La tos que convulsionó todo el cuerpo Shandri le hizo escupir sangre. Se la limpió con una mano temblorosa que tendió ante sí para ofrecérsela. En los ojos de su amada esposa no había el más leve rastro de miedo. Vlad se inclinó y depositó el más tierno de los besos sobre la palma febril de la mano de ella, para luego lamer la sangre que tenía en los dedos. Cerró los ojos para saborearla. Sintió el sabor del dolor que padecía. Le causaba dolor en cada fibra de su ser, pero lamió hasta la última gota de la palma. “Bebe de mí, dréname, que seas tú quien acabe conmigo, evita que la primera víctima de nuestra hija sea su propia madra.” Eso sí que podía hacerlo. Concederle esa pequeña merced. No podía decirse que nunca hubiera matado a nadie. Aunque para Vlad fue peculiar la elección de pal

