NUEVO

1336 Palabras
[SIENA] La sala de reuniones es más grande de lo que esperaba, pero no es eso lo que me mantiene en alerta desde que entro. Es él. Benicio Torreluna no necesita hacer nada en particular para que todos lo escuchen. No levanta la voz, no interrumpe, no busca imponerse de forma evidente, y aun así, hay algo en la manera en que está presente que hace que todo se organice a su alrededor. No es arrogancia. Tampoco es esfuerzo. Es una seguridad que no parece cuestionarse, como si no necesitara demostrarse porque ya está asumida. Intento concentrarme en lo que dicen, en la pantalla, en las cifras que cambian mientras hablan, pero mi atención se desvía sin permiso. Es alto. Incluso sentado se percibe. Los hombros anchos se marcan con claridad bajo el saco oscuro, dándole una estructura firme, casi inquebrantable. Cuando se mueve, cuando apoya las manos sobre la mesa o entrelaza los dedos mientras escucha, hay algo en sus brazos que transmite fuerza contenida, como si no necesitara demostrar nada para que se note. El cabello oscuro está perfectamente acomodado, pero no rígido, como si no hubiera esfuerzo en ello. Y luego está su mirada. Ojos grises. No claros, no suaves, no cálidos. Grises de verdad. De esos que no dejan ver demasiado, pero que tampoco permiten ignorarlos. Cuando habla, no acelera el ritmo ni busca llenar el silencio. Lo usa. Y eso hace que todo lo que dice tenga más peso del que debería. —El margen es demasiado ajustado —dice uno de los hombres al otro lado de la mesa—. No tiene sentido asumir ese riesgo. Benicio no responde de inmediato. Se inclina apenas hacia atrás en la silla, observando la proyección como si el tiempo no fuera un problema para él. —La garantía no está en el margen —dice finalmente—. Está en la posición que nos da en seis meses. Su voz no es fuerte. Pero es firme. Y eso basta. Intento escribir algo en mi libreta, aunque no sé si lo que anoto es exactamente lo importante. Porque mientras todos siguen hablando, yo vuelvo a distraerme cuando él se inclina hacia la mesa para señalar un punto específico. El movimiento es simple. Natural. Pero suficiente para que mi atención se quede ahí más de lo necesario. No debería estar fijándome en eso. No debería importar. Pero importa. Vuelvo a levantar la mirada y, por un segundo, siento que él también está mirando en mi dirección. No sé si es a mí o simplemente parte de la dinámica de la reunión, pero es suficiente para que aparte la vista de inmediato, como si me hubieran descubierto en algo que no debería estar haciendo. La reunión continúa y esta vez consigo concentrarme mejor. Me obligo a escuchar, a entender, a conectar ideas más allá de lo superficial. Empiezo a notar cosas que no están en los números, pequeñas decisiones que parecen definirse en la forma en que se dicen las cosas, no solo en lo que se dice. Y eso… me gusta. Me gusta más de lo que esperaba. Cuando todo termina, el movimiento vuelve a ser natural, casi automático. Las sillas se deslizan, los papeles se recogen, las conversaciones bajan de intensidad. Yo hago lo mismo, intentando no llamar la atención. —Buen seguimiento. Su voz me detiene antes de salir. Levanto la mirada. Está de pie, apenas a unos pasos, observándome con la misma expresión medida que ha mantenido durante toda la reunión. —Gracias —respondo, sintiendo que debería decir algo más, pero sin encontrar exactamente qué. Asiente. Y sigue su camino. Es algo pequeño. Insignificante, incluso. Pero no puedo evitar pensar en eso mientras salgo del edificio. […] Horas más tarde El aire afuera se siente distinto, más ligero, como si necesitara ese cambio para procesar todo lo que ha pasado. Camino sin pensar demasiado en la dirección hasta llegar a la cafetería donde suelo encontrarme con Clara. Es un lugar tranquilo, con mesas pequeñas y una luz cálida que invita a quedarse más tiempo del necesario. Ella ya está allí cuando entro, sentada junto a la ventana, con el café casi terminado y esa expresión de curiosidad que siempre tiene cuando sabe que voy a contarle algo. —Llegaste —dice, sonriendo—. Quiero todos los detalles. Me siento frente a ella, dejando el bolso a un lado. —No hay tantos —respondo—. Solo fue… mi primer día real. Clara levanta una ceja. —Eso ya suena interesante. —Lo fue —admito—. Es muy distinto a la universidad. Todo es más rápido, más… real. —¿Y tu jefe? La pregunta llega demasiado rápido. Bajo la mirada hacia mi taza antes de responder. —Es exigente. —Eso no me dice nada. —Es directo. Sabe lo que hace. No pierde el tiempo explicando de más. Clara me observa en silencio unos segundos, como si estuviera esperando algo más. —¿Y? Levanto la mirada, confundida. —¿Y qué? —Siena… —dice, inclinándose un poco hacia mí—. No estás hablando de un profesor. Siento cómo el calor me sube ligeramente por el cuello. —No estoy diciendo nada raro. —No hace falta —responde—. Se te nota. —No se me nota nada. Clara sonríe con calma, como si ya hubiera llegado a una conclusión. —Te gusta tu jefe. —No —respondo demasiado rápido. —Sí. —No —insisto, aunque ya no suena igual—. Apenas lo conozco. —Precisamente por eso —dice—. Es el tipo de hombre que te impresiona. Alto, seguro, inteligente… ¿qué esperabas? Me quedo en silencio. Porque no es mentira. —Es… atractivo —admito finalmente, sin mirarla—. Pero eso no significa nada. —Claro —dice ella, divertida—. Nada. —Y es inteligente. Mucho. Y tiene esa forma de hablar que hace que todo tenga sentido. Clara deja la taza sobre la mesa con suavidad. —Siena. Levanto la mirada. —Te gusta. Exhalo, frustrada. —No sé si me gusta —corrijo—. Solo… me llama la atención. —Eso es lo mismo en tu mundo. Niego con la cabeza. —No lo es. —Entonces dime —insiste—. ¿Has salido con alguien últimamente? El silencio se instala. —No. —¿El año pasado? —No. —¿Alguna vez de verdad? Bajo la mirada. —No como tú lo dices. Clara no sonríe esta vez. Su expresión cambia, se vuelve más suave. —Siena… tú idealizas todo esto —dice—. El amor, las relaciones, las personas. Y eso no es malo, pero tampoco es real. —No estoy idealizando nada —respondo, aunque no estoy completamente segura. —Entonces explícame por qué estás describiendo a tu jefe como si fuera algo más que eso. No tengo respuesta inmediata. Porque no la hay. —Solo quiero hacer bien mi trabajo —digo finalmente—. No quiero complicarlo. Clara asiente. —Y no tienes que hacerlo. Pero tampoco puedes fingir que no sientes nada. —No siento nada. —Sientes algo —corrige—. Aunque no sepas qué es. Me quedo en silencio, mirando el café. Hay algo en todo esto que no termino de entender. No es solo él. No es solo el trabajo. Es la forma en que algo cambia sin que yo lo haya decidido. —Solo… no quiero equivocarme —admito en voz más baja. Clara sonríe con suavidad. —Equivocarse también es parte de aprender. No respondo. Pero cuando salgo de la cafetería y camino de regreso a casa, hay una idea que no puedo dejar de lado. No es que Benicio me guste. O al menos… no lo sé todavía. Pero hay algo en la forma en que lo miro que no se siente completamente inocente. Y eso…no es algo que haya sentido antes.
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