Regreso al infierno
Hoy creí que sería un día diferente En Oaxaca, México. Si el día de hoy me dijeran que tendría que hacer dos contratos en diferentes etapas de mi existencia, con dos hombres diferentes para salvar mi vida no lo hubiera creído.
Siempre creí en cuentos de hadas, princesas y dragones. Nunca imaginé caer en las garras de un usurero y un CEO adicto al sexo, con tendencias y gustos caros y extraños.
*Oaxaca Mexico, 4:00 Pm.
—Gracias doña Rebeca— le agradezco a la señora de la bodega por los mil doscientos cincuenta pesos que me gané con algunos envíos de mercancías y a parte ayudarla con los inventarios.
Salí de la secundaria a las cuatro de la tarde con las notas aprobadas, pasé por donde Doña Rebeca para ganas unos chelitos extras, y al terminar de todo me quedo con esa sensación ligera de triunfo que dura apenas unos segundos antes de que la vida me recuerde que no valgo nada aunque cumpliría 18 años en un mes.
Camino por las calles de mi barrio, con las ganancias de mi esfuerzo en el bolsillo, el uniforme bastante arrugado, la mochila barata colgando de un hombro con un tirante menos, sintiendo que algo en mi pecho podía estallar de orgullo. Yo llevaba lo de la cena, no era mucho pero alcanzaría para un chocolate caliente y algunos panes.
El fin de semana iría a lavar y a limpiar casas por algún pago módico que solo me alcanzaría para pagar algunos de los tantos medicamentos de mi madre. Lo más importante es matar el hambre y no que el hambre te mate a ti.
Iba pateando piedrecitas, pensando que mis padres no fueron a la escuela como muchos padres para recibir las notas, tomar fotos y para celebrarlo. No había abrazos ni felicitaciones para mi. Solo la certeza de que no sabía que estudiaría en la universidad pública y que todo lo que podía pensar en ese momento parecía crecer día tras día frente a mí: la deuda de mis padres a tal punto de que perderíamos la casa en cualquier momento por los altos intereses, la amenaza de los usureros, el miedo de que le vuelvan a proponer a mi papá que mi virginidad podía ser el pago de esa maldita deuda.
Iba muy tranquila, le paso por el lado a un auto n***o y llego al patio de mi casa, cua do los escuché.
A través de la puerta de la casa, que no cerraba bien ni a patadas, escuché gritos y golpes. Mi corazón se detuvo en seco sin saber que ocurría dentro.
Corrí lo más rápido que pude, pero cuando empujé la puerta… lo que vi me partió en dos el alma.
Mi padre, con los ojos desorbitados y temblando, estaba apoyado contra la vieja nevera, con la cara golpeada. Un hombre corpulento lo tenía sujetado con fuerza con el antebrazo en su cuello sacándole el poco aire que le quedaba, y por un momento pensé que lo iba a colgar de la puerta. Tenia un bate en la otra mano apuntando su estómago.
—¡Rápido, hijo de tu puta madre! —grita uno de ellos—. ¡Dinos dónde está el maldito dinero o te rompo un par de costillas!
— ¡No me pegues por favor!
— ¡Por favor, déjenlo en paz!
Me congelé por un instante, mi madre estaba en un rincón, encogida, con un vestido floreado bastante viejito pero cálido, aunque un bastante arrugado con su cara pálida y cubierta de lágrimas. La tos que la había acompañado durante meses ahora sonaba más fuerte, más desesperada, más frágil. El hombre que la tenía contra la pared le colocaba la mano en la garganta, aunque no tocaba con fuerza, era suficiente para intimidarla.
—¡Papá, mamá! ¡Basta, abusador, déjalo en paz, no puede defenderse! —grito, dejando caer la mochila—. ¡Suéltalos, por favor!
Me miraron y me reconocieron. Uno me agarró por detrás.
—¡Mierda… Sueltame maldito!
— La boquita, jejeje. Se supone que vas a la escuela, escuintla.
Desde pequeña me habían visto correr por las calles, jugar en los charcos de lluvia, pelear con otros niños. Ahora me miraban con esa mezcla de desprecio y curiosidad que usan los que saben que tienen poder sobre ti. Pero el poder no siempre es físico. A veces se mide en miedo. Y ellos tenían mucho de eso.
— Mira nada más quien tiene la boca suelta, la favorita del jefe— dice Tomasino al fondo.
Mi padre, que solía ser fuerte y ruidoso, ahora solo gimoteaba y parecía un niño atrapado en su propio juego de deudas de apuestas y alcoholismo.
—Rita… Rita… ayúdame, habla con ellos —susurró, apenas moviendo los labios. Su aliento olía a alcohol y desesperación.
No podía ni quería llorar. No todavía. Tenía que pensar. Tenía que actuar.
—Papá… —mi voz temblaba, pero intenté que sonara firme—, no digas nada. Solo… solo cálmate.
— ¡Cállense los dos!— Grita su compañero.
Los hombres se giraron hacia mí. Uno de ellos, el más grande, cruzó los brazos y sonrió de manera burlona.
—Si… miren quién volvió de la escuela. La niña buena del barrio. ¿Qué traes en la mochila? ¿Dinero, tal vez? Porque es lo que nos debe tu padre.— dice el otro sin dejar de mirar mis piernas.
Mi corazón latía con fuerza, pero tenía que mantenerme calmada. Respiré profundo.
— Hija sal de aquí— murmuraba mi madre.
Mi madre tosió de nuevo al decirlo, y esa tos me arrancó un escalofrío. La enfermedad la estaba consumiendo. Cada día que pasaba, cada día que mi padre tomaba el poco dinero que no debía, cada día que los usureros venían, mi madre se debilitaba un poco más.
— Si no me pagas el atraso te corto un maldito dedo.
—Está.. en el cajón —dijo mi padre, con su voz apenas audible, pero lo suficientemente clara para que el hombre grande la escuchara—. Todo… todo lo que tengo está ahí. A menos que estás mujeres lo hayan tomado...
Una mentira tras otra. Todo lo que había sido mi vida hasta ese momento, desmoronándose. Él había tomado dinero prestado, dinero que decía era para el tratamiento de mamá, pero que terminaba en su alcohol, en sus noches perdidas y en sus excusas. La realidad me golpeó como un puño en el estómago. Me di cuenta tarde que no puedo confiar en el.
— No mientas papá.
—¡Muéstranos, Markus! —gritó el más pequeño de los usureros, empujando a mi padre contra la nevera con violencia—. ¡No tenemos tiempo para juegos, ya buscamos y no hay nada!
Mi madre tosió de nuevo, más fuerte, más desesperada. Su cuerpo era pequeño, frágil, y sin embargo, en ese instante, sentí una rabia que me recorrió de pies a cabeza.
—¡Aléjense de mi madre! —grité, tratando de soltarme, me solté y avance hacia ella—. No le hagan daño.
Uno de ellos me empujó hacia atrás con fuerza, pero no me caí. Mis pies estaban firmes en el suelo, aunque las manos me temblaban como maracas.
— Oye no le hagas daño a la chamaca.
—Dejame en paz inútil — Le dice a su compañero—¿Y tú qué vas a hacer, niña? —dijo el grande, su sonrisa cruel—. ¿Vas a pagar su deuda, eh?
Pagaría cualquier cosa… menos dejar que lastimaran a mi madre.
Mi padre permanecía quieto, como si toda su vida se hubiera extinguido en unos segundos. La culpabilidad me quemaba por dentro.
¿Cómo había llegado todo hasta aquí? ¿Cómo había permitido que este hombre, que una vez amé, se convirtiera en un espectador del dolor de nuestra familia?
—No… no tenemos dinero. Mi madre está muy enferma, lo poco que consigo es para comer y algunos medicamentos—dije con firmeza, aunque mi garganta se apretaba—. Pero no se atrevan a tocarla. Yo les daré el dinero. Trabajaré más.
Todos rieron.
El más grande se inclinó hacia mí, oliendo mi miedo y mi desesperación.
—No te conviene mentir, pequeña. Tu padre nos debe mucho, y cada día que pasa, la deuda aumenta mas.
Mis ojos recorrieron la habitación: la mesa con platos sucios, la nevera que estaba con algunas latas solo llenas de agua, unos cuantos vegetales viejos y una sopa manía, los libros tirados de mamá estaban sobre la silla. Todo era un recordatorio de la precariedad que nos rodeaba.
Y entonces comprendí algo: si quería sobrevivir, si quería que mamá viviera, si quería que mi padre no desapareciera por completo en su borrachera… tendría que tomar las riendas yo misma.
Mi mochila seguía en el suelo. La abrí, dejando ver mis cuadernos, mis lápices, mis notas gastadas, mientras tomaba de ella lo que traía con tanta felicidad.
—Esto es todo lo que tenemos —dije, tratando de mantener la voz firme mientras le pasaba lo que había ganado con tanto esfuerzo—. Si quieren dinero, tendrán que esperar. Pero no le pongan un dedo a mi mamá.
— Esto es un relajo. ¿Solo estos pesitos?— dice uno tomando el dinero.
Otro de ellos gruñó, frustrado, y empujó a mi padre de nuevo contra la nevera. Esta vez la puerta se dobló, y sentí un frío recorrer mi espalda.
— Maldito, eso duele.
La mirada de mi padre estaba perdida, fuera de sus cabales y supe que no podía esperar ayuda de él.
Me acerque a mi madre y la abrace. Me miró con ojos llenos de miedo y tristeza, y por un segundo vi a la mujer fuerte que siempre había sido… desaparecida entre la enfermedad y la impotencia.
—Escúchenme —dije, tragando saliva—. Les pido perdón por todos los problemas que hemos causado. Le pagaremos. Solo dame tiempo. Haré algunos trabajos y les pagaré parte de los réditos también. Mi papá está buscando trabajo y mi mamá no puede trabajar. Entiendalo por favor.
El silencio duró unos segundos que se sintieron eternos. Sus ojos se fijaron en mí, y por un instante, creí que tal vez me escuchaban. Que tal vez entendían que detrás de esta niña había alguien que no iba a rendirse.
—Bien —dijo finalmente el más grande—. Tienes cinco días. Cinco días para traer el dinero. Puedes pagar con tu cuerpo si lo prefieres. Sabes que le gustas a nuestro líder.
— No pienso vender mi cuerpo.
—Eso lo veremos más adelante.
Y se fueron, dejándonos temblando, con la nevera todavía abierta y el eco de sus botas resonando en la cocina.
— Carajos...estamos en serios problemas.