Que pasa

3069 Palabras
Aarón Era preciosa. Esa mujer me encantaba. Me estaba fascinando cada segundo más y estaba logrando, que confiar en ella fuese muy fácil para mí. No sabía si eso era bueno o malo, pero era un hecho, que así era... Permitiendo la redundancia. Se había llevado las manos a su cabello y me cabalgaba como una amazona preciosa, con los puños cerrados sobre mechones de pelo rubio cenizo que combinaban con sus ojos azules, ahora cerrados por el climax de la pasión. Cada movimiento arriba y abajo que hacía sobre mí, me obligaba a soltar gemidos guturales sin control. Estaba demasiado duro y no podía concentrarme en aliviarme porque ella parecía estar disfrutando de llevar el mando de nuestro encuentro s****l y yo me regocijaba en su placer. Mis manos cerradas en sus pechos eran punteadas por aquellos pezones rozados que me rogaban que lamiera cada zona de ellos sin descanso. Aferrado a su cintura, manteniendo el ritmo que ella me obligaba a seguir, estaba en la gloria y agradecía a Edmund 0or haberme casado con su nieta. — ¡Besame en la boca! — especificaba ella como toda una experta en control s****l y no me pude resistir a esos labios entreabiertos que me lloraban porque los acariciara con los míos. Me senté controlado por su demanda y luchando por mantener el ritmo, me impulsé con mis piernas hasta la esquina de la cama y ella gritó por lo profundo que me sintió después de aquel movimiento. Tuve que apretar mis bolas para no correrme allí mismo. Abrí mis piernas a cada lado de la esquina de la cama y cargando el peso de su cuerpo, con una de mis palmas abierta sobre el centro de sus nalgas y la otra apoyada en la cama para conseguir una buena presión, comencé a follarla como un loco, a ratos besándola cómo me había pedido y la mayor parte del tiempo mirando el punto exacto en que nuestros sexos se unían y sus gritos se descontrolaban. Ella resbalaba sus muslos por encima de los míos para mantener la penetración profunda y yo, echando mi cabeza hacia atrás, empecé a empujar más duro, haciendo que el rebote fuera sonoro por los fluidos de su sexy coño. — Joder Samantha, como me gusta — le gruñía con sinceridad. No quería que aquello acabara nunca y cada penetración me ponía más cerca del orgasmo final. Ella no podía ni responder. Solo lloriqueaba mi nombre entre gemidos y mordidas a sus labios exquisitos. No pude seguir aguantando la postura y me levanté con ella encima, la pegué a una pared, abrí más mis piernas y colocando mis manos por debajo de sus rodillas, la abrí todavía más y me empecé a impulsar con todo lo que tenía dentro de ella. La pude ver con los ojos cerrados, las manos en lo alto de su cabeza aferrándose a las paredes que tenía por sus costados y gritando obsenidades inentendibles, conseguir el orgasmo que tan rápido me hizo correr detrás a por el mío. — Quiero que me lo vuelvas a hacer — pronunció ella, aún con la respiración escasa, la voz tomada y la garganta ronca de tantos gritos que dió, pero quería más... Era la perfección hecha mi esposa. — Te pregunté una vez que cuántas veces al día querrías que te follara pero nunca pensé que sería más correcto preguntar, cuántas veces por minuto. Los dos nos reímos como pudimos. Nuestros pechos se distendían con violencia por la agitación y cuando ya no pude más, salí de ella. Se lanzó a la cama y se abrió de piernas y brazos, como una niña pequeña y sonrió. — Estoy tan relajada Aarón muchas gracias — dijo riendo nuevamente y se dió la vuelta en la cama, dejando que su glorioso culo se pusiera en mi ángulo de visión... Era enloquecedor verla desnuda. — Me alegro preciosa — le respondí dando una nalgada a su culo — ahora a la ducha que saldremos a cenar. — ¿Otra vez para la calle? — me hizo un puchero precioso que adoré ver en su boca — ¿No podemos cenar aquí? — No podemos no — contesté y la tomé del brazo tirando de su cuerpo para sacarla de la cama y darnos un baño juntos — quiero llevarte a bailar, y manosearte en la pista, luego follarte a lo bestia en esta misma cama y que salibes de placer en mi boca. Sonriendo juguetona se lanzó a mis brazos finalmente y con ella cargada caminé, medio trotando hacia la ducha. Me encantaba verla así de tranquila y suelta. Parecía una niña inocente, que solo quiere pasársela bien en sus juegos. Los ojos azules le brillaban y tenía los labios hinchados y llenos de todas las mordidas que les dí, y los besos que también les dí. Era la segunda vez que la bañaba. Solo que en esta ocasión, podía tocar a mi antojo su cuerpo sin que pareciera que me estaba conteniendo, cuando en realidad quería comérmela viva. Cada vez que mis manos viajaban por su piel, rezaba una plegaria al cielo para que me diera más tiempo con ella, porque me parecía de otro mundo la sensación. Sabía desde siempre que no podía enamorarme. Tampoco contaba con su belleza despampanante ni con su indómito carácter que me fascinaba, pero era un hecho que no podía enamorarme, porque si mis sospechas eran ciertas, ella me odiaría hasta lo más profundo de su ser el día que supiera lo que yo sabía. Ese fue mi primer fallo en esta historia... Creer que no me iba a enamorar. Estaba mirando su boca, ella enjabonando mis hombros y mis manos lavando su pelo, cuando supe que estaba perdido en ella, en sensaciones que solo podían crecer y que me convertirían en un loco enamorado. No me pude resistir y la besé. Metí mi lengua en su boca para acallar las voces que me gritaban lo mucho que la quería, en mi cabeza. Voces que pretendían volverme loco con esa afirmación. — Me gustas mucho Aarón Stanley y no deberías — comentó ella, más para si misma que para mí, con sus labios pegados a los míos, rozando sus yemas por mis pómulos. — No más de lo que me gustas tú a mí, y no menos de lo que yo debería Samantha....creo que ambos estamos condenados al mismo fuego eterno. La diosa que tenía por esposa, se puso un vestido cortísimo n***o, con mangas discretas y un cinturón de vinil del mismo color bajo sus ricos pechos, haciendo que la maldita tela suelta por debajo, ínfimamente de sus nalgas, no le cubriera casi nada y me hiciera sentir celoso solo de pensar lo que otros quisieran hacerle a mi mujer. Tacones infinitos sostenían su cuerpo y ni así, mi pequeña esposa llegaba a mi altura. Un beneficio más de tenerla a mi lado, podía mirar sus tetas desde arriba siempre. — Todavía nadie te ha mirado y ya siento instintos asesinos aflorando en mi interior — le dije al oído mientras Lorenzo nos llevaba a cenar al restaurant de un amigo italiano que tenía en la ciudad. — Cuando quieras matar a alguien — me respondió tomando mi barbilla y acercándome a su boca — mátame las ganas que tengo de que me lo hagas otra vez. Sin parar y sin dejar que me recupere para volver a empezar. Mi polla y yo, gruñimos al unísono, cada cual a su manera. — ¡Samantha! — alargué la última a en advertecia para ella. Estaba provocándome demasiado y no quería que todos nuestros momentos juntos fueran follando, pero ella con sus arranques de pasión me lo ponía muy difícil. Muchas veces me había preguntado cuánto tiempo estaríamos casados y siempre le decía que no lo sabía, porque en realidad no lo sabía. La idea original era venir a comprobar desde dentro y con todo el poder que Edmund me había dado, quien demonios lo había intentado matar con el envenenamiento, y ya luego, si era cierto que mi esposa, había vaciado la cuenta de su gemelo difunto para dárselo a su exnovio Allan... Aunque me pareció ver, que muy bien no se llevaban. Lo que supondría, que quizás ella lo hubiese hecho bajo coacción, pero el resultado era el mismo. El problema era, que ahora yo, que había venido a arruinar a los malditos Morrison y meter a Samantha a la cárcel para poder quedarme con su fortuna, cosa que le debían a mí familia, estaba perdiendo la cabeza por esa mujer, y queriendo solamente demostrar su inocencia y que se enamorara de mí, como yo lo estaba haciendo de ella en tiempo récord. Maldito destino caprichoso. Ella se había calmado en el asiento a mi lado y miraba tranquilamente por su ventanilla, la hermosa noche californiana, mientras yo seguía perdido en el tono de su piel, el calor de cuerpo y la belleza de todo su ser. Llegamos sin que me fuera ni cuenta al restaurant de Pietro, mi amigo italiano. En el Pietro's había que reservar pero los Vips no necesitaban de esa formalidad. Solté mi cinturón y ella hizo lo mismo pero, cuando me abroché el botón central de mi traje para bajar del coche, ella, viendo como Lorenzo le abría la puerta, se inclinó hacia mí, colocando su mano en mi muslo sobre la parte superior casi tocando mi m*****o, y dijo... — Recuerda que estoy sin bragas, siempre que sientas que me desean, piensa que yo solo deseo que me toques dónde y cuando quieras. La muy cabrona bajó del coche, después de darme un lametazo en mi oreja y se dejó guiar por Lorenzo hasta la alfombra roja que había en la entrada. Tiré de mala manera la puerta de mi coche y me acerqué a ella, que ya se robaba más de una mirada con aquel maldito vestido y se cubría el rostro divertida, con su bolso n***o de noche. — Voy a follarte a cuatro patas cuando regresemos — amenacé en su oído, poniendo mi mano en su estrecha cintura, dando antes un tirón a su vestido a ver si conseguía que bajara de las puntas de sus nalgas desnudas. Ella me terminaría matando. Le encantó la cena. Mi amigo era un excelente chef y había cocinado para nosotros sin problemas. Él y su mujer, que había venido para salir con nosotros, hicieron muy buenas migas con Samantha. Aceptar que mis amigos se convirtieran en los de ella, era un paso que nunca antes pensé dar, pero que ahora se sentía bien y me gustaba la sensación de sentirlo todo, mucho más que un acuerdo por contrato. Al final de nuestra cena, había venido Fiorella junto a su marido y habíamos tenido una plática muy agradable. Él dejaba el restaurant en manos de su encargado y se iban con nosotros hasta un bar de moda a bailar un poco. — Me caen bien tus amigos — comentó la mujer que me estaba enloqueciendo con ese cuerpo envuelto en tan poca tela — ¿Por qué no vinieron a la boda? Ella sola se dió cuenta de lo desafortunado del comentario y se excusó, acotando que no hacía falta que contestara, que aquello no venía al cuento y mejor ignorar ese lapsus para seguir pasando una linda noche. Comentó, para calmar los ánimos supongo, que hacía muchísimo tiempo no la pasaba tan a gusto con un hombre y esa sola frase, me devolvió al estado de lujuria, pasión y embeleso en el que ella me tenía sin siquiera proponérselo. Verla bailar con Fiorella, como dos amigas normales, era un maldito reto que estaba cumpliendo pues su hermosura me tenía loco. — Estás enamorado como un idiota Aarón — comentaba mi amigo con acento italiano — ni siquiera lo disimulas. — Me tiene enfermo Pietro, enloquecido, la deseo todo el tiempo y adoro cada maldita cosa que hace. Mi sinceridad fue algo que nos sorprendió a los dos. Él no sabía de mis planes y para su información, simplemente me enamoré como un demente y me casé meteóricamente, pero lo que le había dicho, no era parte del plan. Lo que le había dicho era la cruda verdad. Aarón Stanley, estaba enamorado como un psicópata de Samantha Morrison, el objeto de mi venganza, de mis intereses y de mi locura. Todo se había ido al demonio cuando sus ojos azules conectaron con los míos. Había venido destinado a odiarla y ella a mí también tenía que odiarme, pero cuando el amor te encierra entre sus garrotes, no hay como escapar de esa cárcel. — Me duele la polla solo de verte moviéndote así y no poder hundirme dentro de tí — susurré en su oído, mientras cerraba mi mano en su abdómen y la otra apretaba su cadera por delante. — Te estás reprimiendo porque quieres — recostó su cabeza en mi hombro y habló en mi oído — fóllame aqui mismo, en una esquina oscura, nadie puede vernos y tus amigos están bailando lejos. Ella me tenía loco. Me pedía que la hiciera mía en todas partes y eso, era uno de mis mayores placeres y jamás encontré a una mujer que fuera tan ardiente como yo. No contesté. No podía. Me ardía la garganta del deseo. Presioné mi erección en su culo y la fuí empujando hacia una esquina del bar, que como estaba atestado de gente, no se podía ni respirar allí. Justo detrás de la banqueta al final de la barra, me detuve y le coloqué las manos sobre el asiento, dejando que una de las mías entrara entre sus piernas, tocando su humedad. — ¡Ahhh, dios Aarón sigue!... — ¡Shhh! Cállate Samantha! — le exigí, corriendo por entre sus pliegues húmedos con mis dedos. Tuve que girarla hacia mí, para mantener el silencio en su boca, pues no paraba de jadear. La subí a la banqueta y justo así, entre la oscuridad del lugar y la poca tela que su vestido proporcionaba, la penetré despacio y torturadoramente. Ella se apoyaba en la base de la banqueta para empujarse con sus pies contra mí, pero yo necesitaba ir lento o gritaría allí mismo. Por algún motivo divino, las luces se apagaron durante unos minutos, tiempo que aproveché para rodear mis caderas con sus piernas y besándola furioso me la follé rápido y con violencia. Me tragué su orgasmo entre sus dientes, porque me mordido los labios cuando sintió que me encajé hasta su final, pero aquel polvo rápido, fue uno de los mejores momentos que pasé con ella... Siendo solamente, Aarón y Samantha. Llegamos a la habitación, y ella iba sobre mi cuerpo, dormida en mis brazos. Finalmente, tanto alcohol y tanto baile, la hicieron agotarse demasiado y se rindió en mis brazos. Acosté su cuerpo exquisito y por fin, pude deshacerme del vestido infernal que me torturó toda la noche, dejándola desnuda bajo las sábanas y sobre mi cuerpo. En la mañana me regocijaba con un café y el diario en mis manos, viendo desde una esquina de la habitación, como mi preciosa esposa se despertaba, desnuda y gloriosa, dejándome rememorar con su letargo, las muchas veces que su respiración bañó la piel de mi pecho, durante toda la noche. Había pasado más horas de las que me gustaría aceptar, viéndola dormir. Esa mujer me estaba volviendo loco y hasta me había descubierto a mi mismo, oliendo su pelo en las noches. Esa mañana en particular estaba arrebatadora. Un vestido amarillo mostaza, pegado a sus curvas, haciendo un nudo de tela sobre su muslo izquierdo, dejando a la vista sus hombros delgados y espléndidos y resaltando el cenizo de su pelo, combinado a su labial crema, daban ganas de comersela. Saliendo después de desayunar de la habitación, ella recibió una llamada que rechazó y sabía que era de Coleen, pues ví su maldita cara en la pantalla. El botones dejó nuestro poco equipaje en el coche y tomados de la mano, gesto que tanto me gustaba con ella, cancelamos nuestra estancia en recepción y nos dirigimos hacia Lorenzo que esperaba con la puerta abierta para mí preciosa esposa. — ¿Estás lista? — pregunté, en las cercanías de nuestro destino. — Nunca estaré lista para esto, pero no tengo más opción — dijo melancólica — solo no me sueltes la mano, ¿Si? Asentí y me llevé sus dedos a mis labios, dándoles todo mi cariño. Un rato de silencio más adelante, las grandes verjas de la propiedad en su entrada principal de manifestaron ante nosotros y ella suspiró trémula entre mis brazos, que la apretaron cuando mi boca tomó su frente y mis ojos conectaron con los suyos, dándoles todo mi apoyo. Se abrieron las puertas y entramos despacio, avanzando por la calle, viendo como toda la familia esperaba al final de la fuente que había justo en medio de la puerta principal de la casa que ahorq sería nuestra. Cuando Lorenzo se detuvo, del otro lado de los familiares de mi mujer, pude ver la cara cínica de algunos, esperando que bajaramos. — ¿Que está pasando Aarón? Su pregunta era como la misma que me estaba haciendo yo, solo que a mí me daba igual que estaba pasando y me daban igual, cada uno de ellos. — Espera a qué te abra la puerta — dije besando su pelo y dejando su mano en el asiento — no te bajes Lorenzo, yo lo haré. El chófer asintió, y me dí el último vistazo al traje, abotoné el blaisser y abrí mi puerta para bajar con un solo impulso. Ni siquiera los miré, simplemente avancé hasta la puerta de mi mujer y la abrí, ofreciéndole mi mano para que bajara. Sacó sus perfectas piernas del coche, y cuando se irguió, delante de mí, sentimos unos aplausos que no sé a cuento de qué venían, por parte de toda la familia. Ambos mirábamos la escena sin entender que demonios pasaba allí, hasta que, como por instinto de supervivencia, pude ver desde la distancia como en el techo del bungalow de Samantha, una persona sobresalía como de entre un mal hecho escondite. No sabría asegurar el qué, pero algo me hizo mirarme el pecho y ví, un pequeño círculo rojo de rifle con mira telescópica que apuntaba a matar... Lo siguiente que escuché fue el disparo.
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