Un anciano sacerdote huyó del oscuro castillo. Los rayos calcinaban la oscuridad y convertían momentáneamente la noche en día. Las esqueléticas ramas de los árboles que lo rodeaban proyectaban sobre el sendero siniestras sombras que se retorcían y contorsionaban al destellar los relámpagos. El trueno rodaba por las crestas de las colinas y retumbante. La lluvia caía como un torrente que ahogaba los sonidos más débiles. La fuerza primigenia de la tormenta resonaba en los huesos de Etgar Gurman. “Estoy viejo” gimió, al tiempo que se aferraba el pecho con la certidumbre de que el dolor que sentía era su corazón a punto de reventar “Soy frágil. Débil. No tengo la fortaleza necesaria para esta lucha.” cada una de esas palabras era verdad. Pero ¿contra quién debía luchar? Nadie. Aún se le e

