En medio de la tormenta.

1976 Palabras
Mi madre cayó en el suelo, exhausta, y yo intenté atraparla en el aire para que no se diera ningún golpe. La abracé, sintiendo su pequeño cuerpo temblar contra el mío. —Hijita...¿estás bien? Me mira de arriba abajo sollozando. —Mamá… mamá… —susurré—. Tranquila. No voy a dejar que te pase nada. Así que Tranquilízate. No debes exaltarse. — Aquí solo tengo dos inútiles. Papá permaneció apoyado contra la nevera como ido y murmurando, con su mirada perdida como si en su mente pudiera resolver lo que en la realidad se le acababa de escapar de las manos. — Te llevo a la cama mamá, te haré algo de comer. —No debiste darle nada… ¿qué vamos a comer ahora? — No debiste hacer tratos con esos tipos, por suerte no les dí todo lo que había hecho en el dia. Haré una sopa— le digo mientras saco de mi bolsillo cien pesos —Era eso o que te incrustaran ese bate. ¿Cuando vas a empezar a pensar más en tu familia y dejarás de apostar y beber? —Lo siento —murmura mientras se estruja los ojos, y no supe si era por la deuda, por mí o por ella. — Bebés buscar un trabajo y empezar a pagarles. —¿Crees que estoy cruzado de manos? Dejame en paz tú también, solo eres una maldita mocosa de mierda. Yo no podía llorar. No todavía. Tenía que pensar, tenía que planear cómo salir de eso, tenía que salvarnos a como diera lugar porque mi padre estaba metido en su propio mundo. Ese día comprendí que a veces la vida te enseña la lección más cruel de todas: Que los héroes pueden ser tus padres… o tus enemigos. Y que, si quieres sobrevivir, a veces tienes que convertirte en alguien que no reconoces frente al espejo. —Hija déjalo, él no tiene caso. Solo buscarás que te pegue. — Debe empezar a pensar en su familia, madre. Miré la mochila, mis libros, mis notas. Me recordaron que, aunque el mundo me quisiera derrotar, había algo en mí que no podían tocar: mi voluntad de luchar. — Lo sé, el se está esforzando, solo que las cosas no son tan fáciles como piensas. Por mi culpa ustedes están sufriendo, todo se gasta en medicamentos. Mientras el sol caía detrás de los techos del barrio, prometí que haría lo que fuera necesario. No solo por mí… sino por ellos. No sabía cómo ni cuándo. Solo sabía una cosa: no podía perder mi horizonte. — Veré si me dan trabajo en la fábrica. Aunque sea para mandados. — Vamos, ayúdame a levantarme, te ayudo a preparar la sopa. Esa noche el silencio pesaba más que nunca. Solo se oía el zumbido del foco colgando del techo, que parpadeaba como si también estuviera cansado de estar ahí. Ayudé a mi mamá a levantarse del suelo. Su cuerpo estaba tan liviano que me dolió sentirlo así, como si poco a poco la vida se le estuviera escapando entre los dedos. Me odio a mí misma por no poder hacer más. —Despacio, mamá… —le dije, pasándole un brazo por los hombros. Ella apenas podía mantenerse en pie. Su bata olía a jabón de veinte pesos y a medicamentos, y su respiración sonaba ronca, con esos silbidos que me daban miedo. —Gracias, hija. Lamento que tengas que pasar por esto. — No pasa nada mamá, yo me encargo de la comida, tú descansas. —¿Estás segura? — Si, segurísima. La llevé despacio hasta la habitación. Nuestro cuarto era un pedazo de concreto descascarado con paredes que alguna vez fueron color durazno, pero ahora parecían un mapa de manchas y grietas. No teníamos piso, solo un pedazo de cemento áspero cubierto por una alfombra vieja que yo misma había recogido de la basura de alguien que ya no la quería. En una esquina estaba la cama: una base de madera con un colchón tan flaco que se hundía en el medio. A un lado, una mesita improvisada con una caja de leche, sobre la que reposaban tres cosas: su medicina, un vaso con agua y un rosario sin cruz. —Gracias, mi amor —dijo ella, sentándose despacio mientras yo le acomodaba las almohadas hechas de ropas que ya no usaba. Su voz era un suspiro—. Perdona que hayas tenido que ver eso otra vez. —No digas eso, mamá, pero el dinero de papa no se ve —respondí, tratando de que no se me quebrara la voz. Le cubrí las piernas con una sábana limpia—. No fue tu culpa. Yo… yo llegué justo a tiempo. Mañana vemos como resolvemos eso de a poco. Papá debe mucho dinero. Ella sonrió débilmente, pero sus ojos se llenaron de lágrimas. —Esa gente no se va a detener, Rita. Tienen a tu padre en sus manos… y ahora te van a mirar a ti. Y ese hombre no coje cabeza. Al principio encontraba trabajo y ahora lo pierde al otro día. Los que le a quedado mal no lo contratan de nuevo. Ahora en ese estado es difícil que encuentre algo que valga la pena, pero se está esforzando. —Eso es lo que te dice. — Hija... no seas tan dura con él. Me quedé en silencio. No quería decirlo en voz alta, pero ella tenía razón, yo era dura con él, pero con mi razón. Esos hombres sabían dónde vivíamos, conocían nuestros rostros, sabían que no teníamos a nadie que nos defendiera. Y mi padre no quería cambiar. —Por eso… —dije, rompiendo el silencio—, voy a trabajar. Ya terminé la secundaria, y con lo que saqué de calificaciones puedo intentar entrar a la universidad con una beca. Pero primero tengo que buscar un trabajo. Uno que pague bien. Debo comprarme útiles y tus cosas necesarias. Además le pagaremos a esos tipos. Ella levantó la vista con sorpresa. —¿Trabajar? ¿Dónde, hija? Si apenas tienes diecisiete años… —Cumpliré dieciocho el próximo mes. Nadie tiene por qué saberlo si no lo preguntan—le respondí, sentándome a su lado—. Ya le dije a doña Rebeca que si necesita ayuda en la bodega más días, puedo hacerlo. Y también puedo buscar en las oficinas del centro. Siempre buscan secretarias, banqueras de lotería o algo parecido. Yo puedo estudiar de noche. Ella me miró con los ojos húmedos, llenos de tristeza y orgullo al mismo tiempo. —Deberías solo estudiar, Rita… —susurró, con un hilo de voz—. Eres tan inteligente. Tu profesor siempre decía que podrías llegar lejos. No dejes que la vida te quite eso. Lamento que no hayas podido disfrutar tu juventud como se debería. —Lo haré, mamá —le aseguré, aunque no sabía cómo—. Pero ahora tengo que ayudarte a ti. Primero te recuperas, luego yo estudio. Ella empezó a llorar en silencio. Las lágrimas le caían despacio por las mejillas, mojando la sábana que cubría su regazo. —Soy una carga para ti. Lo sé muy bien—dijo, temblando—. Si yo no estuviera enferma, tú podrías vivir tu vida, salir con tus amigas, soñar con cosas mejores. Pero mírate… trabajando, peleando, aguantando humillaciones. Todo por mí. —No digas eso —le interrumpí, tomándole las manos—. Eres mi mamá. Nunca vas a ser una carga. Estoy feliz de estar contigo y apoyarnos. Sus dedos estaban fríos, como si la fiebre le hubiera robado el calor. Yo los froté con cuidado, intentando que volviera a sentirlos. —El próximo mes será tu cumpleaños —continuó ella, con una sonrisa cansada—. ¿Qué quieres que te regale, mi niña? Solté una pequeña risa amarga. —Yo debería ser quien te regale algo. Este año… quiero darte una comida rica, mamá. Una de verdad. No pan duro, no sopas raras. Carne, arroz, postre, todo. Como cuando papá todavía tenía trabajo. —Eso sería hermoso —dijo ella, cerrando los ojos—. Hace tanto que no comemos así… —Lo prometo —dije con firmeza—. Cuando cumpla dieciocho, vamos a celebrar las dos. Vas a ver. Ella me miró con ternura, aunque detrás de su mirada había algo que me rompía el alma: la resignación. Sabía que su cuerpo ya no aguantaba. Lo sabía y lo temía, pero no podía decírmelo. Me quedé en silencio un rato, observándola. La lámpara hacía sombras en la pared, y por un momento todo parecía detenido. Me aferré a su mano y se la besé con ternura. —Mañana iremos al hospital —le prometí—. Te compraré los medicamentos con lo que me den a primera hora con la recogida de botellas de cristal. La señora Regina me debe quinientos, y aún no cobro lo del delivery del colmado. —No alcanza, Rita… —murmuró ella—. No gastes en mí, hija. Guarda ese dinero. —No, mamá. No digas eso. Lo que no alcanza, se busca. Ella me miró y sonrió con ternura. —Hablas igual que tu padre cuando era joven. Antes de perderse en sus vicios. Sentí un nudo en la garganta. No quería pensar en él, dormido allá en el sofá, con la botella vacía en la mano. No quería odiarlo, pero me dolía tanto que no supiera cuidar lo que tenía. —Yo no voy a rendirme, mamá. Así que no te des por vencida —dije, con la voz quebrada—. Aunque el mundo me patee mil veces, me voy a levantar. No pienso dejarte sola. Ella alargó la mano temblorosa y me acarició el rostro. —Eres tan valiente… —susurró—. Pero prométeme algo, hija: no dejes que la desesperación te robe la dignidad. Pase lo que pase, no te dejes influenciar, no flaquees frente a esos hombres. Tragué saliva. Esas palabras se me clavaron en el pecho, como si el universo me las estuviera advirtiendo antes de tiempo. —Te lo prometo, mamá. Si estoy con un chico será porque me guste —le respondí, aunque en el fondo sabía que el mundo no siempre te deja elegir. Ella cerró los ojos y suspiró. Me quedé a su lado, observándola dormir, escuchando el sonido débil de su respiración. Afuera, los grillos cantaban, y el viento colaba polvo por las rendijas de la ventana. Bajé a la cocina preparé algo d comer y le di de comer a mi madre, mi padre no siquiera se molestó de lo borracho que estaba. Cuando terminamos de comer, me fui a mi habitación, me quedé despierta un rato, mirando el techo agrietado, en San pequeña cajita de fósforo, pensando en todo. En el futuro, en la deuda, en la vida que quería tener. En la promesa que acababa de hacerle. Mi madre dormía como una santa.. Y entonces escuché a mi padre roncar en el sofá. Me levanté despacio, fui hasta la sala y lo vi. Estaba dormido, con la botella vacía en el pecho, la comida a un lado y una mano colgando hacia el suelo. La televisión vieja seguía encendida con estática. Me quedé parada frente a él unos segundos. —¿Por qué, papá? —murmuré en voz baja—. ¿Por qué nos hiciste esto? No esperé respuesta. Ya la sabía. Porque había perdido la esperanza o solo quería vivir para él, estaba harto de nosotras. Esa noche, mientras el foco parpadeaba sobre mí, decidí que no iba a dejar que la oscuridad me tragara como a él. La pobreza no me iba a tragar. Tenía miedo, sí. Pero el miedo no iba a detenerme. Iba a cambiar mi destino. Por mamá. Por mí. Y por el pedazo de dignidad que todavía me quedaba.
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