Capitulo 12

2341 Palabras
Estaba un poco histérica, sinceramente. Me había recostado contra la mesa presidencial, con los brazos cruzados bajo mi pecho y limpie derecho daba pequeños golpesitos nerviosos en el suelo, como muestra de un intento fallido de control nervioso. Una de mis manos acunó mi rostro y sentía por detrás de mí, como mis padres hablaban con Caleb sobre lo sucedido y el deplorable comportamiento de su hermano, con el que mi primo prometió hablar en cuanto volviera a casa. Ni siquiera nos había dado tiempo a decirles que él, era el nuevo CEO de las empresas y que no era tan así como lo planteaban, que Aarón y yo gobernariamos el bendito imperio a espaldas de todo. Otro integrante de la familia haría los movimientos, y eso, debía ser razón suficiente de confianza para todos. — Tranquila muñeca — me consolaba mi marido, poniendo sus brazos en mis hombros y cruzando las manos detrás de mi cuello, con sus firmes piernas abiertas delante de mi cuerpo — si nadie sabe apreciar tu sacrificio, no tiene porqué darles explicaciones que no merecen. Besó mi frente y alcé mi vista hacia él, escuchando a los demás hablar detrás nuestro. — ¿Por qué son así Aarón? — susurraba alicaída — si tengo una relación amorosa contigo, estoy en todo mi derecho — el asintió y beso mi nariz por la punta — estamos casados, nos gustamosny eso no tiene que ver con el dinero. Testamentariamente soy tan dueña del patrimonio como tú, no hace falta que finja que me gustas para obtener lo que el abuelo me ha heredado, simplemente me gustas, nos deseamos y estamos en todo nuestro derecho de hacer, dentro de nuestra relación lo que nos apetezca... ¿Por qué me tratan así? ¿ Qué les he hecho para que me humilles de esa forma. — Basta Samantha — la voz de mi padre me llegó por detrás y me refugié en el abrazo de mi marido, que me giró para ponerme de frente a mí padre, pero sin salir del abrigo de sus brazos — no dejes que te influyan las malas actitudes de los demás — mi madre asentía y Caleb llamaba para que vinieran a recoger el desastre que habíamos hecho allí, al servicio de limpieza. — Es que no lo entiendo papá — otro beso llegó a mi cuello y me sentía tan reconfortada, que abracé los brazos de Aarón con los míos — me he casado para que ellos conserven su estatus de vida. Yo no tenía porqué hacerlo si soy junto a Bia, la única que tiene un negocio del que vivir ajeno al apellido Morrison. Podía haber rechazado este acuerdo y que me sienta a gusto con Aaron y nos estemos dando uno oportunidad no cambia el hecho, de que me he sacrificado por todos. ¿Cómo pueden juzgarme y no verlo?... Es que no lo entiendo. — Sammy — me dijo Caleb — toda esta familia está podrida por la manera en que siempre se ha llevado todo, viven en función del dinero y no saben pensar en nada más. No sé lo tengas en cuenta a mi hermano. Hablaré con él. — Pues dile que si vuelvo a escuchar algo como eso hacia mi esposa — exigía Aarón caminando hacia mi primo y poniendo una mano en su hombro — los echo de la propiedad a todos y a ver, en cuántos burdeles tienen que pedir trabajo para pagarse lo que mi mujer y yo, les pagaremos por hacer nada. Las palabras de Aarón parecían más duras de lo que deberían, pero las agradecía en secreto. Me habían hecho sentir como una prostituta cara y eso, no salía de mi mente en tres conversaciones alentadoras de mis seres más queridos. Aarón y Caleb, de fueron afuera a hablar y mi madre me ofreció un vaso de agua que acepté intentando sonreír agradecida. — ¿En serio te vas a mudar a la casa grande? — preguntaba mi padre. Arrastré una silla y me senté, viendo como ellos hacían lo mismo y la señora de la limpieza entraba con un carrito a limpiar todo, pidiendo el correspondiente permiso. — Fue algo que me salió en el momento papá pero ya no voy a echarme atrás — bebí un poco más de mi agua y dejé el vaso sobre la mesa, acomodando mi pelo que estaba sobre mi cuello sudado por la tensión que tenía — lo he estado pasando mal las noches que dormí en mi casa y este tiempo en el hotel, he dormido genial. — ¿No serán los brazos de tu marido nena? — comentaba mi madre guiñando un ojo, a lo que mi padre me echó una mirada reprobatoria. — ¡Mamá...! — le recriminé negando con mi cabeza — los brazos de Aarón no tienen que ver. Es simplemente que la noche en que encontré al abuelo en el borde de mi piscina se repite en mi mente más de lo que me gustaría. — ¿No deberíamos llevarla a un terapeuta Emerson? — le decía ella a mí padre, ignorando mi presencia y mi edad. — Creo que sí Sonia, mañana mismo pedimos cita — contestaba mi padre, sacando el móvil de su bolsillo para contestar una llada entrante. Era mi tío Manu, que quería hablar con él, de todo lo sucedido en la corta e inexistente reunión que habíamos tenido momentos antes. El también salió fuera dejándome sola con mi madre. — No voy a ir a ningún psicólogo mamá. — Claro que no nena — suspiré más tranquila — mejor es un psiquiatra. — ¿Cómo?... No mamá — me levanté un poco molesta, visiblemente — no soy una niña. No quiero hablar con nadie de lo de mi abuelo. Se me va a pasar. Sobre todo ahora que me iré a la casa grande. La señora seguía en su labor y casi estaba acabando. Estaba asombrada de su profesionalismo para desempeñar su trabajo en tiempo récord y de manera correcta. — ¿Han hablado ya de cuánto tiempo estarán casados Samantha?... Me ví en la penosa necesidad de negar a su pregunta, mostrando mi desasosiego a ese respecto. Me había faltado tiempo para retozar en la cama con Aaron, pero algo tan importante como eso, simplemente lo apartaba de mis prioridades. — Olvida lo que pasó Samantha, no le des una importancia que no tiene — exigía con cuidado Aarón mientras íbamos hacia el hotel nuevamente. — ¿Cuánto tiempo estaremos casados Aarón?... Solté aquello de golpe, porque desde que mi madre lo había mencionado, no conseguía dejar de pensar en la respuesta a eso. Él suspiró. Se recostó contra el respaldo del asiento con fuerza y cerrando los ojos, se acarició el puente de su nariz perfecta antes de responder. — No sé que responder a eso — a veces su sinceridad me abrumaba. — No me sirve de nada eso — contesté agotada y apoyé mi codo en el espacio correspondiente de la puerta del coche, descansando mi mejilla en mi mano — cada minuto que pasa siento que hay demasiado sucediendo en mi vida y que no tengo el control de nada. Es agotador y lo peor, es que no encuentro un solo minuto de paz. Él no contestó, simplemente sacó su teléfono y tecleó algún número, al tiempo que yo dejaba que me entrara aire del exterior, bajando la ventanilla y esperando que se despejara mi colapsada mente. El resto del viaje lo hicimos en silencio. A ratos su mano jugaba con mi pelo suelto y como no obtenía respuestas mías, dejaba de intentar llamar mi atención. Se había hecho costumbre suya, el caminar tomado de mi mano por todos los sitios. Así nos dirigimos al ascensor, una vez llegados al hotel y habiendo despedido a Lorenzo que últimamente, tenía más trabajo conmigo que de costumbre. Más silencio después, entramos a la habitación y lo primero que me encontré fue una mesa de masajes y una pequeña al lado, con los aceites. — ¿Y esto?¿Has pedido un masaje? — señalé, pasando por delante de los implementos y sacando mi tacón derecho por la punta, dejándolo en una esquina del suelo, repitiendo el mismo procedimiento con el otro. — Prométeme que vas a hacer eso todas las veces que vuelvas a casa — comentaba Aarón haciéndome voltear a ver cómo me señalaba las piernas , mirándome embobado mientras sacaba su traje de su fornido cuerpo, dejando el saco sobre uno de los sofás y continuando con su corbata, la camisa y justo, cuando lo ví soltar el botón de su pantalón comenté — ¿ Que haces? — Voy a darte el mejor masaje de tu vida muñeca. Estás muy tensa y quiero relajarte un poco. — ¿Has pedido todo esto para darme un masaje tú mismo? — el asintió sonriente, sacando su ropa finalmente y dejando un reguero por el suelo. — Quítate la ropa y déjame relajarte — comentó alzando las dos cejas y dando un golpe suave a la cama de masajes. Ladeé el rostro y sensualmente comencé a soltar el lazo de mi vestido, que era el único cierre que tenía. Su vista vagó por mi cuerpo y se mordió los labios, encorvando su cuerpo hacia atrás abriendo las manos al cielo, juguetón. — Me fascina el cuerpo que tiene mi esposa. Saqué mi sostén lentamente y me tomó de una muñeca acercándome hasta él, haciendo que aterrizara en su pecho. Pasó sus manos por mis caderas, bajó hasta las puntas de mis nalgas y las apretó finalmente, antes de meter sus manos en los elásticos de mi tanga, justo en el medio de mi culo y comenzó deslizarla hacia abajo, rozando mi sexo con sus dedos y finalmente, después de hacerme gemir y mojar, empezó a bajarlas sobre mis lados hacia mis pies, besando mi abdómen por el camino. Me aferré a su pelo y mordió mi pubis, dejando el tanga en el suelo y subiendo por mis piernas con sus palmas abiertas sobre mi piel. — Acuéstate pronto o no respondo — pronunció ronco y saqué mis pies de la tela enroscada en el suelo, sentí una nalgada suya y me subí a la mesa, colocando mi cara en el hueco que había en la zona norte del mueble para masajes. Sentí el sonido de un mechero y cuando el aroma a sándalo, inundó mis fosas nasales supe que había encendido un incienso. Un líquido viscoso cayó en mis hombros y continuó por el centro de mi espalda hasta los bordes de mis nalgas, llegando a mis muslos y piernas. Olía a coco. Dejé que mis manos cayeran relajadas por los lados de mi cuerpo y suspiré cuando sentí su aliento en mi oído y sus manos regando el producto por el camino entre mis hombros — relájate y disfruta, y no te cortes si tienes que gemir. Te daré mucho placer. Solamente el tono de su voz era erótico. Ya sus manos y la forma de masajearme eran el fin de mi autocontrol. Hacia presión en mis omóplatos y subiendo por ellos hasta la redondez de mis hombros, hundiendo los pulgares en todo el proceso contra mi piel. Era imposible no gemir de gusto. Él no hablaba, solo masajeaba como un experto y yo sabía hacerle notar mi aprobación con los sonidos machacados que soltaba mi garganta por el disfrute de su técnica. Sus manos, bajaban a ratos por mis costados, rozando mis pechos apretados que sobresalían por mis bordes y sus pulgares volvían a hacer magia en mi espalda alta. Una vez que su masaje llegó a mis muslos, me sentí muy excitada. Me abrió un poco las piernas y hacía presión con las dos manos en cada muslo por vez, mientras que sin querer o queriendo, no lo tenía claro, lograba rozar mi centro con sus dedos. Sabía que si se acercaba a mí entrepierna podría oler mi excitación porque sus manos en mi piel eran un afrodisíaco potente contra mis sentidos. Así bajó hasta mis rodillas, siguió por mis piernas y ya, cuando había deshecho los nudos por estrés en mis articulaciones, pasó a gritar mis pies con su misma técnica. Flexionó mi rodilla derecha y arrastró con fuerza sus dedos por la planta de mi pie, llegando al puente bajo mis dedos y masajeando esa zona con pericia. Yo llegados a ese momento, solo podía aferrarme a la cama y darme golpes moderados con la frente en el material duro que me acogia, porque mi cuerpo pedía un buen polvo suyo ya. No más masajes y mucha penetración era todo por lo que gritaba ahora. Cuando pasó al otro pie, misma técnica e igual resultado, algo cambió en su desempeño y a mi me hizo perder la razón al completo... Se dedicó a chuparme los dedos de los pies, masajeandolos con su lengua. — ¡Oh por dios Aarón hazme el amor, no aguanto más! Yo misma me giré, soltando mi pie de entre sus manos y me senté, viendo como su erección no podía disimularse ni a un ciego. — Ven aquí — me tomó de la cintura y me puso en la esquina de la cama, alzó mi cuerpo y me llevó hasta la king que teníamos en la habitación — dime qué quieres que te haga primero muñeca y lo tendrás. Se había acomodado sobre mí, ya sin boxer y sentir su masculinidad sobando mi entrepierna de manera natural, me puso a mil más de lo que ya estaba. Subí mis piernas a su cintura y le hice una fuerza enorme, dado el peso de su cuerpo para darnos la vuelta en la cama. Cuando por fin logré lo que quería, resultó que en el proceso me empalé en su m*****o y los dos gritamos juntos. Me quedé quieta sobre él, apoyando mis manos en su pecho agitado sintiendo las suyas apretar mis caderas. — Ahora fóllame hasta dejarme ronca de tanto gritar...
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