El tutor enmascarado.
—No te muevas tanto pequeña, no te quedarán bien las colitas.—El jalón de pelo lo sintió en su cráneo, expandiéndose con ardor en la sensible piel oculta. Pero no hizo reclamos, sabía que la Nana Sabrina solo estaba nerviosa por la llegada del señor de la gran casa. —Debes estar impecable, todos deben estarlo. —Hasta su respiración se sentía ansiosa.
—Tranquila Nana. Tu siempre tienes todo muy lindo y ordenado. —Estaba de más decir eso, el hogar lucía reluciente y olía de lo más rico.
—Como se nota que no conoces al señor Prometeo. Es muy perfeccionista, le gusta todo inmaculado.—Abrio sus ojos más de la cuenta. Decia algo muy cierto, —Aparte, su carácter no es el mejor.
Siempre le había causado curiosidad conocerlo, todos en la cuidad de Zanoc hablaban de su tutor con mucho temor; como si fuera un hombre malo, ella prefería pensar que solo exageraban. Una persona que se hacía cargo de una niña huérfana no podía ser malo.
—Espero que conmigo sea dulce.
—Se vale soñar.—La expresión de la Nana la puso algo nerviosa.—Mejor, deja de ser ilusa y dime, ¿de qué color usarás los lazos en las puntas?.
—Rojas. —Respondio a secas. Las palabras de quién la peinaba le dieron un bajón de ánimo fuerte. Tenía esperanza de que todo fuera mentira.
—Seria bueno que dejaras de peinarte como una niña. —Termino de acomodar sus colas hacia delante y luego dejo caerlas sobre su pecho.
—Me gustan. Es mi sello.—Sonrrio complacida al ver su aspecto. Sus colas castañas, se veían divinas con los accesorios rojos. —Son iguales a las que usaba mamá. Abrió el pequeño relicario en su colgante y miro su foto en blanco y n***o. —Tambien le quedaban divinas.
—Mejor madura, son otros tiempos; tienes 16 años. —Solo movió los hombros, no deseaba iniciar un intercambio de palabras con su cuidadora. —Nos vemos en una hora, recuerda ser puntual.
—¡Así será, Nana!. —Le sonrió sin más, mientras seguía viéndose al espejo.
Apenas fue consciente de que se había marchado, se mantuvo ensimismada en su aspecto. No solía usar maquillaje, pero ese día podía hacer una excepción.
Busco bastante en la gaveta superior del tocador, en dónde pensó tener un estuche de maquillaje, luego recordó que lo había guardado en su armario.
Nuevamente frente al espejo, reparo en sus enormes ojos color miel. En ocasiones los veía muy grande para un rostro tan pequeño. Ni hablar de su boca. Sabía que tenía rasgos exóticos y las pecas que adornaban la cercanía de su nariz no ayudaban en nada a disimularlo. Más bien hacian lo opuesto.
Se rasco su ceja izquierda y se preparó para maquillarse mientras veía un tutorial en YouTube.
—No puede ser tan difícil.—Empezo a ver el vídeo. Tenía algunas cosas de las que describían.
Sin demora empezó a seguirle los pasos. Media hora después se vió al espejo, le gustó su aspecto aúnque el labial rojo le daba más volumen a sus labios.
Sin arrepentirse de su decisión, corrió a vestirse, sabía que el señor no tardaría. La elección fue un vestido verde, con lindas flores rojas... Le encantaba el colorido y esperaba que el señor de la gran casa lo creyera así.
Todos sus esfuerzos eran por el, aunque no conocía su aspecto, intuía que debía ser un hombre mayor y tierno, le debía muchas cosas. Más que eso...gracias a el estaba viva y tenía un techo para vivir.
Una vez calzo sus pies, se persigno y fue en dirección a la puerta con un jazmín en manos, para dar un avance hasta ella. Según el reloj grande que encontro en el pasillo el debía estar entrando.
Los murmullos entre los grandes muros, las persistentes pisadas se lo revelaron, el señor estaba entrando. Puso más velocidad a sus pies para salir del estrecho pasillo que daba a las habitaciones de la servidumbre.
Unos pasos más y la vista de la entrada principal de la casa estaba frente a ella; El estaba ahí, inmenso en comparación a los demás, ella en particular parecía una pequeña rata, apenas media 5,3 de estatura y ese gigante casi tocaba la cúspide de la puerta.
Se llevó la mano al pecho, cuando en vez de un rostro completo se topo con medio, la mitad de una máscara oscura le tapaba la otra parte. Trago en seco, cuando su vista la alcanzó.
« Me está mirando, ¿qué hago Dios mío? ». Solo reflexionaba de forma silenciosa.
Hasta verlo dar unos pasos más al interior, mover uno de sus dedos, indicándole a ella con la dureza de su expresión que se acercara hasta donde estaba.
Salió de su escondite. Camino despacio, más que despacio...podría decirse que en cámara lenta.
Más de cerca comprobó la enorme distancia que separaban sus rostros. Igual este la veía con desprecio, pero no se sintió apabullada. Tomo la iniciativa de sonreírle y extender su mano con la flor a cuesta.
—Hola, señor Almagro. Mi nombre es Lulú.—Mi primer latir como mujer sucumbió ante sus ojos color chocolate.—Bienvenido a su hogar. — Este tomo la flor, el ligero contacto de sus manos, protegidas por guantes de cuero, la electrocutaron, no entendía, pero entre sus piernas la reacción fue igual de intensa y calurosa.
—Hola mocosa. —Fue lo único que salió de sus labios, mientras tiraba la flor al piso, con el avance de sus grandes pies la aplastó. . —Mantente alejada de mi, de lo contrario lo lamentaras. ¿Entiendes?.—Negó con la cabeza, en verdad no sabía porque le hablaba feo.
—No señor. —Susurro, mirando al piso, viendo el pequeño jazmín estrujado.
—No espero mucho de ti, solo hay que verte. Tienes la cara pintada como una payasa. —No era la única en ese lugar, la humillación fue delante de su Nana, el demás personal de la casa e incluso más miradas desconocidas. Empezó a retroceder. Hasta girar y encaminarse a su guarida.
Dejo atrás un montón de risas y el gruñido tosco del hombre que acababa de conocer y no resultó ser lo que esperaba.