La luz de la mañana apenas se colaba por la ventana. No había dormido nada. Max seguía acostado a mis pies, como si supiera que no podía dejarme sola ni un segundo. Me quedé en la cama, abrazando la almohada, con los ojos secos de tanto llorar. Quería olvidarlo todo. A Alex. A su maldita sonrisa. Sus palabras duras que aún me ardían como cuchillas en la piel. Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe. —Ya basta de hacerte la víctima —escupió Verónica, entrando sin permiso como si esta casa también fuera suya—. Eres una hipócrita, Kira. Intentaste quitarme a Alex. Y ahora que él te botó, ¿te haces la pobre ilusionada? Me incorporé en la cama, confundida, pero con el corazón en llamas. —¿Qué dices? —murmuré. —Por favor… —soltó una carcajada amarga—. Te crees mejor que todas nosot

