Después de esa celebración en el patio, vino el mejor regalo que le podrías dar a una madre cuando tenía a un bebé bajo su carga: una noche de sueño completa. Michel se encargó de Amelia esa noche y hasta me ofreció tapones para los oídos. Debía admitir que sabía lo que hacía pero era cuestión de tiempo para que se cansase en ese supuesto amor. Eso creía. Hasta que... no lo hizo. Comenzó a subirme el desayuno a la cama y me daba una rosa con el mismo. También era usual que encontrará pequeñas cartas y chocolates en mi cartera al ir al trabajo. En las noches cenábamos y dependiendo de qué tan cansados estuviésemos simplemente dormíamos temprano, o él accedía a ver mis películas cursis favoritas. Yo en cambio lo hacía de sus favoritas, que resultaban ser de terror. En pocas palabras,

