Lo que empieza a doler

868 Palabras
Gabriela supo que estaba en problemas cuando dejó de escribir para pensar en él. No en sus palabras. En él. En cómo fruncía ligeramente el ceño en su foto. En esa camisa blanca. En la forma en que imaginaba su voz cuando leía sus mensajes en silencio. Habían pasado doce días desde aquel primer comentario. Doce días de conversaciones que comenzaban hablando de literatura y terminaban hablando de cicatrices. Alejandro ya sabía que Gabriela no creía en promesas. Gabriela ya sabía que Alejandro había amado una vez… y que no terminó bien. Esa noche, él tardó en responder. Tres horas. Gabriela miró el chat más veces de las que estaba dispuesta a admitir. —Ridícula —se dijo en voz baja. Abrió su perfil. Releyó su último mensaje: —Hoy escribí algo que me recordó a ti. Había sido él quien lo escribió. Y ella había sentido un golpe suave, pero directo, en el pecho. Tres horas después, la notificación apareció. Alejandro: “Perdón. Salí a despejarme.” Nada más. Nada que explicara por qué esa distancia repentina le había dolido tanto. Gabriela sostuvo el teléfono sin responder. Algo se movió dentro de ella. No eran celos. No exactamente. Era miedo. Miedo a que aquello no fuera tan único como ella empezaba a sentirlo. —¿Despejarte de qué? —escribió finalmente. Vio los tres puntos aparecer… desaparecer… volver a aparecer. Alejandro estaba pensando. Demasiado. —De mí mismo —respondió. Ella frunció el ceño. —Eso suena peligroso. Pasaron unos segundos. —Lo es cuando empiezo a sentir cosas que no debería sentir por alguien que no conozco. El corazón de Gabriela dio un salto brusco. Ahí estaba. La palabra que ambos habían estado evitando. Sentir. Gabriela dejó el teléfono sobre la mesa. Se levantó. Caminó hasta la ventana. La ciudad estaba en silencio. O tal vez era ella la que estaba demasiado consciente de su propia respiración. Volvió al chat. —No nos conocemos —escribió—. Solo leemos versiones editadas de nosotros mismos. Alejandro respondió casi de inmediato. —No edito lo que siento cuando te leo. Silencio. Gabriela sintió que algo la atravesaba. Quiso retroceder. Quiso bromear. Quiso decir algo inteligente. Pero en lugar de eso escribió: —¿Qué sientes? La respuesta tardó. Demasiado. Cuando llegó, no fue larga. —Que me importas más de lo que debería. Gabriela cerró los ojos. No era una declaración de amor. Pero era peor. Porque era real. Se sentó en la cama. —No sabes nada de mí —escribió con los dedos temblando ligeramente. —Sé cómo miras a la cámara como si no confiaras del todo. Sé que escribes sobre irte porque te fuiste demasiado tarde una vez. Sé que finges seguridad en tus comentarios cuando en realidad analizas todo dos veces. Gabriela dejó de respirar por un segundo. Él la estaba viendo. No físicamente. Pero la estaba viendo. —Eso es lo que crees —respondió. —No —contestó él—. Es lo que siento. La palabra volvió a caer entre ellos. Sentir. Gabriela miró su propia foto de perfil. De repente se sintió expuesta. ¿Y si él idealizaba algo que no era real? ¿Y si ella también lo estaba haciendo? —Mándame un audio —escribió impulsivamente. Alejandro tardó unos segundos. —¿Para qué? —Para saber que eres real. El mensaje quedó leído. Un minuto. Dos. Cinco. Gabriela empezó a arrepentirse. Tal vez había cruzado una línea. Entonces llegó. Un archivo de audio. Lo abrió. La voz de Alejandro no era como la había imaginado. Era más grave. Más pausada. —Hola, Gabriela… —su voz sonaba ligeramente nerviosa—. No sé si esto era lo que esperabas. Pero soy yo. Y sí… soy real. Y sí… me está asustando lo que empiezo a sentir contigo. Gabriela sintió que algo se desarmaba dentro de ella. No por la voz. Sino por la vulnerabilidad. Le respondió con otro audio. —También me asusta —confesó—. Porque cuando no respondes… lo siento. Y no debería sentirlo. Silencio digital. Pero no silencio emocional. Alejandro escribió: —Si esto va a doler, prefiero saberlo ahora. Gabriela miró el mensaje durante largo rato. Sabía que ese era el punto de inflexión. Podía replegarse. Podía convertirlo en amistad literaria. Podía racionalizarlo. Pero en lugar de eso escribió: —Va a doler. Lo sé. La pregunta es… ¿vale la pena? Los tres puntos aparecieron. Y esta vez no desaparecieron. —Si duele porque es real… sí. Gabriela sintió algo más intenso que ilusión. Necesidad. Y eso la asustó más que cualquier palabra. Esa noche no se despidieron con un “buenas noches”. Se despidieron con algo más íntimo. Alejandro: “Me gusta cómo me haces sentir.” Gabriela: “Me gusta que me lo digas.” Cuando apagaron el teléfono, ninguno durmió bien. Porque ahora ya no era solo literatura. Era expectativa. Era miedo. Era deseo contenido. Y, sobre todo… Era la posibilidad de que lo que comenzó con palabras pudiera convertirse en algo que exigiera más que una pantalla. Y ambos sabían que, cuando eso ocurriera, no habría forma de escribir un final sin consecuencias
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