Aarón
Era preciosa.
Esa mujer me encantaba. Me estaba fascinando cada segundo más y estaba logrando, que confiar en ella fuese muy fácil para mí.
No sabía si eso era bueno o malo, pero era un hecho, que así era... Permitiendo la redundancia.
Se había llevado las manos a su cabello y me cabalgaba como una amazona preciosa, con los puños cerrados sobre mechones de pelo rubio cenizo que combinaban con sus ojos azules, ahora cerrados por el climax de la pasión.
Cada movimiento arriba y abajo que hacía sobre mí, me obligaba a soltar gemidos guturales sin control. Estaba demasiado duro y no podía concentrarme en aliviarme porque ella parecía estar disfrutando de llevar el mando de nuestro encuentro s****l y yo me regocijaba en su placer.
Mis manos cerradas en sus pechos eran punteadas por aquellos pezones rozados que me rogaban que lamiera cada zona de ellos sin descanso.
Aferrado a su cintura, manteniendo el ritmo que ella me obligaba a seguir, estaba en la gloria y agradecía a Edmund 0or haberme casado con su nieta.
— ¡Besame en la boca! — especificaba ella como toda una experta en control s****l y no me pude resistir a esos labios entreabiertos que me lloraban porque los acariciara con los míos.
Me senté controlado por su demanda y luchando por mantener el ritmo, me impulsé con mis piernas hasta la esquina de la cama y ella gritó por lo profundo que me sintió después de aquel movimiento.
Tuve que apretar mis bolas para no correrme allí mismo.
Abrí mis piernas a cada lado de la esquina de la cama y cargando el peso de su cuerpo, con una de mis palmas abierta sobre el centro de sus nalgas y la otra apoyada en la cama para conseguir una buena presión, comencé a follarla como un loco, a ratos besándola cómo me había pedido y la mayor parte del tiempo mirando el punto exacto en que nuestros sexos se unían y sus gritos se descontrolaban.
Ella resbalaba sus muslos por encima de los míos para mantener la penetración profunda y yo, echando mi cabeza hacia atrás, empecé a empujar más duro, haciendo que el rebote fuera sonoro por los fluidos de su sexy coño.
— Joder Samantha, como me gusta — le gruñía con sinceridad.
No quería que aquello acabara nunca y cada penetración me ponía más cerca del orgasmo final.
Ella no podía ni responder. Solo lloriqueaba mi nombre entre gemidos y mordidas a sus labios exquisitos.
No pude seguir aguantando la postura y me levanté con ella encima, la pegué a una pared, abrí más mis piernas y colocando mis manos por debajo de sus rodillas, la abrí todavía más y me empecé a impulsar con todo lo que tenía dentro de ella.
La pude ver con los ojos cerrados, las manos en lo alto de su cabeza aferrándose a las paredes que tenía por sus costados y gritando obsenidades inentendibles, conseguir el orgasmo que tan rápido me hizo correr detrás a por el mío.
— Quiero que me lo vuelvas a hacer — pronunció ella, aún con la respiración escasa, la voz tomada y la garganta ronca de tantos gritos que dió, pero quería más... Era la perfección hecha mi esposa.
— Te pregunté una vez que cuántas veces al día querrías que te follara pero nunca pensé que sería más correcto preguntar, cuántas veces por minuto.
Los dos nos reímos como pudimos. Nuestros pechos se distendían con violencia por la agitación y cuando ya no pude más, salí de ella.
Se lanzó a la cama y se abrió de piernas y brazos, como una niña pequeña y sonrió.
— Estoy tan relajada Aarón muchas gracias — dijo riendo nuevamente y se dió la vuelta en la cama, dejando que su glorioso culo se pusiera en mi ángulo de visión... Era enloquecedor verla desnuda.
— Me alegro preciosa — le respondí dando una nalgada a su culo — ahora a la ducha que saldremos a cenar.
— ¿Otra vez para la calle? — me hizo un puchero precioso que adoré ver en su boca — ¿No podemos cenar aquí?
— No podemos no — contesté y la tomé del brazo tirando de su cuerpo para sacarla de la cama y darnos un baño juntos — quiero llevarte a bailar, y manosearte en la pista, luego follarte a lo bestia en esta misma cama y que salibes de placer en mi boca.
Sonriendo juguetona se lanzó a mis brazos finalmente y con ella cargada caminé, medio trotando hacia la ducha.
Me encantaba verla así de tranquila y suelta. Parecía una niña inocente, que solo quiere pasársela bien en sus juegos.
Los ojos azules le brillaban y tenía los labios hinchados y llenos de todas las mordidas que les dí, y los besos que también les dí.
Era la segunda vez que la bañaba. Solo que en esta ocasión, podía tocar a mi antojo su cuerpo sin que pareciera que me estaba conteniendo, cuando en realidad quería comérmela viva.
Cada vez que mis manos viajaban por su piel, rezaba una plegaria al cielo para que me diera más tiempo con ella, porque me parecía de otro mundo la sensación.
Sabía desde siempre que no podía enamorarme. Tampoco contaba con su belleza despampanante ni con su indómito carácter que me fascinaba, pero era un hecho que no podía enamorarme, porque si mis sospechas eran ciertas, ella me odiaría hasta lo más profundo de su ser el día que supiera lo que yo sabía.
Ese fue mi primer fallo en esta historia... Creer que no me iba a enamorar.
Estaba mirando su boca, ella enjabonando mis hombros y mis manos lavando su pelo, cuando supe que estaba perdido en ella, en sensaciones que solo podían crecer y que me convertirían en un loco enamorado.
No me pude resistir y la besé. Metí mi lengua en su boca para acallar las voces que me gritaban lo mucho que la quería, en mi cabeza. Voces que pretendían volverme loco con esa afirmación.
— Me gustas mucho Aarón Stanley y no deberías — comentó ella, más para si misma que para mí, con sus labios pegados a los míos, rozando sus yemas por mis pómulos.
— No más de lo que me gustas tú a mí, y no menos de lo que yo debería Samantha....creo que ambos estamos condenados al mismo fuego eterno.
La diosa que tenía por esposa, se puso un vestido cortísimo n***o, con mangas discretas y un cinturón de vinil del mismo color bajo sus ricos pechos, haciendo que la maldita tela suelta por debajo, ínfimamente de sus nalgas, no le cubriera casi nada y me hiciera sentir celoso solo de pensar lo que otros quisieran hacerle a mi mujer.
Tacones infinitos sostenían su cuerpo y ni así, mi pequeña esposa llegaba a mi altura. Un beneficio más de tenerla a mi lado, podía mirar sus tetas desde arriba siempre.
— Todavía nadie te ha mirado y ya siento instintos asesinos aflorando en mi interior — le dije al oído mientras Lorenzo nos llevaba a cenar al restaurant de un amigo italiano que tenía en la ciudad.
— Cuando quieras matar a alguien — me respondió tomando mi barbilla y acercándome a su boca — mátame las ganas que tengo de que me lo hagas otra vez. Sin parar y sin dejar que me recupere para volver a empezar.
Mi polla y yo, gruñimos al unísono, cada cual a su manera.
— ¡Samantha! — alargué la última a en advertecia para ella.