Lo que no se puede fingir

800 Palabras
La primera videollamada no estaba planeada. Fue impulsiva. Peligrosa. Inevitable. —¿Y si dejamos de imaginar cómo somos? —escribió Alejandro aquella noche. Gabriela tardó en responder. Sabía lo que esa pregunta implicaba. No era solo verse. Era confirmar que aquello no era una fantasía bien escrita. —Cinco minutos —contestó ella—. Nada más. Mentía. Ambos lo sabían. El teléfono vibró. Pantalla negra. Su propio reflejo devolviéndole una mirada nerviosa. Gabriela respiró hondo antes de aceptar. La imagen apareció con un pequeño retraso. Primero el techo. Luego movimiento. Luego él. Alejandro. En tiempo real. Más real que en la foto. Más imperfecto. Más humano. —Hola… —dijo él, y su voz, ahora acompañada de su expresión, la golpeó distinto. Gabriela sintió que el aire se volvía denso. —Hola. Silencio. No incómodo. Pero sí cargado. Él la miraba como si estuviera leyendo un texto complejo. Ella sentía que estaba siendo interpretada línea por línea. —Eres… —Alejandro sonrió apenas— más tú de lo que imaginé. Gabriela soltó una risa nerviosa. —Eso no tiene sentido. —Sí lo tiene. Pensé que ibas a tener una barrera. Pero no la tienes. Ella bajó la mirada un segundo. Porque tenía razón. No la tenía. No con él. Se observaron. Sin hablar. Descubriendo detalles que las fotos no capturan: la manera en que ella fruncía los labios al pensar, cómo él inclinaba ligeramente la cabeza cuando la escuchaba. —Ahora entiendo por qué escribes como escribes —murmuró Alejandro. —¿Por qué? —Porque sientes primero… y después decides si te conviene sentir. Gabriela lo miró fijo. —¿Y tú? Él dudó. Ahí estaba la g****a. —Yo siento… y luego intento convencerme de que no es tan importante. La honestidad se quedó suspendida entre ellos. Y entonces ocurrió. No fue una confesión. No fue una declaración. Fue algo más pequeño. Y más peligroso. Alejandro dijo: —He estado pensando en cómo sería tocar tu mano. El corazón de Gabriela se aceleró. No era vulgar. No era invasivo. Era íntimo. Y eso era peor. —Eso ya no es literatura —susurró ella. —No —respondió él, mirándola sin apartar la vista—. Eso ya no lo es. El silencio volvió. Pero esta vez ardía. Gabriela sabía que debía detener aquello. Daniel estaba en la sala viendo televisión. A pocos metros. Real. Presente. Y, sin embargo, la intensidad estaba en la pantalla frente a ella. —Alejandro… —su voz sonó más frágil de lo que quería. Él lo notó. —Dime que pare. La frase la atravesó. Porque él no estaba avanzando sin permiso. Le estaba dando el control. Y ella no quería usarlo. —No puedo —confesó. No fue un “no quiero”. Fue peor. Fue un “no puedo”. Porque significaba que había algo más fuerte que su lógica. Alejandro exhaló lentamente. —Entonces estamos en problemas. Una sombra cruzó el rostro de Gabriela. —Ya lo estábamos desde el primer comentario. Ambos sonrieron. Pero la sonrisa no era ligera. Era consciente. Era el tipo de sonrisa que aparece cuando sabes que estás entrando en territorio prohibido. —¿Te arrepientes? —preguntó él. Ella lo miró durante varios segundos. Pensó en Daniel. En estabilidad. En planes a futuro. Pensó en cómo se sentía ahora. Viva. Nerviosa. Expuesta. —No —dijo finalmente. Alejandro cerró los ojos un instante, como si esa respuesta lo desarmara. —Yo tampoco. Y fue ahí cuando escucharon el primer golpe de realidad. —¿Gabi? —la voz de Daniel se escuchó desde fuera de la habitación—. ¿Vienes un momento? Gabriela se quedó inmóvil. Alejandro escuchó. Ambos entendieron. El mundo real acababa de irrumpir. —Tengo que irme —susurró ella. —Lo sé. Pero ninguno colgó. Se quedaron mirándose unos segundos más. Como si memorizaran el rostro del otro. —Esto ya no va a ser fácil —dijo Alejandro. —Nunca lo fue —respondió ella. Se despidieron sin beso. Sin promesas. Sin palabras románticas. Pero cuando la pantalla se apagó, Gabriela sintió algo definitivo: No era solo conexión mental. Era deseo contenido. Era necesidad emocional. Y lo más peligroso de todo… Era que ahora tenían un rostro que extrañar. En la sala, Daniel levantó la vista cuando ella salió. —¿Todo bien? Gabriela asintió. Pero por primera vez en dos años… No estaba segura. Y en otra ciudad, Alejandro dejó el teléfono sobre la mesa. Valeria lo observaba desde el sofá. En silencio. No preguntó nada. Pero su mirada decía que sabía más de lo que él quería admitir. Y Alejandro entendió algo en ese momento: El amor que estaba naciendo no sería discreto. Y pronto… Alguien iba a salir herido.
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