MIRADAS

1249 Palabras
[BENICIO] Al día siguiente El día comienza antes de que la ciudad termine de despertarse, como suele ocurrir cuando quiero evitar cualquier margen de improvisación. Hay una claridad particular en esas primeras horas donde todo parece más manejable, más contenido, como si aún no existiera espacio para errores. Es un momento que siempre he valorado, no por lo que ofrece, sino por lo que elimina. Cuando llego a la empresa, Siena ya está allí. No me sorprende. Está sentada en la sala de reuniones contigua a mi oficina, con el archivo abierto frente a ella y varias anotaciones distribuidas con un orden que no es casual. No levanta la mirada de inmediato cuando entro, lo cual, en otro contexto, podría interpretarse como descuido, pero aquí no lo es. Está concentrada. Lo suficiente como para no reaccionar a cada estímulo externo. Eso… es positivo. —Llegaste temprano —digo, apoyando la mano en el respaldo de una de las sillas. Levanta la mirada entonces, y hay una fracción de segundo donde parece recordar exactamente dónde está. —No quería arriesgarme a llegar justa —responde—. Preferí tener tiempo para revisar todo una vez más. Me acerco sin prisa, tomando el archivo y pasando las páginas con atención real. No busco errores por costumbre; busco consistencia. Y la hay. Más de la esperada. —No es un mal análisis —comento finalmente, dejando el documento sobre la mesa—. Hay puntos que podrías desarrollar mejor, pero no estás repitiendo lo evidente. Siena sostiene mi mirada con una mezcla curiosa de atención y algo más que aún no termino de definir. —No me interesaba repetir lo que ya estaba en el informe original —dice—. Preferí cuestionarlo. La observo un segundo más. —Eso implica asumir que puedes equivocarte —respondo. —Lo asumo —dice sin dudar—. Pero prefiero equivocarme intentando entender que acertar repitiendo. Una leve exhalación escapa de mí, cercana a una sonrisa que no termino de mostrar del todo. —Bien —digo—. Entonces vamos a ver hasta dónde puedes sostener eso. La dinámica se establece con rapidez. Le explico el enfoque real de la empresa, lo que no aparece en los informes, lo que se negocia fuera de los números y lo que, en muchos casos, define más que cualquier estrategia formal. Siena escucha, pero no de forma pasiva. Interviene, pregunta, conecta ideas con una agilidad que no corresponde del todo a alguien sin experiencia. Y eso vuelve a colocarla en un lugar incómodo. No para ella. Para mí. Porque cuanto más responde, más presente se vuelve. Y cuanto más presente se vuelve… más tengo que controlar la forma en que la observo. En un momento, mientras le explico una proyección, se inclina ligeramente sobre la mesa para ver mejor el gráfico en la pantalla. El movimiento es natural, completamente ajeno a cualquier intención, pero suficiente para que mi atención descienda un instante más de lo necesario. La línea de su cuello. La curva suave de su espalda. La forma en que la tela se ajusta sin exagerar, insinuando más de lo que muestra. Aparto la mirada antes de que se convierta en algo más. No es ella. Soy yo. —¿Hay algo que no te queda claro? —pregunto, retomando el tono profesional. —Sí —dice, sin apartarse del todo—. Esta parte. ¿Por qué decide asumir ese riesgo si la rentabilidad no es inmediata? Me apoyo en la mesa, lo suficientemente cerca como para señalar el punto exacto en la pantalla, consciente de la proximidad sin necesidad de enfatizarla. —Porque no todo se mide en el corto plazo —respondo—. Hay decisiones que se toman por posicionamiento, no por resultado inmediato. Si esperas a que todo sea seguro, llegas tarde. Siena asiente lentamente. —Entonces no es solo una cuestión de números… es de visión. —Siempre lo es. El silencio que sigue no es incómodo, pero se carga de algo que no está en lo que decimos. Está en cómo nos miramos. Y eso es lo que no debería estar ocurriendo. Me aparto primero, marcando distancia de forma deliberada. —Vamos a trabajar con esto durante la semana —digo—. Quiero ver cómo estructuras tus propios análisis, no solo cómo respondes a los existentes. —Entendido. Cierro el archivo y lo dejo sobre la mesa, dando por terminada la primera parte del día. —Puedes acompañarme a la siguiente reunión —añado—. Quiero que observes cómo se manejan ciertos acuerdos en tiempo real. Siena asiente, pero esta vez hay algo distinto en su expresión. No es duda. Es… atención. Demasiada. [SIENA] No sé exactamente en qué momento dejo de escuchar solo lo que dice y empiezo a notar cómo lo dice. Tal vez es desde el inicio. O tal vez desde que entro en esa sala y él ya está ahí, con esa forma de estar que no necesita esfuerzo para imponerse. No es solo que sea atractivo —aunque lo es, y mucho más de lo que esperaba—, es la manera en que todo en él parece estar bajo control sin parecer rígido, como si nada lo desbordara, como si siempre supiera exactamente qué hacer. Y eso… intimida. Pero también atrae. Intento concentrarme en lo importante, en el análisis, en las preguntas, en no perder el hilo de lo que me está explicando. Sé que esta oportunidad no es algo que pueda tomar a la ligera, y menos frente a alguien como él. Sin embargo, hay momentos en los que mi atención se desvía sin permiso. En cómo se acerca. En cómo su voz baja apenas cuando explica algo más complejo. En la forma en que me mira cuando espera una respuesta. No es una mirada incómoda. Pero tampoco es completamente neutral. Y no sé qué hacer con eso. Cuando se inclina sobre la mesa para señalar algo en la pantalla, la distancia entre nosotros se reduce lo suficiente como para que lo note de una forma que no esperaba. No lo toco, no hay contacto, pero es suficiente. Su presencia se siente más cerca, más real, y eso provoca una reacción que no termino de entender del todo. No es solo nervios. Es otra cosa. Algo más físico. Más directo. Y eso me descoloca. —¿Hay algo que no te queda claro? —pregunta, y tardo un segundo más de lo necesario en responder. —Sí… esta parte —digo, obligándome a volver al punto—. No entiendo por qué asumiría ese riesgo. Él responde con la misma claridad con la que ha hablado desde que llegué, pero esta vez no puedo evitar fijarme en más detalles. En la forma en que sus manos se mueven con precisión, en cómo su mirada no se dispersa, en cómo todo en él parece… seguro. Y eso me hace sentir todo lo contrario. Cuando se aparta, respiro mejor. No me había dado cuenta de que estaba conteniendo el aire. —Puedes acompañarme a la siguiente reunión —dice—. Quiero que observes. Asiento. —Claro. Pero lo que no digo es que no sé si me preocupa más la reunión… o el hecho de tener que seguir cerca de él durante más tiempo. Porque hay algo que no termino de entender. Algo que no tiene que ver con trabajo. Ni con aprendizaje. Y que, aun así… no puedo ignorar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR