Capítulo I: La Misión Que Salió Mal
Christine Tannen iba en el vuelo oficial del gobierno de los EEUU como reportera para recabar información para elaborar informe sobre las escuelas atendidas en Chad cerca de la ciudad de Kinshasa en el Congo. Llevaba todo para hacerse pasar por reportera cuando en realidad iba en búsqueda del Dr. Luca Fabis, quien dirigía un centro de investigación de enfermedades de Alto Riesgo Contagioso Christine pertenecía al Cuerpo de Inteligencia Militar. Trabajaba para el Teniente Coronel Matheo Cameron, en el Walter Reed Medical Center en Washington D.C. En la rama del Instituto de Investigación Militar. Este Departamento se encargaba de organizar, supervisar y/o acompañar la investigación, propagación de enfermedades y la producción de vacunas en los casos que fuera necesario. Había sido enviada en esta misión para llevar compuestos y reactivos para un suero. Debía entregárselos al Dr. Luca Fabis. No era la primera vez que le asignaban una misión como esta. Ya ella se había acostumbrado y le gustaba mucho poder experimentar estas emociones.
Christine se paró para ir al baño. Ya faltaban 7 horas de vuelo nada más. Se vio en el espejo y miró su cabello castaño claro con reflejos dorados. Un poco con hondas y sus ojos marrones. Llevaba bermuda de blue jean, franelilla y una camisa blanca desabotonada con las mangas arremangadas hasta los codos y botas montañeras. No sabía si se vería como una reportera real pero al menos no se notaba tanto su pose militar. Regresó a su asiento y volvió a tomar los papeles que debía revisar de la misión y volteó a ver por la ventanilla del avión perdida nuevamente en sus recuerdos y sin darse cuenta se quedó dormida para tener la misma pesadilla que la había perseguido por 4 largos años.
El grupo de cadetes al que ella pertenecía fue llevado a una misión al Medio Oriente. Todos iban sentados en bancos largos pegados al avión en el compartimiento de carga. Iban todos con uniforme de campaña verde y casco que se aseguraba debajo de la barbilla. Ella y Geraldine iban particularmente emocionadas por ser su primera misión. Todos lo estaban hasta que al llegar al lugar donde llevarían a cabo la misión, una zona costera, la cual, establecieron como su base de operaciones.
De pronto, ráfagas de disparos se escuchaban después que el Sargento se marchara a recuperar el objeto que habían ido a buscar. Se podía ver al Sargento venir en carrera perseguido por enemigos. De pronto, cayó al suelo y se arrastró a refugiarse detrás de una roca. El Sargento fue gravemente herido y no podía ponerse en pie, además que se veía una gran herida en su torso. El Sargento disparaba a sus enemigos y les hacía señas a ellos para que no se acercaran, pero Christine no podía permitir que el Sargento muriera a manos del enemigo. Ya habían llamado el rescate, pero tenían que actuar y rescatar al Sargento. No le quedaba mucho tiempo en la posición donde había quedado para ser capturado.
Christine comenzó a disparar, moviéndose con agilidad hacia donde se encontraba el Sargento Cartago, sin pensar en las consecuencias. En este momento, no temía por su vida, sino por la vida del Sargento. Lo único que podía sentir en ese momento, era el deseo de sacar al Sargento Cartago de la trampa en la que había caído. Se dirigió rápido, sin dejar de disparar hacia donde estaba el Sargento Cartago en el suelo, herido. Sólo quería buscarlo y sacarlo de allí. Geraldine, se fue detrás de ella y ambas observaron la situación, al llegar junto al Sargento. Estaban atrapadas, con éste, mal herido. No tenían muchas opciones.
Entonces, Geraldine miró a Christine gritándole que saliera de allí porque ella, correría hasta el suiche que accionaría todo el cableado que le habían hecho a esa zona y lo volaría como la única forma para que se salvaran todos los de la unidad que se encontraban allí. Christine quería discutir pero no tuvo más remedio que obedecer, porque Geraldine ya se había ido hasta donde se encontraba el suiche, así que Christine tomó al Sargento y se lo echó a la espalda, utilizando técnica de salvamento, sin olvidar su rifle y corrió como pudo con él hasta donde se encontraban los del resto de su unidad animándolos a llegar antes de que Geraldine volara toda la zona de entrada del enemigo.
Pensaba que le faltaban pocos metros, cuando escuchó la explosión que hizo que todos cayeran hacia atrás debido a la onda explosiva. Ella, cayó con el sargento, varios metros hacia donde estaban sus compañeros cadetes y dieron dos vueltas, pero se levantó rápidamente, esperando que se disipara el humo y poder mirar hacia donde había estado su amiga parada, pero ya no quedaba nada allí, ni el enemigo ni su amiga. Cayó de rodillas porque, simplemente ya no la podían sostener y lloraba. En pocos momentos, llegó el helicóptero de rescate, Recogieron el objeto que habían ido a buscar y que traía el Sargento Cartago en su mochila. Con cuidado subieron al Sargento herido y luego el resto de la unidad, que iban celebrando como si hubiesen obtenido una gran victoria, pero Christine ya nunca volvió a ser la misma. Ella, estaba triste y silenciosa, con la mirada perdida.
El Sargento Cartago, estaba siendo atendido por los paramédicos y no dejaba de mirar a Christine y la llamó para que viniera a hablar con él
-¡Alférez Tannen!
Christine se paró inmediatamente frente a él y se arrodilló cuando este le hizo un gesto con la mano para que bajara al nivel que se encontraba la camilla.
-No fue tu culpa. Ella tomó su decisión para salvar a los demás – dijo el Sargento Cartago mirándola directamente a los ojos, pero ella tenía la mirada vacía. No hablaba. No reaccionaba.
-Sí señor -respondió Christine automáticamente-
-Recuérdala por el heroísmo y no por el sacrificio – le dijo el Sargento Cartago y parecía preocupado, buscando un signo de que lo estaba entendiendo. Parecía estar en shock pero sus sentidos permanecían alerta.
-Sí Señor. Lo haré -Christine respondía automáticamente, porque no sabía explicar el dolor que sentía. Ella regresó a su puesto con la mirada perdida-
Christine, despertó con sudor que le perlaba la frente. Así le sucedía cada vez que tenía esa pesadilla de la misión donde murió su amiga y compañera Alférez en la Escuela de Cadetes. Recordó el sentimiento del gran vacío que la embargaba y así pasó los últimos meses de su último año antes de la graduación.
Christine, tomó agua y recordó que su madre murió de una larga y penosa enfermedad cuando ella tenía 19 años, quedando sola en el mundo, porque su padre había muerto ya hacía unos años. Después de tres meses de vivir su dolor y luto ingresó a la Escuela de Cadetes del Ejército en Fort Mc Nair. Respiró profundo ante el recuerdo de esos 4 años de estudio y sacrificio. Fueron años muy duros, donde tuvo que probar su valía intelectual como física ante sus compañeros cadetes que en su mayoría eran hijos de padres acaudalados o hijos de militares con carrera brillante, como era el caso de compañera de cuarto y amiga, Geraldine Eggelton. A ella le tocó esforzarse el doble para lograr buenas calificaciones, tanto en las materias que exigían desempeño intelectual, como las que requerían desempeño físico.
Se había hecho muy amiga de su compañera de cuarto Geraldine. Su amistad era un bálsamo en esos difíciles años y era quien se encargaba de obligarla a descansar de los estudios y exigencias físicas y la obligaba a ir a bailes, discotecas y salidas con prospectos. Christine la terminaba acompañando, pero se retiraba temprano. Nunca hubo un chico que captara la atención de su mente o de su corazón. Siempre parecía faltarles algo, especialmente si los comparaba con su guapo y aguerrido Sargento.
En este punto respiró profundo y recordó al Sargento Alex Cartago. Era quien hacía que el grupo de cadetes, al cual pertenecían ella y Geraldine diera lo máximo, tanto en las materias intelectuales como en las físicas, llevándolos más allá de sus capacidades y fuerzas.
Este sargento se encargaba del entrenamiento físico desde las 5 de la mañana. Requerimiento de combate y Armamento. Tener la resistencia para sobrevivir a éste entrenamiento, fue todo un reto para ella, especialmente cuando les enseñaba técnicas de combate. Pasó algún tiempo antes de darse cuenta de que se había enamorado de su Sargento y aunado a las observaciones de Geraldine, que siempre intentaba emparejarla con chicos que conocía para que se olvidara del loco enamoramiento por su Sargento. Ahora pensaba que la muerte de su madre y la soledad la llevaron a hacer algo tan estúpido como eso.
El dolor de la muerte de su madre la llevaba a desatar una furia a la hora de cualquier combate y se convertía en una salvaje a la que ninguno podía vencer excepto el sargento que se dedicaba a decirle todo lo que hacía mal y que nunca llegaría a tener una verdadera victoria debido a la falta de control sobre su temperamento.
Estas clases siempre eran con el uniforme de entrenamiento físico: franela blanca con vivos verdes y mono verde en el gimnasio y sobre colchonetas. Ella siempre terminaba venciendo a sus oponentes, hasta que un día, el Sargento Cartago la retó parándosele en frente de ella diciéndole:
-¡Muéstreme su técnica a mí!
Ambos tomaron posición de ataque, lo cual, ella hizo primero con patada al estómago. Él se fue un poco para atrás pero le tumbó la pierna y ella cayó al suelo y se le fue encima para hundirle la rodilla, si ella no hubiese rodado haciendo una tijereta, haciéndolo rodar. Ella se levantó para darle golpe con el codo en el pecho. Él le tomó los brazos y se los hizo girar como un torniquete, haciéndola rodar por encima de él y se le montó encima y la tomó del cuello para ahorcarla. Ella estaba agarrada de sus brazos sintiendo que le faltaba la respiración y reaccionó llevando su mano en forma de cuchillo golpeándolo en la garganta, con lo que inmediatamente aflojó la llave que le tenía a ella en el cuello y ella volvió a hacerle tijeras con las piernas y lo hizo rodar para quedar boca arriba y ella sobre el con sus piernas a cada lado de su torso, entonces él la levantó por las caderas y la hizo girar por encima de su cabeza, por lo que quedó acostada y levantándose él rápido para venírsele encima, pero ella con sus dos piernas lo empujó por el estómago y se levantó rápido clavándole la rodilla en el estómago y el codo en el cuello, pero él le dio un puño en el costado haciéndola caer y le puso la rodilla en la espalda y cuello presionando dolorosamente, entonces le dijo al oído:
-Para vencerme a mí tendrás que vencerte a ti misma primero -y diciendo esto, la soltó-
Lo peor del caso es que desde este momento, él comenzó a notar que ella tenía sentimientos hacia él, pero como esto era algo prohibido, por ser él su Sargento, él aprovechaba de infringirle las tareas y castigos más humillantes como por ejemplo lavado de retretes con su cepillo dental por las más mínimas faltas que cometiera. Aunado a esto, solía desfilar por el campo con las más hermosas mujeres como si supiera cuánto le hería todo aquello. Esta situación se prolongó por un año, en donde ella era vencida con humillación por su Sargento en aquél gimnasio, donde ya todos se habían acostumbrado al despliegue de golpes que iban y venían, que ya se ponían a hacer otros ejercicios mientras ellos terminaban de pelear.
Una noche que ella no podía dormir después de haberlo visto con otra de sus conquistas, decidió salir a trotar a esa hora de la madrugada, hasta que llegó a un lago artificial y allí se dio por vencida. Ya no podía más y comenzó a lanzarle piedras al lago como enajenada, gritando con furia.
-Ojalá y no sea yo el objeto de tu furia – dijo el Sargento Cartago acercándose hasta quedar frente a ella.
Christine se volvió asustada al ver lo cerca que estaba el Sargento de ella, por lo que le dijo encarándolo:
-¿Tú motivo de mi furia? Para nada. Motivo de mi frustración sí puede ser, porque no he encontrado la forma de vencerte.
-¡Oh! - Dijo él asintiendo con la cabeza, mientras miraba fijamente sus labios con las cejas levantadas.
-Pero no te preocupes. Lo conseguiré -dijo Christine-
-Como tú digas -dijo el sargento Cartago arrastrando las palabras. Lo que hizo que el corazón de Christine latiera desbocado - Y ella regresó a su habitación.
Después de unos meses de estar hablando con su amiga Geraldine, le contaba cuánto le frustraba no poder vencer al Sargento.
-Yo creo – dijo Geraldine – que tú le estás dando más importancia de la que tiene ese asunto.
-¿Qué? ¿Qué quieres decir? – dijo Christine.
-Que tal vez si tú no le dieras tanta importancia a esas peleas con él, te dejaría en paz y podrías dedicarte a cosas más importantes como conseguir un novio y entregar esa virginidad de una buena vez.
-¡Ay! ¡Qué cosas dices Geraldine! –dijo Christine – No estoy desesperada. No es algo que me pese. Además, quiero que suceda con alguien especial. Alguien que me ame y que yo ame también.
-¿En qué época crees que estás viviendo? ¡Despierta Christine! No es un gran dilema. Es sólo sexo amiga –dijo Geraldine –
-Pues, para mí es mucho más que sexo. Es un recuerdo que llevaré conmigo toda la vida y quiero que sea especial. No me gustaría estar borracha ni nada de eso. ¿Ahora sí te quedó claro? – dijo Christine con una sonrisa y abrazando a su amiga por el cuello para dirigirse al comedor.
En este punto, los recuerdos se agolpaban dolorosamente y dejó de fingir que le interesaban los documentos que leía para recordar aquella increíble primera noche con el Sargento Cartago.