Aliados en la tormenta Juan avanzaba con la precisión de un depredador, moviéndose con sigilo entre los troncos gruesos de la zona boscosa que bordeaba la urbanización. Se fundía con las sombras con una agilidad sorprendente para un hombre de su envergadura. Sin embargo, en un movimiento rápido para cruzar un claro, un rayo de sol se filtró entre las copas de los pinos y su calva brilló un instante, actuando como un faro involuntario. A pesar de ese pequeño inconveniente estético, Juan imponía respeto a la vez que había algo en él que resultaba inevitablemente atractivo. Sus ojos azules, fríos y atentos, escaneaban el entorno sin descanso. La barba de tres días le daba un aire rudo y sus manos enormes y curtidas delataban que era un hombre de acción. Su físico, cincelado por horas de gim

