Acto 1. Hermanos
Día y noche, luz y oscuridad, blanco y n***o, bien y mal, como sea, el mundo siempre ha estado dividido por estos matices que, al final, son lo mismo y llevan a lo mismo. La guerra.
La guerra entre dos fuerzas que habitan un mismo mundo en el que aparentemente no hay espacio para ambos. La guerra inclemente que año tras año reclama las vidas de incontables valientes, nefastos, inocentes y culpables por igual. Que no discrimina entre matices, solo reclama lo que cree que le corresponde. La muerte y el alma de aquellos involucrados, perpetradores y los que quedaron en el fuego cruzado. Si, la inclemente y nada piadosa guerra.
En este mundo sombrío en el que el caos y la anarquía están maquillados por las versiones idílicas de lo que debería ser, la crueldad de esta guerra ataca sin piedad ni discriminación a dos hermanos.
Cuando eran muy chicos, lo suficiente como para estar indefensos, y no tanto como para no saber lo que les esperaba, lo que la guerra les había arrebatado y lo que probablemente cobraría más significado en el futuro. No lo suficientemente pequeños para no conocer el odio y el deseo de venganza.
La guerra entre los estratos sociales que dominaban con posiciones privilegiadas, engaños y corrupción, maquillados por sus idílicas utopías, y los marginados aislados y recluidos a los basureros a los que nadie querría ir. Desechados como escoria deplorable y sin remordimientos, condenados a vidas deplorables y poco decentes, destinados a convertirse en los anarquistas caóticos que la otra mitad trataba como a delincuentes, pues solo eran lo que ellos les habían obligado a ser.
Ya no quedaba nada para estos dos hermanos en un mundo así. Lo único que tenían, eran ellos mismos. Se tenían el uno al otro. Sus padres les fueron arrebatados por los Centinelas, la fuerza del orden y la ley que protegía las calles de Ascencio, una ciudad futurista hundida en una fascinación por el progreso tecnológico. Prospera y segura, podrida en estereotipos y ambiciones, tan podrida como la misma Anarka, la ciudad de los marginados que ocupaba la otra mitad no tan deseable del territorio en el que se hallaba Ascencio.
Y es que las tierras de Anarka estaban llenas de suciedad y eran poco fértiles. Eran lo que los estratos altos de Ascencio habían hecho de ella, pero, aun así, los Anarkanos se las habían arreglado para sobrevivir en estas pestilentes tierras y avanzar casi a la par que su contraparte llena de luz y pulcritud.
Anarka era un lugar oscuro y sombrío, con pocas fuentes de luz natural. Parecía que siempre era de noche. La luz apenas si se asomaba entre las muchas montañas que la arropaban, las que también la convertían en una fortaleza casi impenetrable. Año tras años los Anarkanos con sus avances y sus deseos de salir de las deplorables tierras a las que los habían confinado y aspirar a mejores destinos que los que les habían ofrecido, se embarcaban en incursiones a la ciudad de Ascencio, con la finalidad de robarles comida, tecnología, medicamentos y todo aquello que fuera necesario, y en el proceso, hallar la forma de atravesar ese umbral para siempre y quedarse en Ascencio.
Así, la guerra entre los Centinelas y los infalibles saqueadores, parecía no tener final, repercutiendo en la pérdida de incontables vidas y, entre ellas, las de los padres de estos dos hermanos que ahora quedaban huérfanos. Ahora serían ellos contra el mundo. Dos pequeños, indefensos, no tan inocentes ni mucho menos ignorantes, conocedores del dolor y aferrados al odio y la venganza como única esperanza u objetivo para vivir.
Hasta que “Licaon la bestia” los encontró allí, junto a los cuerpos sin vida de sus padres, en medio del caos del fuego cruzado, culpable de sus muertes. Uno de ellos, el mayor, con una mirada llena de odio, llameante y hasta terrorífica y el otro, el menor, con una expresión asustadiza, aunque no ajeno al odio que se percibía en su hermano porque, él también lo sentía.
Licaon, conocido como “La bestia Anarkano” era quizá uno de los hombres más respetados y conocidas de toda la comunidad de Anarka. Antaño fue parte de los saqueadores, y también se unió a la resistencia que decidió luchar por la independencia de Anarka. Ahora solo era un colaborador que ayudaba a poner a salvo a los más débiles.
Se le conocía con aquel sobrenombre porque tenía fama de ser una bestia imparable en combate. Como una fiera desgarrando a su presa sin remordimientos. Media cuando menos dos metros de altura y sus músculos parecían más los de un gorila que los de un hombre. Sus manos, enormes y rusticas, estaban manchadas con la sangre de incontables Centinelas Ascencianos, a quienes abatió sin piedad alguna. Era quizá la figura más imponente entre los Anarkanos. Su sola sombra inspiraba temor y su voz hacía temblar a cualquiera. Nadie sería tan estúpido como para enfrentarlo.
Él adoptó a los hermanos, otorgándole nuevos nombres luego de un tiempo, para enterrar a aquellos pequeños que había rescatado y criarlos como dos personas totalmente nuevas. Las llamas de la venganza refulgían en sus ojos, especialmente en los del mayor. Licaon lo sabía y ahora que se dedicaba a llevar una vida más pacifica y menos cuestionable, decidió que los criaría de tal modo que desistieran de ese odio y ese deseo de venganza, aunque también sabía que era imposible. Ninguno de los pequeños olvidaría jamás lo que pasó. Ninguno olvidaría esa sensación. Al menos no gracias a él.
Al más pequeño lo llamó Trai. Siempre dijo que su nombre estaba incompleto y que, algún día, cuando él quisiera darle sentido y rumbo a su vida por si mismo, podría completarlo a su antojo. Por otro lado, al mayor lo llamó Orión, pero, no, no había favoritismo en Licaon hacia alguno de esos niños. Él tenía instinto agudo y una extraordinaria capacidad para conocer el potencial de las personas con solo mirarlas. Sabía que el mayor de los hermanos era un prodigio, sabía que no necesitaba buscarle sentido o propósito a su vida. Él sabía que podía darle un nombre completo, uno que lo representaría y definiría quién era y quién sería.
Trai era escuálido, de tez pálida y a simple vista enfermizo y, aunque realmente era más fuerte de lo que aparentaba, tampoco era lo suficientemente fuerte como para sobrevivir con fuerza bruta, pero lo compensaba con un ingenio que, si bien era impresionante, también era carente de algo más, algo profundo, algo que le diera el potencial de convertirse en una verdadera amenaza. Una amenaza más peligrosa que Orión e incluso más peligrosa que el mismo Licaon. Él mismo sabía que explotar ese ingenio y llegar al punto de quiebre que lo convertiría en tal amenaza no sería bueno, así que nunca quiso hacerlo. Con Orión la historia fue diferente. Era más grande, más fuerte, sagaz y osado. No había una pizca de cobardía en él.
Orión era muy inteligente, quizá tanto como Trai, pero su inteligencia no era su mayor fortaleza. Su resiliencia lo era. Y es que Orión tenía la capacidad de resistir sin importar lo que fuera, de seguir adelante y no detenerse hasta conseguir lo que quería. Era implacable. Tan implacable como el mismo Licaon. Quizá este se vio a si mismo en el niño y quiso enseñarle lo que él sabía y darle un objetivo más noble que el odio y la venganza.
“Protege al más débil” eran las palabras de Licaon cada vez que enseñaba a Orión a defenderse, porque no solo le estaba enseñando como defenderse a sí mismo, sino también como defender a otros, especialmente a Trai, que iría a todos lados con Orión sin despegarse nunca de él.
- Escúchame bien Orión, estos puños – Licaon sujetó las manos del muchacho y las cerró para formar los puños que él mismo había estado labrando con tanto esmero – estos puños que tienes aquí, no son para usarlos a tu antojo, ni para que causes problemas. Son para sacarte de ellos, para protegerte y proteger a los que amas… nunca los uses para otra cosa que no sea protección porque, ¿Qué es lo que debes hacer con la fuerza que tienes?
- Proteger al más débil – la respuesta del muchacho provocó la sonrisa de su padre.
- Muy bien, así es. Tus puños, tu fuerza y todo lo que voy a enseñarte a partir de ahora, es para proteger a los más débiles… el mundo está dividido Orión, divido en dos, y quienes tienen el poder son quienes deciden que matiz les conviene. El bien y el mal, blanco y n***o, la luz y la oscuridad, el día y la noche. Todo es una excusa barata. Lo blanco no siempre es bueno y lo n***o no siempre es malo. No porque esté rodeado de luz significa que sea puro y no tenga nada que ocultar. La luz puede dejarte tan ciego como la oscuridad, y no porque esté oscuro significa que lo que hay dentro te hará daño. Quizá solo haga falta hurgar un poco para descubrir que, el día guarda secretos oscuros, y la noche solo se muestra tal y como es. Este mundo está tan podrido que, tratar de determinar quién es el bueno y quién es el malo, es un error ingenuo. Todos buscan su propio beneficio y desde la perspectiva propia, cada quién cree tener la razón. Los Ascencianos creen que protegen su ciudad, su progreso, sus vidas, y que nosotros queremos arrebatárselas cuando fueron ellos quienes nos confinaron a la desgracia. Los Anarkanos están corrompidos por el odio y creen que merecen más, pero son ellos mismos quienes se hunden con sus acciones deplorables, demostrando que solo conocen el caos y la anarquía. Al final, ambos están tratando de defender sus ideales y en ambas mitades hay personas buenas, personas justas y honestas, y hay personas malas, nefastas y deshonestas. Somos más parecidos de lo que ambos quisiéramos admitir. Recuérdalo, son tus acciones las que definen quién eres – y con eso soltó las manos del muchacho, listo para enseñarle por qué todos, en ambas mitades, le temían y respetaban tanto.