Su amor yacía, agonizante, en el ajado diván. No era nada glorioso ni que despertara pasiones. No había deleite ninguno en este colapso de la carne. Esta muerte era una tragedia a la que él se había creído inmune. Miró el pálido rostro de su esposa, que agonizaba al filo de la muerte debido a la labor de parto que le destrozo el cuerpo. Emociones que Vlad Tepes creía muertas hacía mucho, batallaban en el vacío de su alma. “Te dijo que no debíamos hacerlo, ahora mírate.” las palabras de Vlad eran más para sí mismo que para su agonizante esposa. “Por favor.” susurró ella, que apenas confirió vida al sonido de su voz. Él sabía qué quería ella. Pero se resistía. No podía explicar por qué. “Haré llamar otra vez al médico. Tal vez Schliemann pueda darte un calmante para el dolor que haga má

