Todo este problema con los gemelos me recordaba a cuando nos conocimos, a cuando nos llevábamos mal.
Parece que todo vuelve al punto de partida.
Era mi primer año en Hogwarts y, como todo niño, estaba nerviosa de entrar a ese famoso colegio de magia por primera vez y ver el maravilloso mundo que me acogería durante siete años de mi vida como estudiante.
El día del expreso a Hogwarts llego rápidamente, como un bello día de sol tras muchos de tormenta. Un día que esperas que llegue pero que siempre ves lejano, aunque no tanto.
Mi prima Nymphadora y mi tía Andrómeda me acompañaron al Expreso y tras una calurosa despedida subí a mi tren con mi fénix que, en ese momento, lucía el aspecto adulto, ya que el ave fénix nace de sus cenizas, crece y muere para nacer de sus cenizas de nuevo.
— Venga Fire, vamos a buscar un compartimento para nosotras — le dije a mi fénix, que soltó un estridente pitido.
Tras buscar compartimento encontré uno medio vacío, pero al entrar los niños me gastaron una broma.
Tirarme un cohete perseguidor que me estalló en la barriga, haciéndome un moratón bien grande.
Les miré mal y, con toda la dignidad que me quedaba, levanté la barbilla.
— Os acabáis de ganar una poderosa enemiga, Señoritos bromistas — dije, para hacerles un hechizo y que cayeran con los pies unidos al suelo para después salir de allí riendo.
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Y así empezó una guerra de bromas, hasta que a mediados de ese mismo año nos unimos contra Filch, consiguiendo al año siguiente el mapa del merodeador del despacho de Filch, el motivo de nuestro innegable éxito.
Me encontraba a un lado del pasillo bajo la capa de invisibilidad de Harry, que me había prestado para empezar mi venganza.
Les quité las varitas sin que se dieran cuenta y les hice el mismo truco que cuando nos conocimos, uniendo sus piernas, pero ahora las cuatro juntas.
Les tiré una poción por encima con un pulverizador.
Poco después su piel se puso verde como el moho, pero con sarpullidos, una poción de mi invención.
Después salí corriendo con sus varitas en la mano, y se las escondí en pasadizos distintos.
Llegué a la sala común y le devolví a Harry su capa, dándole las gracias y guiñándole el ojo, para volver a salir de la sala común chocando con Fred y George que me miraban mal.
— ¿Qué? Si pensáis que he sido yo estáis bastante equivocados, he estado estudiando algo y ahora me voy a dar una vuelta — dije inocentemente.
— Si no te conociéramos te creeríamos, has usado el mismo truco que cuando nos conocimos — dijo George con furia.
— Vaya parece que, para no importarte, te acuerdas de esos sutiles detalles — dije, dándole la espalda y caminando dirección a las cocinas.
Me pasé toda la tarde en las cocinas, comiendo, bebiendo y hablando con los amables elfos domésticos.
Al caer la noche me entraron ganas de pasear por fuera del castillo y practicar mi animagia.
Así que después de la cena salí con prisa fuera del castillo con ayuda de los pasadizos.
Al pie del bosque prohibido unos ruidos de pisadas detrás de mí me alertaron, me giré de golpe, pero no vi nada ni nadie así que me encogí de hombros y me convertí en animal, para ser exactos en un gran perro n***o de ojos Grises.
Salí corriendo a cuatro patas todo lo rápido que podía y di unas vueltas por el bosque prohibido, siempre con la vista puesta en la entrada por si ocurría algo salir por patas, y nunca mejor dicho.
Cerca vi un claro en el bosque, en él un bello unicornio yacía tirado en el suelo rodeado de un charco de color plata y un encapuchado estaba arrodillado ante él.
Gruñí y salí corriendo fuera del bosque para llegar a la puerta del castillo y convertirme en humana de nuevo.
Aún asustada y, con el corazón en un puño entre deprisa en la sala común, donde dos cabelleras pelirrojas y una morena sobresalían de los sillones.
Me derrumbe en el suelo, con los ojos llenos de lágrimas y mirando a la nada.
Sentí la mirada de los que fueron mis mejores amigos en mí, pero no podía prestarles atención, estaba dentro de una espiral de pánico y mi cuerpo no reaccionaba.
Poco después todo volvió a ser oscuridad y caí en un mundo lleno de mis peores temores...
Abrí mis ojos de golpe, sudando.
— Una pesadilla... solo era una pesadilla... — me dije a mi misma.
— Parece que le gusta la enfermería, se le está haciendo costumbre estar inconsciente — me dijo la enfermera.
— Sí, eso parece... — dije sonriéndole — ¿Puedo salir ya? — ella asintió y me levante con precaución, recordando la caída de la última vez.
Salí de la enfermería, corriendo dirección al despacho de Dumbledore.
No quiero que sepan que soy animaga y me registren, pero lo que vi en el bosque...
Dije la contraseña y la gárgola empezó a girar hasta dejar a la vista unas escaleras en forma de caracol.
Subí corriendo, y cuando iba a llamar la puerta esta se abrió y entre cerrándola detrás de mí.
— Lyra, grata visita, me alegra que te recuperes con rapidez — me dijo alegre.
— Si — dije devolviéndole la sonrisa — Profesor tengo algo muy importante que debe saber... — dije titubeando.
— ¿Sí? — dijo él.
— Vera...yo.... ¿Me podría guardar un secreto? — dije, roja como un tomate y con el pelo del mismo color.
— Claro, Joven Black — dijo el anciano director.
— Me he convertido en una animaga... — dije nerviosa — Y no es lo peor, anoche bueno, la noche antes de quedar inconsciente en la sala común venía de dar una vuelta por los límites del bosque prohibido para practicar la animagia y... pasé cerca de un claro donde... donde... donde un encapuchado había matado un unicornio... estaba muerto entre sangre plateada y el encapuchado estaba arrodillado sobre él... lo había matado... salí corriendo y entre al castillo, estoy segura de que no me vio — dije preocupada y nerviosa.
— Eso es un asunto muy serio joven, estoy al tanto de la muerte del unicornio por parte de Hagrid, le recuerdo que el bosque está prohibido y ahora más todavía, sobre lo de la animagia, es sorprendente que una alumna tan joven haya conseguido dominarla y le guardare el secreto, pero me gustaría verlo — dijo el director, mirándome con sus inteligentes y ancianos ojos.
Delante de él me convertí en un gran perro n***o de ojos grises, lo miro atenta, para sentarme sobre los cuartos traseros y volver a convertirme en humana.
— Sorprendente... — dijo el anciano — como sabes, todo acto tiene su consecuencia, y tengo que castigarla por desobedecer las normas — dijo, mirándome atentamente.
— Lo sé profesor, y cumpliré el castigo — dije seria.
— Bien, ayudaras el viernes a Hagrid en sus labores de tarde y agradecería que me enseñase los recuerdos de esa noche.
Asentí y dejé que con su varita extrayera mi recuerdo y lo pusiera en el recordador para luego que el metiera la cabeza en el agua.
— Preocupante... es bueno saberlo... ya puedes retirarte y ya sabes, no vuelvas a entrar sola al bosque prohibido, sobre todo ahora — dijo, asentí y salí del despacho.