—Recluso, ¿te has calmado? ¿Podemos sacarte de la silla de sujeción? —preguntó la oficial penitenciaria en la prisión del condado de Miami Dade.
La cárcel era una pocilga; se estaba cayendo a pedazos. Era una prisión de "primera generación" lo que significaba que las puertas de las celdas se cierran y los treinta presos tras las rejas intentan no matarse mientras se amontonan unos sobre otros. Los oficiales penitenciarios deseaban a los reclusos la mejor de las suertes, pero no iban a entrar en la celda para disolver cada riña. De hecho, sería imposible, ya que los internos se peleaban todo el día. Líderes de pandillas, traficantes de drogas y criminales endurecidos luchaban para ver quién era el más fuerte. Cada semana, alguien era apuñalado.
Este mundo estaba muy lejos de los pasillos de los hospitales a los que John estaba acostumbrado. Era un mundo de depredadores y presas.
—Recluso, ¿me escuchaste? ¿Ya te calmaste?
—Sí, señora —dijo John, quien estaba esposado a una silla de sujeción y encapuchado con una mascarilla antiescupitajos para proteger a los oficiales—. No me resistiré ni causaré ningún problema.
Las funcionarias penitenciarias representaban el cincuenta y dos por ciento del personal del Departamento Correccional del Condado de Miami Dade. Los oficiales eran crueles y no toleraban tonterías. Tenían que ser duros en el sistema penitenciario, ya que albergaba a algunos de los criminales más peligrosos de los Estados Unidos.
—Eso es lo que quería escuchar —dijo la oficial—. Te vamos a sacar de la silla y te vamos a quitar la máscara. No intentes nada estúpido. De lo contrario, vas a lamentarlo, hijo. Tengo algunos oficiales a los que nada les gustaría más que darle una paliza a un elegante médico drogadicto.
—Sí, oficial. Entiendo —John miraba su regazo—. Lo siento, pero la sentencia resultó muy traumática para mí.
—Bueno, no nos hagas traumatizarte más al golpearte hasta que nos cansemos. Ahora eres propiedad del Estado de Florida. Somos mamá y papá. Y no dudaremos en "disciplinarte". Nunca lo olvides —dijo la oficial, quien era fuerte como un jugador de fútbol americano.
Le quitó las esposas a John y continuó:
—Levántate lentamente y sígueme hasta la celda de detención de al lado.
John se puso de pie e hizo lo que la oficial le indicó.
—¿Cuánto tiempo estaré en la celda de detención?
—Necesitamos procesarte y asignarte una "habitación". Será un par de horas.
Nada en el sistema penitenciario del condado de Miami Dade sucedía rápidamente. La cárcel procesaba hasta quinientos reclusos por día.
John entró en la celda de detención, a menudo conocida como el tanque de borrachos, ya que se llenaba hasta el tope de turistas y residentes que tomaban demasiados tragos en los clubes nocturnos de South Beach. Esta celda contenía cincuenta personas. No había lugar para sentarse en los bancos, así que John se paró en la esquina.
Un hombre estuvo unos quince minutos conversando con la pared. El sistema penitenciario se había atestado de enfermos mentales. El condado de Miami Dade continuaba recortando el presupuesto para los servicios de salud mental y los oficiales arrestaban a algunas personas cientos de veces. Algunos de estos reclusos debían estar en un hospital psiquiátrico. En vez de ello, el sistema les había fallado y había criminalizado la enfermedad mental.
—Oye, guapo, espero que seas mi compañero de celda —le dijo a John un recluso de 1,90 m de aspecto rudo.
John miró al suelo y no respondió.
—¡Oye! ¡Te estoy hablando, chaval! —gritó el recluso.
—No quiero ningún problema —respondió John.
El recluso se levantó del banco y se acercó.
—¿Qué fue lo que me dijiste?
—No quiero ningún problema.
Los otros reclusos permanecieron sentados como si nada sucediera. El código penitenciario era que los reclusos no se metían en los problemas de los demás.
—Oh, no quieres ningún problema. Entiendo. Yo tampoco. Volveré a mi asiento —dijo el recluso mientras se daba la vuelta y comenzaba a alejarse. Se detuvo, giró y comenzó a golpear a John tan fuerte como podía.
Por suerte para John, los oficiales monitoreaban el tanque de borrachos con más cuidado que las celdas en los pisos principales de la prisión.
—¡Ya basta! —gritó un oficial.
El preso golpeaba a John repetidamente, mientras las otras personas en la celda lo vitoreaban.
—Ya basta. No nos hagas entrar ahí —gritó otro oficial.
Cuatro oficiales entraron corriendo y sometieron al recluso. Lo sacaron de la celda y llevaron a John a la enfermería de la prisión.
—Siéntate en la mesa —dijo la enfermera. Tenía una voz tranquilizadora—. Parece que necesitará puntos de sutura. Tiene un gran corte en la ceja. Doctor, lo necesitamos ahora.
El médico entró en la habitación. Nunca pensó trabajar en una prisión, pero la paga era excelente y eso lo atrajo. Pocas personas querían trabajar en uno de los sistemas penitenciarios más violentos del país. Para incentivar a las personas a quedarse, el sistema proporcionaba a los médicos no solo un gran salario sino también beneficios de primer nivel.
—Soy el doctor Ruíz. ¿Me permites mirar? ¿Qué pasó?
—Otro recluso me golpeó sin ninguna razón.
—¿Es tu primer día aquí? —preguntó el médico.
—Sí, señor. Me acaban de sentenciar —respondió John.
El médico le dio a John diez puntos de sutura y los oficiales lo trasladaron a la unidad de manejo especial, un nombre elegante para confinamiento solitario. La prisión colocaba a reclusos problemáticos y de alto perfil en la unidad de manejo especial, así como a un pequeño porcentaje de personas que solicitaban custodia protectora para su propia seguridad.
—Recluso, vas a pasar unos días aquí. Te vamos a trasladar al quinto piso —dijo el oficial.
—¿Cuánto tiempo antes de que me envíen a la prisión estatal? —preguntó John—. ¿Cuándo sabré a dónde voy?
—Acabo de revisar tu caso. Aún estás esperando la asignación. Me imagino que será alrededor de una semana o dos. Deben clasificarte y determinar a dónde enviarte. Supongo que a una prisión de seguridad media, según tus cargos.
—¿Me podrían enviar a cualquier parte de Florida?
—Correcto. Ahora eres nuestro, hijo. Este no es el Holiday Inn.
El oficial comenzó a sentir lástima por John y agregó:
—Se fuerte, amigo. Pronto saldrás de este basurero. Los reclusos son depredadores. Huelen sangre fresca como un tiburón en el océano. Trata de mantenerte solo, pero no luzcas vulnerable. Esta cárcel alberga asesinos, violadores y traficantes de drogas. Tenemos un tipo que ha estado esperando juicio durante diez años.
—Gracias, oficial —John se tocó la ceja e hizo una mueca—. Aprecio su consejo. Como puede ver, soy nuevo en el sistema de justicia penal. Toda una experiencia de aprendizaje.
—Toma tus cosas —instruyó el oficial.
John cogió sus sábanas y los elementos básicos de la prisión, pasta de dientes y una muda de uniforme.
—¿El quinto piso tiene celdas con dos o tres reclusos?
—No, señor. Las puertas de las celdas se cierran y hay como veinticinco o treinta reclusos. Este piso es mejor que los otros. El séptimo es el peor. Las personas en ese nivel pelean todo el día y están totalmente desquiciadas.
—¿Qué pasa si esto vuelve a suceder? ¿Hay algo que pueda hacer? Espero poder salir con vida. Este lugar es un manicomio.
El oficial se encogió de hombros.
—Puedes gritar. Golpea las puertas. El sistema penitenciario es una cloaca. No hay mucho que podamos hacer. Estamos mal pagados y superados en número.
John y el guardia continuaron caminando por el pasillo. Los internos golpeaban las puertas de las celdas y gritaban.
—¡Bienvenido a tu peor pesadilla!
—¡Carne fresca, muchachos!
El oficial acompañó a John hasta el final del pasillo. John medía 1,80 m y tenía 90 kilogramos de músculo. Podía protegerse en la calle. Sin embargo, la prisión poseía depredadores que se pasaban todo el día peleando.
—Llegamos recluso. Bienvenido a tu nueva suite en el Holiday Inn. Guardia, abra la celda siete.
Las pesadas puertas de metal se abrieron. El oficial pasó por la primera puerta con John y sacó una gran llave que colgaba de su cinturón. La introdujo y abrió la pesada puerta.
—Buena suerte, John —dijo el oficial.
John entró en la celda y miró a su alrededor.
—¿Qué tal, tío? —preguntó un recluso.
—¿Te importa si tomo la litera de abajo en la esquina? —preguntó John.
—La litera de abajo es para un don juan. No creo que encajes en ese perfil —dijo otro recluso.
—Yo administro la celda. Si quieres una litera superior, tienes que pelear conmigo.
—Estoy de acuerdo con dormir en la litera de abajo.
—De cualquier manera, vas a tener que luchar.
—No quiero ningún problema —respondió John.
—Regla número uno: Tienes que luchar para entrar a esta celda y tener derecho a dormir aquí.
—¿Por qué?
—Esas son las reglas, hijo. Yo no las hice. Si no peleas bien, tienes que tomar tus cosas y marcharte.
—¿Marcharme?
—Tomar tus cosas e irte a otra celda.
Cuatro reclusos de aspecto rudo se acercaron a John. Un recluso comenzó a frotarse las manos y lamerse los labios.
—Apretad las clavijas —dijo un recluso.
—¿Disculpa? —preguntó John.
—Vamos a ver de qué estás hecho —aclaró otro recluso.
Los cuatro reclusos comenzaron a rodear a John. Empezó a sudar profusamente.
Un recluso empujó a John y los otros tres comenzaron a golpearlo. Dos reclusos le dieron puñetazos en el estómago y el otro lo golpeó justo en el ojo.
—¡Dejadme en paz, animales! —gritó John. Descargó un puñetazo. Los otros tres reclusos comenzaron a patearlo. Se agachó y otro recluso lo golpeó en el estómago. La sangre goteaba de su boca.
—No eres lo suficientemente duro para esta celda —dijo un recluso.
John no podía respirar. Sus piernas comenzaron a doblarse. Uno de los reclusos le dio una patada en la mandíbula, causando que John cayera.
—Coge tus cosas, hijo. No eres un verdadero gánster. No puedes quedarte aquí. Pon tus cosas junto a la puerta de la celda.
Un recluso se acercó y agarró la bolsa con el otro uniforme limpio y las sábanas de John y la arrojó a la puerta. John yacía en el suelo, la sangre le corría por la cara. Luchó por respirar.
—¡Guardia! Este recluso no es bienvenido aquí —gritó el líder de la celda.
Dos oficiales penitenciarios que caminaban por el pasillo vieron a John en el suelo.
—Reclusos, regresad a vuestras literas —gritó uno.
Los oficiales abrieron la puerta, levantaron a John del suelo y lo escoltaron hasta la enfermería.
—El recluso John tuvo otra presentación de las amables personas que residen en nuestro hotel —dijo un oficial penitenciario, riendo.
Una enfermera se acercó y ayudó a John a subirse a la camilla.
—Qué pena verte aquí de nuevo —lamentó la enfermera.
El médico entró y exclamó:
—Dios mío. ¿Dónde le duele?
—En todas partes —respondió John, haciendo una mueca—. No puedo respirar. Mis costillas me duelen muchísimo.
—Voy a pedir una radiografía. Es posible que tenga algunas costillas rotas. Enfermera, ¿puede hacer algunas suturas? Necesito que le arregle la ceja de nuevo.
Los médicos descubrieron que tenía dos costillas rotas. Permaneció en la enfermería durante tres días.