadera aberración lo que se estaba haciendo con la violación de las leyes; especialmente de la LOPNNA. Esa era otra cara de la moneda que existía y a la que había que prestarle atención también. Quien esté libre de pecados, que arroje la primera piedra, dijo nuestro señor en una ocasión, muy sabiamente.           En el hospital, a nuestra llegada, todo estaba colmado de la infausta podredumbre que tapizaba a todo un país. Allí estaba Matías, en la cama uno de la sala identificada con el mismo número. Matías hacía más o menos un mes, había ingresado con una lesión en su pierna derecha, un flemón, le decían los doctos en la materia. Era esa una infección de los tejidos blandos producida por alguna bacteria. Necesitaba el niño de seis años, una terapia con antibióticos. Ese fue el principio de una enorme odisea. Los familiares carecían de los recursos necesarios para costear dicho tratamiento como ocurría con muchos por no decir, con todos. Permaneció quince días en los que solamente ocupaba una cama ya que no podría decirse que recibía alimentación, ya que lo poco que recibía distaba de llamarse tal. Fue egresado sin recibir ninguna terapia. Quince días luego, regresaron nuevamente con el niño en unas condiciones paupérrimas. La infección había tomado el hueso de la pierna, la tibia para ser más preciso. Le fue diagnosticada una osteomielitis, grave infección ósea.  El pronóstico era reservado y la madre desesperada, no sabía que hacer ya que se había planteado hasta la amputación y aun así, una posible sepsis podría llevárselo de éste mundo. En todo caso, los recursos que Matías necesitaba no existían en el hospital y la madre definitivamente no podía costearlos. Era pues sellado un destino inocente que se vería truncado de manera irreversible. Era sólo cosa de días para que ocurriera lo inevitable.           Otro caso fue el de Miguel Ángel. El era un adolescente diabético diagnosticado desde que tenía dos años. En los primeros años de su enfermedad y hasta hacía poco, él llevaba una vida, como cualquier niño de su edad a pesar de las limitaciones obvias. Había aprendido a administrarse la insulina y lo había hecho durante varios años con sobrada maestría. Consumía una dieta especial y estudiaba y estaba enamorado incluso. Ya tenía catorce años. Pero desde hacía poco, luego del advenimiento de la tragedia en Venezuela y que tenía nombre y apellido, amen de una gran cantidad de cómplices, la insulina se convirtió en un artículo de lujo que sólo podría adquirirse en el exterior de la República y únicamente en dólares. Cosa que jamás iba a poder lograr la familia de  Miguel Ángel. Lo mismo ocurría con la especial dieta que tenía que recibir. En nuestro país no se comía lo que debería comerse sino lo que se conseguía o lo que podía comprarse con el poco dinero que pocos ganaban.           Yolanda por otra parte, era una niña con una insuficiencia renal crónica. Ella, al igual que muchos pacientes pediátricos y adultos, deberían recibir hemodiálisis tres veces por semana. Pero ocurría lo mismo, no había los recursos necesarios. Muchos se quedaban en el camino. Ella estaba presentando diversas complicaciones por la falta de la terapia necesaria. Estaba ubicada en la sala siete prácticamente a la deriva. Su cuerpo era minado por los elementos tóxicos que no podían ser eliminados por aquellos riñones incapaces de llevar a cabo sus funciones. Sus padres no se separaban de ella un instante. Si en una semana no se lograba realizar por lo menos una terapia de hemodiálisis, la muerte sería inevitable, como en efecto lo fue. Era una niña hermosa, inteligente y con muchos sueños. Los padres quedaron devastados a ver partir a su única hija.           Ocupamos nuevamente mi mami y yo, la sala nueve. En la sala ocho permanecía Patricia, ataviada de una fuerte hemorragia que había sido difícil contrarrestar, ya que los hemoderivados eran también una especie de lujo. Sus plaquetas seguían en un vertiginoso descenso. En la sala diez Fernando hacía un mes que estaba ingresado. Era un niño gordito de nueve años de edad, diagnosticado con leucemia mieloide desde los cuatro. La quimioterapia había dado excelentes resultados; pero al no poder continuarlas por las razones que ya eran comunes, las complicaciones ya habían hecho estragos en él. Estaba demasiado delicado. Su cuerpo constaba exageradamente edematizado. Ya no se movía, no hablaba, no hacía nada. Se esperaba su muerte de un momento a otro. Pero parecía que la agonía era eterna. Era un sufrimiento malvado que se extendía en el tiempo.           Patricia era una linda morena hija de docentes. Ya tenía siete años y desde los dos, constantemente era hospitalizada en aquel sitio. Cuando la niña ingresó por primera vez, a los pacientes con trastornos oncológicos de las diversas especies, los ingresaban en la sala de aislamiento general, tal como eran ingresados los niños con meningitis, coqueluche y cualquier otra patología infectocontagiosa. Durante su ejercicio como docente en una de las universidades donde se impartía la carrera de enfermería, mi amigo Jesús, preocupado por la permanencia de los pacientes oncológicos, en ese sitio donde incluso permanecían los medicamentos citostáticos en la nevera, junto con los alimentos de los niños; realizó conjuntamente con un grupo de alumnas, un trabajo de investigación donde quedó demostrado en primer lugar, que el aislamiento que necesitaban los pacientes con cáncer era de otro tipo, es decir, no deberían estar junto a los que padecían infecciones de ese tipo; y en segundo lugar, que los medicamentos citostáticos por lo delicado de su mecanismo de acción, deberían permanecer resguardados refrigerados sin que permanezcan en el mismo sitio, ni otros fármacos, ni agua para el consumo y mucho menos, alimentos. Desde entonces, fueron ubicados los pacientes con padecimientos oncológicos en un sitio apropiado para ellos.  
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