—Despierta. Es hora de moverse —vociferó un oficial penitenciario—. Tienes un viaje con todos los gastos pagados a la prisión estatal.
John estaba roncando en su celda. Los guardias lo habían puesto bajo custodia protectora después de que le rompieran las costillas.
—¡Recluso! Despierta. No tengo todo el día.
—¿Qué hora es? —preguntó John.
—3 a. m. Hora de moverse. ¡Arriba, chaval!
—¿A dónde iré?
—El autobús sale en diez minutos. Guarda tus sábanas y deja el resto.
John bostezó y se frotó los ojos.
—Celda siete —gritó el oficial. Los oficiales penitenciarios en el centro de control abrieron las puertas de las celdas.
—Vamos. Vamos. ¡Vamos! Levántate. “Su limusina está afuera esperándolo, señor” —se burló el oficial.
—¿Por qué nos trasladan a las 3 de la mañana? Esto es ridículo —dijo John con voz soñolienta.
Al sistema penitenciario no le importaba el horario del recluso ni interrumpir su sueño reparador. A las autoridades penitenciarias les gustaba mantener a los reclusos en la oscuridad y de pie. Los funcionarios consideraban que cuanta menos información tuvieran los reclusos, mejor. Hacía más difícil que los reclusos se organizaran. A los presos se les negaba la libertad, pero tenían una cosa a su favor: el tiempo. La interminable cantidad de tiempo a su disposición podría conducir a la coordinación entre diferentes prisiones y pandillas callejeras que inundan el sistema penitenciario ya superpoblado.
El oficial acompañó a John hasta la puerta. El autobús estaba esperando para transferir a John y a otros treinta reclusos al Centro Correccional de Homestead, que los reclusos alojados allí apodaban "La jungla".
—Mueve las manos, recluso —instruyó un oficial.
—Lo siento, aún estoy medio dormido —dijo John mientras bostezaba.
—Es hora de ponerte tu bonito cinturón —dijo el oficial—. Siempre transportamos a los presos que salen de nuestras instalaciones con grilletes alrededor de la cintura y los pies. Esas son las reglas. Acostúmbrate.
—Es bueno saberlo —dijo John.
No había hecho una broma ni se había reído en semanas. La experiencia en la prisión de Miami Dade había sido traumática para él. No solo había sido agredido en múltiples ocasiones, sino que la depresión y la ansiedad le hacían casi imposible dormir. También perdió siete kilos.
—¡Moveos, reclusos! —gritó un oficial—. Es hora de abordar.
—Subid al autobús. Sentaos y callaos. No queremos escuchar una palabra de ninguno de ustedes —instruyó otro oficial.
Los presos se amontonaron en el autobús, que parecía un autobús escolar, pero con vidrios polarizados y barrotes. Uno de los oficiales cerró una gruesa puerta que separaba a los reclusos de los oficiales penitenciarios.
—No queremos que nos causéis ningún problema. Si lo hacéis, mi amigo, el oficial Mike, detendrá el autobús y yo mismo os castigaré —dijo.
El autobús llevaba uno o dos reclusos de alto perfil sentenciados por delitos de drogas, por lo que el departamento penitenciario decidió agregar dos escoltas policiales para evitar posibles violaciones de seguridad.
—¿Está listo, Sheriff Rivera? Le seguiremos. Tome la ruta escénica a lo largo de la 836 —instruyó el capitán Stan, un oficial veterano que tenía treinta años en el sistema correccional de Miami Dade y no veía la hora de jubilarse el próximo mes.
—Entendido, capitán. Voy a arrancar y os escoltaremos, muchachos. Oficial Cruz, ¿está listo? Vámonos —respondió Rivera.
Los dos alguaciles saltaron a los patrulleros y encendieron sus luces y sirenas. El autobús salió de la prisión en el centro de Miami y se dirigió hacia la estatal 836, conocida como Dolphin Expressway, una de las carreteras más transitadas de Miami.
—Capitán Stan, ¿le gusta esta vista? Qué hermoso día —dijo el Sheriff Rivera por radio.
—Diez-cuatro, Sheriff. Gracias por darnos una escolta. Ciertamente voy a extrañarlo cuando me jubile el próximo mes. Recordaré nuestras aventuras mientras me acuesto en la playa de Key Biscayne —respondió el capitán Stan.
—Lo vamos a extrañar, capitán. El mejor capitán de todo el Correccional de Miami Dade —respondió Rivera.
—No hagas que su ego sea más grande de lo que ya es —dijo el oficial Mike por radio.
—Oye, no te metas con mi amigo —respondió.
Uno de los internos gritó:
—Capitán, ¿me deja pasar a ver a mi vieja? Vive cerca.
—Quizás la próxima vez. Por ahora, quédate sentado y cierra la boca —respondió el capitán Stan.