Capitulo 1
Me despierto lentamente, reacio a abandonar ese espacio suave y soñoliento, a medio camino entre el sueño y la vigilia. Reacio a abandonar ese espacio encantador donde es difícil recordar qué día es y demasiado temprano para pensar en el trabajo. Poco a poco me doy cuenta de que es martes. Me ha despertado el suave silbido de la ducha del baño, donde mi pareja, Sandy, se está preparando para ir a trabajar. Miro los números rojos brillantes del reloj digital y suspiro: son solo las 5:30. Aun así, madrugar es habitual entre los tripulantes de cabina.
En la penumbra la veo entrar en la habitación, secándose los brazos con una toalla blanca y suave que deja caer al borde de la cama antes de vestirse. Se pone unas bragas negras sencillas y luego se sienta en el borde de la cama para ponerse unas medias. A pesar de tener poco más de cuarenta años, sigue siendo una mujer sexy y siento una punzada de excitación mientras la veo deslizar las medias negras transparentes sobre sus piernas bien formadas.
Enseguida se viste con una camisa blanca impecable y una falda azul marino que le sienta de maravilla. De alguna manera, con el uniforme se ve a la vez linda y sexy, y me recuerda a cuando nos conocimos hace unos años, cuando yo regresaba de visitar a mi hermano gemelo en Estados Unidos.
—Espero no haberte despertado —susurra mientras se acerca y puedo oler su perfume fresco y cítrico mientras me besa la frente.
—No, no pasa nada, de todas formas quería despedirme —respondo, rodeándole el cuello con una mano y atrayéndola hacia mí para darle un beso largo y apasionado. Acaba de salir de la ducha, tiene la piel sonrojada y huele a pasta de dientes con menta.
—Me tengo que ir —dice cuando por fin separamos los labios—. Hay un par de raciones de lasaña en el congelador que tengo que terminar.
—Mmm, te ves tan sexy con ese uniforme, ¿por qué no vuelves a la cama un rato? —le sugiero deslizando una mano por su espalda y apretando suavemente la firme curva de su trasero a través de la ajustada tela de su falda azul marino.
—El taxi estará aquí en veinte minutos, galán —se ríe, con una mano en mi hombro, apartándome suavemente—. ¿Por qué no lo dejas para cuando vuelva?
Gimo cuando me da un último beso en la frente y ya estoy medio dormido cuando oigo que el taxi se marcha hacia Gatwick.
Sandy está trabajando más horas ahora que es tripulante de cabina sénior. En mi opinión, es demasiado bondadosa; debería estar haciendo dos turnos más cortos durante las próximas dos semanas, pero una compañera está enferma, así que se ofreció a cubrirla, de ahí este inusual periodo de diez días.
Varias horas después, estoy sentado en la cocina comiendo tostadas y revisando los correos electrónicos y el calendario en mi portátil. Durante los últimos dos años, he estado dirigiendo este pequeño negocio de carpintería con mi amigo Terry después de dejar mi trabajo en la ciudad. Hacemos el tipo de trabajos pequeños y a medida que las grandes empresas no se atreven a hacer: muebles de cocina hechos a mano, escaleras a medida, muebles personalizados, ese tipo de cosas. Hoy es un día más tranquilo para mí; solo tengo una cita para hablar sobre el reemplazo de una barandilla de escalera y creo que probablemente pasaré el resto del día revisando las cuentas y terminando un par de presupuestos que he estado posponiendo.
—Buenos días —dice una voz adormilada, haciendo que levante la vista. La veo estirarse, luego bostezar y pasarse una mano por su cabello cobrizo.
Sam es la hija de Sandy, está en su último año de universidad y ha vuelto a casa por unas cuatro semanas más. Al igual que su madre, es bajita y menuda, con ojos verde oscuro. A diferencia de ella, tiene una melena pelirroja intensa, peinada con raya al medio y que cae en ondas sueltas hasta los hombros, enmarcando un rostro pálido y angelical, con los labios fruncidos en un gesto que parece permanente.
Sus personalidades también son diferentes: Sandy es trabajadora y generosa, y suele estar de buen humor a pesar de las presiones de su carrera. Pero siempre he encontrado a Sam un poco temperamental, algo dependiente, un poco rebelde y discutidora, alguien a quien le gusta poner a prueba los límites. Quizás sea solo por su edad; Sandy a menudo me cuenta que era un poco alocada y rebelde cuando tenía veinte años.
Parece que va a salir a correr. Es principios de junio y supongo que, debido a la ola de calor, ha elegido unos pantalones cortos negros ajustados y elásticos para correr y una camiseta gris sin mangas y holgada. Se sienta frente a mí y se come un tazón de granola, y trato de no mirarla fijamente mientras su camiseta se abre por delante, dejándome ver sus pechos firmes cubiertos por un ajustado sujetador deportivo n***o.
Estrictamente hablando, es mi hijastra y pienso en decirle algo, pero quizás sea mejor fingir que no me he fijado en su ropa tan provocativa. La verdad es que no soy su padre, así que suelo dejar que su madre se encargue de esas cosas. Sandy se casó y tuvo a Sam cuando apenas tenía veintitantos años. Se divorció poco después y a menudo me pregunto si la ausencia de una figura paterna durante la mayor parte de su vida ha influido en su carácter a veces caprichoso y travieso. Sandy también me cuenta que su padre siempre se sintió culpable por haberla abandonado, y que cuando ella era pequeña intentaba compensarlo comprándole a Sam regalos extravagantes para sus cumpleaños y en Navidad.
—¿Tienes algún plan para hoy? —le pregunto, observándola mientras se lleva los cereales a la boca con la cuchara, mirando fijamente su móvil, deslizando el dedo hacia arriba y hacia abajo.
—Tengo turno en la cafetería, pero debería estar de vuelta a las tres. Ah, y puede que salga con Shawna más tarde a una fiesta. ¿Y tú? —dice sin levantar la vista del teléfono.
—Acabo de atender a un cliente y estaré aquí esta tarde... así que supongo que nos vemos luego —respondo, levantándome y poniendo mi plato en el lavavajillas.
El señor y la señora Jeffries resultan ser una encantadora pareja de ancianos que viven en una casita al borde del bosque. Es una casa típica de los años treinta, con una escalera peculiar, hecha a mano, que se pliega en una esquina del pasillo. El señor Jeffries tiene problemas de audición, así que su esposa es quien habla la mayor parte del tiempo mientras él intenta entender lo que sucede leyendo los labios.
—Es la barandilla de la escalera, ¿sabes? —explica ella—. Siempre ha estado un poco inestable, pero últimamente ha empeorado.
—Ya veo —digo, mientras la observo hacer una demostración agarrando la barandilla de madera y balanceándola de un lado a otro.
Observan pacientemente mientras me arrodillo y examino el poste de la escalera. Veo que no parece haber podredumbre; simplemente se aflojó con el paso de los años, y la señora Jeffries comentó que habían vivido allí veinte años y que habían notado que empeoraba gradualmente, así que tenía sentido. Les explico que el movimiento de los montantes también había provocado que la barandilla se aflojara.
Les mostré varias opciones por teléfono, pero solo querían un reemplazo idéntico, lo que simplifica las cosas. También quieren que les cambie algunas puertas interiores y les dije que con gusto lo incluiría en el presupuesto.
Era otro día cálido y, al regresar, abrí algunas ventanas y las grandes puertas plegables que daban al patio. Después de prepararme un sándwich para el almuerzo, cogí mi portátil y me senté en la encimera de la cocina para empezar a trabajar en varios presupuestos pendientes. Normalmente trabajaba en la habitación de invitados que habíamos convertido en despacho, pero aquí abajo se estaba mucho más fresco trabajando en la encimera de granito veteado que Sandy insistió en que compráramos después de adquirir esta casa.