El Bentley Continental GT n***o de Sofía cortó el tráfico londinense como una bala de ébano, sus llantas Michelin triturando charcos que reflejaban un cielo plomizo. Dentro, el aroma a cuero Connolly y azahares secos del perfume de Sofía chocaban con el olor acre de su ira contenida. Las uñas esmaltadas de rojo guillotina tamborileaban sobre el volante, sincopando con el tictac del reloj Cartier en su muñeca: las 11:47 AM. Cada segundo que el escándalo seguía en circulación era una puñalada al legado de los Snowden. La sede de Hola! emergió entre cristales ahumados y acero bruñido, un panal moderno donde zumbaban avispas con cámaras. Sofía estacionó en doble fila frente a la entrada, ignorando los gritos del guardia de seguridad. Sus Louboutins de aguja clavaron eco en el mármol del vestí

